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Suiza: víctima de la 'soberanía monetaria'

Si lo haces mal, pierdes; si lo haces bien, pierdes; si no lo haces ni bien ni mal, te subordinas a las pérdidas ajenas.

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Entre 2010 y 2011, conforme el runrún sobre la ruptura del euro empezaba a cobrar fuerza, el franco suizo se apreció más de un 25% con respecto al euro. Muchos europeos, temerosos del futuro no sólo de la moneda única sino también de la propia estabilidad político-económica de la Eurozona, vendían sus euros y compraban francos suizos a modo de refugio, por lo que, obviamente, el franco suizo se apreciaba frente al euro.

Una apreciación súbita de la divisa de semejante magnitud no es algo que quepa tomarse a la ligera, sobre todo cuando eres una economía tan pequeña e internacionalizada como la suiza: básicamente, tu industria exportadora pasa por el triturador de la divisa fuerte, con todas las nefastas repercusiones que ello tiene sobre la economía (nota para despistados: las divisas débiles tienen otras repercusiones incluso peores para el largo plazo, véanse las experiencias venezolanas o argentinas).

Lo peor del caso, además, es que no había indicios de que la apreciación del franco suizo frente al euro fuera a detenerse, ya que los capitales europeos seguían entrando cada vez con mayor intensidad en Suiza. Su economía, pues, amenazaba con morir de éxito: precisamente por ser un referente mundial de estabilidad, seguridad y ortodoxia, el valor de su moneda se comportaba de manera peligrosamente inestable.

Fue en este contexto, en septiembre de 2011, cuando el Banco Nacional de Suiza tomó una decisión harto arriesgada: fijar un tope a la apreciación del franco suizo frente al euro. En concreto, el euro no podría valer menos de 1,2 francos suizos (o, inversamente, el franco suizo no podría valer más de 0,83 euros).

¿Cómo puede un banco central controlar de este modo tan omnipotente el tipo de cambio de su divisa? Muy sencillo. El Banco Nacional de Suiza se limitó a anunciar que estaba dispuesto a comprar ilimitadamente euros a cambio de 1,2 francos suizos por euro. Como es obvio, tras esta declaración nadie iba a vender sus euros en el mercado por menos de 1,2 francos suizos, ya que siempre podía colocárselos al Banco Nacional de Suiza por 1,2.

La pregunta que uno inmediatamente se plantea al escuchar esta historia es la de cómo resulta posible que el Banco Nacional de Suiza fuera capaz de comprar ilimitadamente euros. Pues, de nuevo, muy sencillo: los euros los compraba con francos suizos y el Banco Nacional de Suiza tiene la potestad de imprimir ilimitadamente francos suizos. Por tanto, la operación que ejecutaba era bien simple: compraba un euro imprimiendo cada vez 1,2 francos suizos.

El problema de esto, empero, también resulta bien simple de ver: si el Banco Nacional de Suiza adquiere ilimitadamente euros imprimiendo ilimitadamente francos suizos, al final su balance se llena de euros; o dicho de otra manera, en el extremo, Suiza habría terminado integrándose en la zona euro por la puerta de atrás.

La decisión que ha tomado hoy el Banco Nacional Suiza debe entenderse desde esta perspectiva: el banco central ha anunciado que dejará de imprimir francos suizos para comprar euros a un precio fijo. Los suizos no quieren más euros, especialmente en unos momentos en los que la moneda única se está debilitando por todo el globo. No quieren más euros, además, en unos momentos en los que también se espera que el Banco Central Europeo anuncie una impresión masiva de nuevos euros para comprar deuda pública (la famosa flexibilización cuantitativa).

Imaginen el absurdo: el Banco Nacional de Suiza le extiende crédito al Banco Central Europeo (esto es, el Banco Nacional de Suiza compra euros) para que el Banco Central Europeo le extienda crédito al Gobierno griego (esto es, el Banco Central Europeo compra deuda pública griega). ¿Qué sentido tiene que los suizos se conviertan en unos crecientes prestamistas de última instancia de los manirrotos gobiernos periféricos europeos? Ninguno. Suiza ha hecho lo que Alemania querría hacer en estos momentos, pero no puede: salirse de un entramado monetario que se está convirtiendo en un subterfugio para tapar los agujeros del despilfarro de ciertos Estados europeos.

Evidentemente, tan pronto como se ha conocido la noticia, el franco suizo ha comenzado a apreciarse frente al euro. Por ello, el Banco Nacional de Suiza no sólo ha anunciado el fin de las operaciones de compra de euros, sino el establecimiento de tipos de interés negativos del -0,75% sobre los depósitos en francos suizos. A saber, ha anunciado que les va a cobrar a todos aquellos que tengan francos suizos con el propósito de que los vendan o de que, al menos, dejen de comprarlos (contrarrestando así en parte la tendencia hacia la apreciación que socavará la competitividad de su industria exportadora).

Los tipos negativos son un intento de afear y volver cara la tenencia de francos suizos en medio de una coyuntura en la que el capital extranjero deseoso de comprar esta divisa supera con mucho sus disponibilidades (y las supera porque el Banco Nacional de Suiza se ha negado a seguir imprimiendo nuevas cantidades de francos suizos a cambio de recibir una divisa cada vez más escacharrada como es el euro).

Al final, si algo ilustra el caso de Suiza es que el papel moneda inconvertible es un completo desastre para las economías pequeñas. Si el país pequeño con moneda propia es víctima de un gobierno indisciplinado y manirroto, la depreciación de la divisa es de caballo y sus ciudadanos ni siquiera son capaces de comprar medicinas o papel higiénico al extranjero. Si el país pequeño con moneda propia disfruta de un gobierno muchísimo mejor que los del resto del mundo, tiende a recibir tales entradas de capitales que su divisa se aprecia hasta un punto en que su industria exportadora es destrozada. Si, por último, el país pequeño establece un tipo de cambio fijo de su moneda con la de sus principales socios comerciales, entonces el país pequeño termina tragándose la (normalmente desastrosa) política monetaria de sus vecinos. Cuanto más pequeña es una economía, más ingobernable se va volviendo su moneda fiat en tiempos de turbulencias.

Y, claro, si una economía pequeña no es prudente que tenga una moneda propia, sólo quedan dos alternativas: o constituir una unidad monetaria territorialmente más amplia (euro) o buscar un acuerdo monetario internacional en torno a un bien imparcial, neutro y no controlado por ningún Estado (patrón oro).

Lo primero no parece que esté funcionando demasiado bien; lo segundo sigue siendo un tabú para la mayoría de economistas bienpensantes. Disfruten, pues, de las consecuencias de la moneda fiat en toda su extensión: si lo haces mal, pierdes; si lo haces bien, pierdes; si no lo haces ni bien ni mal, te subordinas a las pérdidas ajenas. Un éxito.

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