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Mil familias cautivas

Dejar elegir a las personas es, al decir de la izquierda, una perversa costumbre burguesa.

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La alcaldesa de Barcelona, Inmaculada Colau | EFE

¿Por qué quienes gobiernan encuentran un encanto especial en restringir la libertad de los gobernados? No importan las razones; en ocasiones, su fundamento bordea el ridículo y su implantación, lo grotesco. Mientras tanto, los gobernados carecen de lo esencial: un Gobierno para el bien de todos.

El Ayuntamiento de Barcelona pretende emitir, ya en mayo, una moneda –el rec que acabará con los problemas de los barceloneses; bueno, de algunos, que disfrutarán del nuevo instrumento monetario.

De momento, los ciudadanos elegidos serán sólo mil familias, localizadas geográficamente. La señora Colau quizá quiera emular a Carlos III, creador del Banco Nacional de San Carlos, y me parece justo que así sea; quizá esté ante su última oportunidad.

Sin embargo, las diferencias entre aquello y esto son muchas, aunque destacaré únicamente, en este momento, que aquel banco era privado, que contaba con la voluntad libre de los ciudadanos, mientras que la moneda municipal se crea desde la coacción, detrayendo parte de las ayudas públicas de quienes sienten necesidad.

Pero las experiencias de los bonos patrióticos y su vergonzoso final aconsejan no abusar de la libertad. Además, dejar elegir a las personas es, al decir de la izquierda, una perversa costumbre burguesa.

La idea, si no fascinante, sí es rocambolesca. Esas ayudas sociales, que permiten a algunas personas mantener una vida digna, se verán reducidas al 80%, abonándoseles el 20% restante en recs para su disposición mediante una tarjeta.

La cosa tampoco es tan inocente como acabo de describir. Nadie del grupo que recibirá recs podrá cambiarlos por euros para hacer con su dinero lo que le venga en gana.

Tampoco podrán comprar bienes con los recs en los establecimientos de su preferencia, pues sólo serán aceptados en un grupo de comercios, preestablecidos por la autoridad municipal.

O dicho de otro modo: ese grupo de mil familias tiene que asumir que su privilegio consiste en su cautividad. Si antes compraban lo que querían y donde querían, ahora ni lo uno ni lo otro. La señora alcaldesa decidirá por ellos. ¡Qué más quieren!

No sé qué harán los tenderos acreditados para recibir recs, ni cuánto tiempo esperarán para el pago de las compras con la tarjeta de los recs, pero una clientela cautiva es la más propicia para las subidas de precios; los compradores están atrapados.

¿Cómo se elegirán los establecimientos acreditados? Sólo Dios lo sabe. Sabemos, sí, que nunca serán grandes superficies; estas son el mismo diablo.

A todo esto, este juguete de la alcaldesa, además de para disponer el Ayuntamiento del 20% de las ayudas –desde el momento de su percepción hasta el reembolso al tendero–, se establece como un ensayo –que finalizará en octubre de 2019– antes de su aplicación a todos los barceloneses –momento máximo del negocio municipal–.

¿Y si sale mal? ¿Y si el descontento es general? En estos casos, ¿quién dimitirá? ¿Hasta dónde la responsabilidad, y de quién?

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