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Lo que debería haber dicho (y nunca se planteó) el Pacto de Toledo

Ni información ni impulso al ahorro. Los partidos querían una nueva reedición de un clásico: ocultar la realidad y cortoplacismo.

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Vista de la concentración de la Asamblea de Pensionistas y Jubilados celebrada el pasado lunes en San Sebastián. | EFE

Bien está lo que bien acaba. O al menos lo que no acaba en una mentira monumental. Pero, como explicábamos este sábado, para aprobar lo que se ha filtrado esta semana a la prensa, mejor nos quedamos sin foto del Pacto de Toledo. Puestos a que nos mientan, que lo hagan sin consenso, sin teatro, sin sonrisas…

El Pacto de Toledo podría haber sido una buena herramienta a medio plazo. En manos de otros partidos, otros miembros de la Comisión, otros medios de comunicación informando y otros ciudadanos menos dispuestos a vivir en el mundo de fantasía de los presupuestos sin restricciones. Por ahora, tras casi 25 años de experiencia, ya está claro que lo mejor que se puede hacer con él es cerrarlo. Al menos nos ahorramos la monserga de cada cuatro años.

Tampoco queremos vender aquí una versión edulcorada. No era fácil cerrar un acuerdo. Nunca lo ha sido, porque los partidos en la oposición siempre han aprovechado las pensiones para el electoralismo más rancio. Lo hizo el PP en 2011 y le imitó (le superó) el PSOE en 2013. En esta legislatura, con Podemos en el Congreso, se antojaba directamente imposible. Nada que firmasen los de Iglesias podía tener el mínimo de racionalidad económica y honestidad política que requiere este tema. Por eso, mejor nos olvidamos.

Eso sí, por si acaso hay algún diputado incauto, de esos románticos, que piensa que todavía es posible parecernos a la Suecia de comienzos de los 90, ese país adulto y con unos políticos responsables que firmó una reforma de las pensiones con la mirada en el medio plazo y el realismo presupuestario como principio básico, aquí le ofrecemos un mínimo esquema de lo que el Pacto de Toledo debería haber dicho. Lo puede guardar en un cajón y leer por las noches, cuando le asalte la melancolía.

1. Información: la única reforma imprescindible de las pensiones es la de la información. Ni reglas paramétricas, ni IRP, ni Factor de Sostenibilidad… Todo esto está muy bien, luego hablaremos de ello, pero no hay que engañarse. Con ningún político, ni con los listos ni con los tontos. Ni con catastrofismo ni con esa mentira de "asegurar la sostenibilidad". Ni con Pacto ni sin Pacto. En cualquier circunstancia previsible, las pensiones de los españoles caerán en relación a los sueldos.

Si hay algo que los trabajadores deberían saber es esto: las tasas de sustitución y reemplazo (relación pensión / salario medio o pensión / último salario) de las que han disfrutado sus padres en los últimos 20-25 años, y que están entre la más altas de Europa, no volverán. Eso no quiere decir que no habrá pensiones públicas. Decir eso es absurdo. Claro que las habrá, pero lo que se cobre estará más cerca del 40-50-60% del último salario que del 80% de la actualidad.

Esto será inevitable. Eso es lo primero que deberían decir. Y no estaría de más que añadieran una cláusula que recordase que las pensiones se pagan con cotizaciones e impuestos del presente y que, por lo tanto, todas las promesas, las buenas y las malas, estarán siempre sujetas a lo que se recaude y a la sostenibilidad general de las cuentas públicas españolas.

A partir de ahí, podemos discutir qué otras medidas tomar para suavizar el impacto o cómo repartir los costes del ajuste. Pero aceptar el principio de realidad sería un buen primer paso.

Por eso, si el Pacto de Toledo tuviera alguna utilidad habría exigido que la primera medida de cualquier Gobierno fuera enviar esa famosa carta a los trabajadores de más de 45 años, en la que les explicase cuál será su pensión futura en función de distintos escenarios de vida laboral. Y no estaría de más que incluyese un ejemplo de cómo le afectarán las nuevas reglas, esas reformas paramétricas que incluyen ampliar el cálculo de la base a toda la vida laboral. Sí, equivaldría a tratar al ciudadano como un adulto. No parece que ése sea el objetivo.

2. El reparto: hacer todo el ajuste de las pensiones con reformas paramétricas (edad de jubilación, años para el cálculo de la base, años cotizados para cobrar el 100%) es injusto e ineficiente.

Es injusto porque impone el 100% del coste sobre las espaldas de unas pocas cohortes de jubilados. E ineficiente porque no es seguro que ni siquiera así se consiga el objetivo.

Por eso, un Pacto de Toledo entre adultos debería haber incluido tres grandes apartados.

  1. Reformas paramétricas (incluso más duras que las planteadas, aunque con un período transitorio largo): edad de jubilación de 70 años en 2040 y ampliar el período de cálculo de la base a toda la vida laboral [esto es lo único de todo lo que decimos en este artículo que parecían dispuestos a firmar; y por cierto, también es lo que implicaría un recorte más acusado en las pensiones… pero lo más fácil de ocultar: como vemos, no se trata de recortar o no las prestaciones del futuro, eso ya saben que hay que hacerlo, sino de mentir y ocultar la información]
  2. Recuperar el Factor de Sostenibilidad de la reforma de 2013: que no es más que una regla presupuestaria. Supone incluir el realismo de las sumas y las restas en el sistema. Y deja un mensaje claro: el que quiera subir las pensiones, que genere recursos (con más empleo, más productividad o más impuestos) pero que no lo meta todo debajo de la alfombra de la deuda.
  3. Volver al Índice de Revalorización de las Pensiones u otra fórmula similar: aunque sólo sea por lanzar el mensaje de que esta reforma la tendremos que soportar entre todos, también por los pensionistas actuales. Esto debería ser una obligación. Incluso, si no se quiere llegar al IRP, incluir una regla de pérdida limitada: por ejemplo, una revalorización anual dos-cuatro décimas inferior al IPC. Oiga, es que es duro decirle esto a los pensionistas actuales. Pues claro, es lo que tiene gobernar. En teoría, si para algo debería servir el Pacto es precisamente para eso, para poder dar esas malas noticias y explicar por qué se toman. Para incluir como primer punto la mentira de que las pensiones estarán ligadas al IPC siempre y en cualquier circunstancia no necesitamos tanta historia.

3. El complemento de ahorro: cuidado, este apartado no servirá para evitar lo apuntado en los dos primeros puntos. Sea cual sea la reforma, lo dicho con anterioridad se cumplirá. LAS PENSIONES SERÁN MÁS BAJAS EN RELACIÓN A LOS SALARIOS. He escrito tantas veces esto en los últimos dos años que el corrector del móvil me lo pone por defecto cada vez que voy a poner un whatsapp…

Dicho esto, el objetivo debería ser el impulso del ahorro. Una pequeña pata de capitalización que suavice algo los recortes que llegarán del sistema de reparto. Los planes de empresa, con una bolsa de ahorro individual que el trabajador va acumulando mes a mes, serían una buena alternativa. Por ejemplo, podríamos ponernos un objetivo, a 5 años vista, equivalente al 5% del coste laboral total: 2% que se compensa con una bajada de cotizaciones – 2% que paga el trabajador con un recorte de su neto – 1% que paga el empresario. Y con un sistema como el británico: con ajustes para los salarios más bajos y sujeto voluntariedad del trabajador, aunque con suscripción por defecto.

Es la típica medida que en un inicio no deja contento a nadie porque todos sufren su pellizco: Hacienda-Empleo ven bajar sus ingresos por cotizaciones; los trabajadores soportan ese 2% extra; y el empresario también. Pero que a medio plazo puede tener un enorme efecto.

Y ya que nos ponemos, otra medida revolucionaria: obligar a las empresas a que den la información sobre el sueldo bruto incluyendo todos los costes laborales (e informando del neto que le quedará al trabajador en la firma del contrato). Empecemos a ser adultos de una vez.

Lo último que quedaría sería una propuesta para mejorar la fiscalidad del ahorro: por ejemplo, reduciendo algo los tipos vigentes o ampliando al régimen de las Sicav (o un instrumento similar) a todos los contribuyentes españoles, para que cualquier ahorrador pudiera disponer de un vehículo de ahorro en el que mover su patrimonio sin tener que soportar el mordisco de Hacienda cada vez que decide cambiar de producto de inversión. Incluso, si se ponen exquisitos, podrían limitarse esas rebajas en los tipos o esas nuevas Sicav al mantenimiento del ahorro durante un determinado plazo, como se hace ahora con los planes de pensiones.

Como explicamos anteriormente, nada de esto va a evitar lo que es inevitable: que las pensiones públicas sean menos generosas que en la actualidad. No se trata de eso. Se trata de informar al ciudadano, tratarle con seriedad, repartir costes entre todas las generaciones y asumir que el ahorro-capitalización es el único complemento real que permitirá paliar algo el recorte que llegará del sistema público. ¿Y cree alguien que esto lo iban a aprobar los partidos españoles? Si hubieran asistido a alguna de las comparecencias en la Comisión del Congreso ya sabrían que eso era imposible. Por eso, mejor lo cerramos. Sólo habría servido para generar titulares absurdos durante esta última semana. Qué quieren que les diga, para eso ya teníamos Manual de resistencia, no necesitamos el Pacto de Toledo.

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