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El suplicio de la Sra. Lagarde

Acordado el rescate, sólo me queda pedir y esperar un férreo control en el empleo de los fondos.

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Tengo que reconocer que cada vez me cuesta más ser objetivo con mis valoraciones sobre la Sra. Lagarde. Una de las razones para ello es la escasa o nula diferenciación de sus manifestaciones como directora gerente del Fondo Monetario Internacional y como particular.

En los dos casos, su voz está revestida de una autoridad que hace imposible distinguir los dos planos; además, sus declaraciones, personales o institucionales, tienen un tufo arrogante, aunque entiendo que de eso es más difícil librarse, porque suelen constituir parte sustancial de la propia personalidad.

Vaya por delante que la Sra. Lagarde, como tantos personajes significativos en lo político, en lo económico o en lo social, cuando hablan de materias que corresponden a su esfera de competencia o autoridad carecen de esfera privada; su dimensión pública absorbe a la privada o personal.

Por ello, decir que el rescate de Grecia no servirá para nada es una opinión que, si es personal, debe silenciarse, y si es institucional debe discutirse en el foro pertinente. Lo contrario atenta al debido respeto competencial de las diversas instituciones, además de carecer de utilidad alguna.

Además, la diferencia entre servir para algo y no servir para nada, al decir de la directora gerente del FMI, está en la concesión o no por parte de la UE de una quita a Grecia. Es decir, si al deudor le dejamos de llamar deudor (al menos en una cuantía determinada), las cosas merecen distinta calificación.

A los que por azar o por deseo lean mis líneas en este medio cada semana les constará mi opinión en contra del rescate, basada en mis dudas de que el pueblo griego esté dispuesto a afrontar las dificultades y restricciones económicas exigidas por su estado de quiebra económica.

Las convulsiones políticas, huelgas, sabotajes, protestas, son buena muestra de ello. Por ello defendí, en su momento, que la salida del euro y la vuelta a una moneda nacional conseguiría, por vía de devaluación monetaria, lo que el pueblo griego no está dispuesto a aceptar por voluntad política.

Dicho lo cual, acordado el rescate, sólo me queda pedir y esperar un férreo control en el empleo de los fondos dirigidos al mismo. Una vigilancia estrecha de que los objetivos de política económica se cumplen, tal como se acuerdan. Para eso se conceden los créditos del rescate.

Sin embargo, cuando el FMI fue parte en las negociaciones, que la Sra. Lagarde salga ahora manifestando que el rescate no servirá para nada, me parece inadmisible; tanto, como para preguntarnos hoy, para qué sirvieron las quitas anteriores a Grecia, en su deuda con el FMI.

Finalmente, ¿qué país europeo pagará sus deudas si puede esperar quitas?

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