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Domingo Soriano

La economía de WhatsApp: por qué lo odiamos y por qué no responderé nunca más mensajes de audio

Las innovaciones tecnológicas que afectan a la comunicación son muy peligrosas porque no estamos preparados para hacerles frente.

Las innovaciones tecnológicas que afectan a la comunicación son muy peligrosas porque no estamos preparados para hacerles frente.
Mirando la pantalla y escribiendo (o, peor, hablando): el ser humano se ha convertido en un ente pegado a un móvil. | Unsplash/Daria Nepriakhina

Todos hemos escuchado que a los poblados indios los destrozó el whisky que los tramperos les vendían para conseguir luego mejores términos en sus intercambios. Pero alcohol de altísima graduación y pésima calidad había también en los fuertes del Séptimo de Caballería. De hecho, el borracho de la ciudad al que tienen que expulsar del saloon a patadas (como ese mítico Dutton Peabody que dirige el Shinbone Star en El hombre que mató a Liberty Valance) es un clasiquísimo de casi cualquier western que se precie. Y aunque problemas de alcoholismo los había a patadas en todos los Shinbone fundados al oeste del Mississippi, se mantenían dentro de un orden. Porque lo que arrasó aquellas tribus no fue el alcohol, que era el mismo que el de los pioneros, sino la novedad.

Una de las cosas que nos gustan a los conservadores de las reglas de urbanidad es que suelen ser, como los mejores destilados, la consecuencia del paso del tiempo. Prueba y error: no hay mejor método para ver si algo funciona. Miles de tipos diferentes haciendo pequeños ajustes hasta que una de las variantes se impone sobre las demás (un poco como los virus, pero con más tiempo, menos tensión y menos normas absurdas en el BOE).

Por eso son tan peligrosas, socialmente, las innovaciones tecnológicas. Porque no estamos preparados para hacerles frente. Me imagino que el teléfono debió ser un reto: ahora lo damos por sentado, pero para un tipo que viviera en 1910-20 no sería nada normal que cualquiera de sus parientes o amigos pudiese localizarle en casa a cualquier hora. Las novelas de Galdós de finales del XIX estaban llenos de esos peticionarios que esperaban en el zaguán a que los atendieran y para los que el teléfono debió ser en parte una oportunidad para facilitar su tarea de sableadores y en parte una dificultad, porque despersonalizaba el trabajo cara a cara (tengo para mí, que en el acumulado salieron perdiendo).

Algo parecido ocurrió con los automóviles y con esos primeros peatones atropellados: los coches eran mucho más lentos que los actuales, pero ni el que los conducía ni el que los sorteaba estaban preparados para interactuar.

En nuestra vida, hemos visto la llegada de internet, de los móviles... y de WhatsApp. Que sí, que todos lo detestamos pero es una forma de comunicación inmejorable en muchos aspectos:

  • Inmediatez: se te ocurre, lo escribes y ahí está. No necesitas que tu interlocutor lo mire en ese momento para que se quede grabado y guardado.
  • Flexibilidad de contenidos: permite tanto un pensamiento fugaz como una reflexión de varios párrafos. Y se pueden incluir fotos, vídeos, archivos...
  • Flexibilidad de dispositivos: en mi caso, lo que ha disparado la productividad del WhatsApp es la posibilidad de abrirlo en el ordenador. Con el portátil y el teclado, en dos minutos respondes 25 mensajes y, además, puedes ser más preciso, dar detalles, etc...
  • Es muy eficiente para grupos: con un sólo mensaje das por enterado a todo un departamento; es mejor herramienta para compartir trabajos conjuntos que algunas aplicaciones diseñadas para eso (al menos hasta cierto grado de complejidad o número de involucrados); es barato y sencillo de usar; no hay que pasarse complicadas direcciones de correo ni tener el contacto de todos los del grupo para enviar un mensaje, etc.

De hecho, en parte por esto, cada vez es más habitual usarlo como herramienta de trabajo: lo que en sus inicios era un medio de comunicación estrictamente personal, ahora se da por sentado que es una de las maneras menos intrusivas de contactar a un empleado, cliente o proveedor. El típico "¿Puedo llamarte?" que ha sustituido a las llamadas frías. O incluso, para alguien a quien no conoces: "Buenos días, Fulanito. Me ha pasado tu contacto Menganito...".

Vamos, que lo tiene (casi) todo... y por eso lo odiamos profundamente. Porque nosotros lo sabemos, pero los demás también. Porque hay un paso muy pequeño de esa eficiencia a tener 63 mensajes sin leer si te tiras una hora sin mirarlo. Por eso y porque todos los que te conocen sienten que te pueden escribir sin descanso y dejarte todo tipo de mensaje ahí, esperando que digas algo, incluso cuando en realidad no tienes nada que aportar, pero parece que si no lo haces estás casi insultando al que lo envió.

Y por los grupos, que son el MAL en la Tierra: ahí se cumple todo lo dicho anteriormente con el añadido de que, si te saltas una respuesta, parece que el insulto es colectivo y que odias a todos los que están ahí (en ocasiones, como los grupos de padres, este sentimiento puede estar cerca de la realidad).

Porque, además, uno nunca sabe cuándo puede abandonar una conversación. Es decir, has intercambiado 4-5 mensajes en unos minutos, pero ya lo tienes que dejar: ¿lo dices o no? ¿Dejas el último mensaje ahí pendiente? ¿Y si realmente lo olvidaste: el otro siente como si le hubieras dejado tirado con la palabra en la boca? Pues eso, que no tenemos unas reglas de conducta universales. Como lo del whisky, pero más molesto y menos divertido.

Del azul a los audios

Por si fuera poco, WhatsApp tiene dos características especialmente puñeteras. Que nadie diseñó a propósito, pero también son el MAL. Porque, además, sitúan los incentivos de forma perversa. Y eso, como sabemos los economistas, sólo puede terminar en desastre.

La primera es la del doble tick azul vs el gris. La gente normal (yo) tiene activado el azul. Porque cuando tienes una conversación con alguien, quieres que el otro sepa que le has leído. Tú crees que tu tick azul es casi como un mensaje de cortesía, uno que nos gustaría que el otro interpretase como: "Ya te he leído, si no te contesto ahora es porque no puedo". El problema es que el otro piensa "me has leído y pasas tanto de mí que ni te molestas en contestarme".

Por eso hay cada vez más gente que se ha quedado en el gris. Son esos que no quieren que sepas que te leyeron y te consumen en la duda: ¿no me contesta porque no me ha leído o porque pasa de mí? Cuidado, que ellos tampoco saben si tú les has leído (es decir, no puedes tener doble click gris para tus mensajes enviados pero azul para los que recibes). A mí esta gente me escama y al mismo tiempo les envidio. Me gustaría dar el paso al gris, que es como un mensaje de "Dejadme en paz. Te responderé (o no) cuando me dé la gana".

Aquí entra en juego ese elemento que los Kanehman y Tversky y los otros economistas del comportamiento han explicado a menudo. Aunque también lo hacían nuestras abuelas con el clásico "ver la paja en el ojo ajeno". Me refiero a la enorme capacidad del ser humano para perdonar sus propios fallos y ser implacable con los del otro: a ti se te olvida responder un mensaje durante tres días y tienes a mano 200 excusas adorables que explican tu falta; pero cuando es el otro el que no te responde, tardas 10 minutos en montarte toda una película sobre lo perverso, maleducado y desconsiderado que es tu contacto.

Pero si hay algo que merecería que nos replanteásemos los trabajos forzosos son los audios de WhatsApp.

Seamos sinceros: un texto de WhatsApp es algo relativamente pesado de escribir. Y más pesado cuanto más largo es. Además, si quieres que se entienda bien, tienes que ponerle atención y escribirlo de forma correcta (vamos, con puntos y comas); en parte para eso se inventaron los emoticonos, para ayudarnos a expresar por escrito lo que a veces no es tan sencillo.

A cambio, esa pesadez se compensa porque para el receptor es lo más cómodo que ha inventado el ser humano: lo lees en 10 segundos; se queda guardado; puedes revisar lo que te han dicho una y otra vez (algo muy útil si contiene direcciones, cifras o fechas); puedes leerlo en cualquier lugar, incluso en sitios en los que es necesario el silencio, como una reunión o el cine. Casi todo son ventajas.

Enfrente, el audio invierte los papeles. Es extremadamente cómodo y rápido para el que lo envía... pero un suplicio para el que lo recibe: tienes que escucharlo entero; si no te enteras de algo (lo que es frecuente) hay que volverlo a escuchar; es mucho más fácil que olvides el contenido del mensaje a futuro y tengas que abrirlo de nuevo; también es más habitual que el receptor se equivoque o escuche mal los datos y las cifras; en lugares públicos, escuchar un audio puede ser un problema, etc.

La cortesía más elemental nos dice que, salvo contadísimas excepciones, deberíamos usar el texto. Es decir, el que manda el mensaje (que es el que quiere que le lean) asume la parte molesta (escribir) y se lo pone fácil al receptor. Pero, cada vez más, ocurre al contrario. Al menos entre mis contactos. Lo que antes era excepcional, ahora es relativamente habitual. Y yo lo entiendo. Es economía pura: incentivos y ahorro de esfuerzos. Si te contestan a todo, pues mandas más audios.

Por eso he decidido que no voy a volver a escuchar uno en mi vida. Que lo sé... que mis amigos me dirán que el mensaje era muy largo y complejo para escribirlo y que mandar el audio era más fácil. Pues, por eso mismo, mi nuevo estado de WhatsApp será "No contesto audios. Si tú no tienes tiempo para escribirme, yo no lo tengo para escucharte".

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