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Domingo Soriano

Por qué Del Pino lo sabía y el Gobierno, no

Si no te enteraste de nada, al menos tápate un poquito. Reconoce tu error y no señales a los que sí acertaron.

Domingo Soriano
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Si no te enteraste de nada, al menos tápate un poquito. Reconoce tu error y no señales a los que sí acertaron.
Fernando Grande-Marlaska, Salvador Illa, Margarita Robles y José Luis Ábalos, durante la rueda de prensa de este domingo. | EFE

"Capitán a posteriori", "no se podía saber", "ahora todo es más fácil"... Las excusas toman formas diversas. Pero más o menos se resumen en cualquiera de estas frases hechas: lo que nos ha pasado ha sido una mezcla entre la mala suerte y la imposibilidad de predecir lo que estaba ocurriendo. La versión oficial nos dice que nunca antes hubo una crisis como ésta y que era prácticamente imposible anticiparse a la misma. Y sí, España es el país del mundo con más contagiados y fallecidos por Coronavirus; pero no es culpa de nadie, aseguran. Porque, de las manifestaciones del 8-M al mitin de Vox en Vistalegre, nadie pensaba que esto iba a acabar con un estado de alarma y un confinamiento que ya dura más de un mes.

El problema es que sí había algunos que lo pensaban. Yo conozco unos cuantos: Luis I. Gómez, Daoiz Velarde, Juan Ramón Rallo, Manuel Llamas, Juanma López Zafra o Luis del Pino, por ejemplo. Y no es que lo dijeran con alguna frase hecha del tipo "esto va a salir mal". Es que daban detalles y anticipaban la evolución de la pandemia con un nivel de precisión que se ha acabado convirtiendo casi en un guion de lo ocurrido. Es como ese vídeo del programa de Íker Jiménez del 1 de marzo, en el que algunos de los invitados nos decían cómo sería nuestra vida (y acertaban) un mes después.

También es cierto que lo normal era lo que hicimos (casi) todos: hacer como si nada.

En los últimos años, el campo de la economía que se ha puesto más de moda es ése que llaman "psicología económica", "economía conductual" o "economía del comportamiento". Hay cientos de autores dedicados a explicarnos cómo pensamos en realidad. Y a ponernos delante del espejo de nuestra irracionalidad (que no sufrimos de forma continua ni absoluta, pero sí en mayor grado del que queremos reconocernos a nosotros mismos). De Daniel Kahneman a Dan Ariely, pasando por Jonathan Haidt o Richard Thaler, algunos con más énfasis en la economía y otros en la psicología, las relaciones sociales o la política: leer a estos tipos es un ejercicio apasionante, que te hace sonreír y te vuelve un poco más humilde (también te crees que eres más sabio hasta que, 10 minutos después, te das cuenta de que vuelves a caer en el mismo error que te explicaba el capítulo que acabas de leer).

Tampoco es que lo que nos cuentan sea completamente nuevo. Buena parte de lo que nos explican ya estaba en el refranero y en los consejos de nuestras abuelas. Por ejemplo, ellos le han puesto nombre a nuestra pereza mental y a la tendencia que todos tenemos a pensar que lo que ocurrió en el pasado volverá a repetirse en el futuro. Y a esas narrativas a las que nos encanta anclarnos. Relatos que suenan bien en nuestra cabeza y que acabamos creyendo que son una ley física.

Detrás del éxito de Corea del Sur, Singapur o Taiwan en la gestión de esta crisis hay gobiernos competentes, pero también sociedades que habían pasado por situaciones similares en los últimos años. La gripe aviar o el SARS fueron falsas alarmas en Europa, pero no en estos países. Allí, ciudadanos y políticos tenían la experiencia muy presente y sabían lo que una pandemia significaba. Por eso, también lo tenían más fácil para reaccionar y para asumir medidas que en Occidente nunca se habían puesto en marcha.

Era casi inevitable que nosotros reaccionáramos como lo hicimos: ¿otro virus que llega de Asia y que nos dicen que es potencialmente muy peligroso? Al cajón del "no será para tanto". Y si encima sale Lorenzo Milá en TVE pidiendo calma y diciendo que es "como una gripe", pues a hacer chistes y a señalar a los alarmistas por generar miedo injustificado.

Hasta aquí, lo normal. Lo que nos pide el cuerpo. Y cuidado, lo digo poniéndome el primero como ejemplo de lo que no se debe hacer. En mi caso, además, es todavía peor: porque conozco y soy amigo de la mayoría de los que en febrero nos advertían de que, esta vez sí, venía el lobo. De hecho, no es sólo que les conozca: es que les aprecio y valoro su criterio. Pues bien, incluso así, me resistía a creerlo. Era más fácil pensar que no sería tan grave.

Sectarismo o pereza

Pero yo no soy el Gobierno. Aquí no vale repartir culpas por igual. Antes del 9 de marzo, lo normal es que el 90% de la población española dedicara a esto la atención mínima imprescindible. ¿Deberíamos habérnoslo mirado más? Por supuesto. Y los periodistas, los primeros. Y los periodistas con programas de información general o los que van dando consejos o los que se arrogan el derecho a decidir lo que es cierto y lo que no… esos, mucho más.

De hecho, leyendo algunas de las excusas de la versión oficial a veces pienso que deben tener un topo anarco-capitalista infiltrado en la Moncloa. Porque lo que siempre nos han dicho es que una de las principales funciones de nuestros mastodónticos estados es que esto no pasara. O que, si tenía que pasar porque la naturaleza es imprevisible y siempre hay la posibilidad de una catástrofe (ya sea una epidemia o un terremoto), lo hiciera con el mínimo daño posible.

Por eso, el Gobierno no puede emplear el "quién lo iba a saber". Pues vosotros deberíais. Para eso os pagamos.

Para empezar porque, como explica Nassim N. Taleb (otro autor imprescindible), que un evento no tenga muchas probabilidades de producirse no es una buena excusa para ignorarlo, si las consecuencias del mismo pueden ser catastróficas.

Y porque, además, no es cierto que esos sesgos o esas narrativas de los que nos habla Kahneman sean una trampa imposible de sortear. Del Pino o Zafra o Daoiz o Rallo seguro que también pensaron lo mismo la primera vez que oyeron hablar del Covid: "Otra gripe asiática". Y luego, hicieron lo que los demás no hicimos: se lo estudiaron.

Porque sí, aquí ha habido mucho de inercia mental, en la política y en los medios, pero también de sectarismo ideológico y de pura y dura pereza. Era más cómodo decir "esto es otra gripe", que ponerse a buscar información en la prensa china o tirarse un fin de semana leyendo papers en inglés sobre contagiados, el número reproductivo básico, la letalidad o el impacto en los sistemas sanitarios. Para un ministro era más sencillo no buscarse líos y pedirle a la gente que estuviera tranquila que empaparse de informes sobre los diferentes escenarios previsibles. Y para los periodistas, era más fácil "verificar" con la nota de prensa del Ministerio de Sanidad que cotejando la evolución y las cifras reales de lo que estaba pasando en Corea, Irán o Singapur.

Si, además, los que nos advertían eran los tuiteros liberales, entonces ya estaba el cóctel completo: queríamos llegar al 8-M a toda costa. Y queríamos hacerlo a lo grande. No íbamos a permitir que nos aguaran la fiesta. Porque, por supuesto, es imposible dudar de un Gobierno de progreso que cuida de todos nosotros.

En esto es muy interesante lo que nos explica Haidt, en La mente de los justos: su tesis es que, en la mayoría de los casos, no buscamos argumentos o cifras para tomar una posición basada en los datos; lo que hacemos es tomar primero una posición y luego buscar argumentos que nos reafirmen en nuestra decisión (por cierto, esto apenas se puede decir en voz alta, pero el propio Haidt, un socialdemócrata de manual, les dice a sus correligionarios que muy a menudo son mucho más sectarios e incapaces de escuchar al de enfrente que esa derecha a la que acusan de intolerancia). Y esto es clave. Por lo que yo les conozco, si algo caracteriza a los Del Pino, Rallo o Gómez que citaba antes es que son honestos y están dispuestos a hacer algo muy complicado: escuchar y atender las razones de los que no piensan como ellos y cambiar de opinión si les demuestran que estaban equivocados.

Los que sabían y los que no

Por todo esto, el Gobierno debería dimitir en pleno en cuanto acabe el estado de alarma (ya sé que no lo harán, ni siquiera veo posible la renuncia de un solo ministro o secretario de Estado… probablemente busquen un cabeza de turco a quien echar las culpas, ¿quizás Simón?). De hecho, muchos otros gobiernos de todo el mundo deberían dimitir. Pero, con nuestras cifras, el español debería ser de los primeros. Sí, por estar entre "los que no sabían lo que no podía saberse".

Por todo esto, también, los periodistas de referencia, los autodenominados expertos y los divulgadores deberían controlarse un poco. Este fin de semana me he encontrado a unos cuantos en Twitter haciendo bromas sobre Fran Rivera o Pablo Motos o Íker Jiménez. Sí, los mismos que no se enteraron de nada hasta el día 11 de marzo, ahora hacen chistes sobre la cantidad de epidemiólogos que hay en España con ese tono de superioridad tan característico del que se cree en posesión de la verdad. Y van repartiendo carnets de autoridad: quién puede y quién no hablar de esto o lo otro.

Si tan tontos o ignorantes son Motos, Rivera o Jiménez como insinúan (por cierto, no conozco a ninguno de los tres, ni les tengo especial simpatía o antipatía), entonces sí que tienen un problema, porque esos ignorantes les ganaron. Detrás de la polémica de los bulos y las persecuciones periodísticas (por ejemplo, la que sufrió la semana pasada Luis del Pino) se intuye el tic autoritario de cierta izquierda, que no soporta que nadie opine nada sustancialmente diferente a lo que ellos han marcado como verdad oficial. Pero yo creo que también hay un punto de vergüenza íntima, que les corroe y de la que no saben cómo escapar. En las redes sociales mantienen su arrogancia, pero cuando se miran al espejo se saben un fraude. Porque el día 7 de marzo, ¿quién estaba más preparado para lo que se avecinaba: el periodista experto en Ciencia que va dando clases de rigor en Twitter o un señor de Cuenca que se informa por mensajes de Whatsapp y tenía el carro de la compra lleno de papel higiénico? Pues eso.

Y eso que admito que era muy complicado anticipar lo que iba a ocurrir. Lo normal, incluso si te preocupabas por echarle un vistazo a las cifras de China, era equivocarte. También es lógico que, según transcurren las semanas vayamos cambiando de opinión o matizando los consejos sobre si hay que usar mascarillas o sobre qué medidas pueden ser más efectivas para detener la propagación del virus. Pero sin bromas y sin arrogancia. Si no te enteraste de nada, al menos tápate un poquito. Reconoce tu error, intenta ponerte al día y no señales a los que sí acertaron. Aunque sean un torero retirado o un presentador de un programa que a veces habla de ovnis. Incluso, aunque sean un puñado de tuiteros liberales que te da una rabia enorme que tuvieran razón. Y la próxima vez, te lo estudias bien y escuchas a los que dicen cosas raras. Ellos lo hicieron.

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