Menú
Domingo Soriano

El pollo, la política y la factura de la luz: o cómo empeorar lo que ya estaba mal

Estamos ante uno de los sectores más intervenidos y regulados. Pero eso no quiere decir que puedan colarnos cualquier explicación sobre los precios.

El pollo, la política y la factura de la luz: o cómo empeorar lo que ya estaba mal - Domingo Soriano
Imagen de un poste de alta tensión, esta semana en Palma de Mallorca. | EFE

"Imagínate que vas a la carnicería a comprar pollo, unas salchicas, un poco de carne picada y un buen solomillo de ternera. Y cuando vas a pagar, te quieren cobrar todo al precio del solomillo. Pues bien, algo parecido es lo que ocurre con la factura de la luz".

Así es como se explica el precio de la electricidad en España. Se usan diferentes bienes y servicios para que la metáfora no sea muy repetitiva. Hemos escuchado ejemplos sobre pescaderías que venden panga a precio de atún rojo y carnicerías que colocan pollo a precio de solomillo. Y aunque la imagen puede variar ligeramente, el fondo del asunto es el mismo: nos están timando. Las eléctricas nos colocan de forma ilegítima los MWh de nuclear o la hidráulica (que tienen unos costes variables muy bajos) al precio de gas, que ahora está disparado, logrando unos beneficios caídos del cielo que ni se merecen ni debemos pagarles. Por eso celebran la intervención del Gobierno en el mercado y esa excepción ibérica que parece que le hemos arrancado a Bruselas, aunque todavía no sabemos cómo se desarrollará.

Nota al margen: aunque no es el objeto de este artículo, es curioso que casi nunca se habla de las renovables, cuando éstas son las que más margen se llevan cuando los precios del gas son tan elevados.

Nota al margen 2: tampoco parece haber nadie dispuesto a explicar lo más obvio, que el diseño del mercado eléctrico español es la consecuencia de decisiones políticas, con amplio respaldo social, tomadas durante décadas. Puede que no lo sepamos... pero pagamos la factura de la luz que hemos decidido ¡nosotros!" pagar.

Sobre el mercado eléctrico, en España y en otros países (no creo que funcione mucho mejor en otros lugares), se podría escribir mucho. Aquí, por ejemplo, Manuel Hidalgo criticaba el formato de subasta adoptado en España con buenos argumentos. Por su parte, Manuel Fernández Ordóñez, colaborador de Libre Mercado, lo defendía en este otro artículo también con razones igual de razonables. En este punto, yo estoy más cerca del Mafo bueno, entre otras cosas porque siento que me hacen trampas al solitario: primero se ponen muy técnicos y me dicen que la electricidad es un monopolio natural y un servicio público esencial, por lo que no se puede dejar a esa ley de la selva que se supone es el mercado libre; luego aseguran que hay que regularlo de forma estricta y sin que quede un resquicio de maniobra para los operadores, porque si no, nos engañarían; luego se tiran años diseñando leyes, organismos de control, supervisores y empresas públicas para ejercer esa vigilancia; y luego, cuando no salen las cosas como las habían previsto, le echan la culpa a los que entraron a jugar con esas mismas reglas que nos dijeron que era imprescindible que ellos impusieran.

Pero esa discusión, más técnica, apenas entra en el debate público. Ahí lo que queda es lo del pollo y el solomillo. Y eso es mentira.

En primer lugar, lo más obvio: en electricidad no hay pollo y solomillo. Hay MWh y son todos iguales. Si queremos una metáfora, podríamos usar la del depósito al que van a parar varias corrientes de agua. Una vez que el agua está dentro del depósito es indistinguible su origen. Y si llenamos un camión cisterna con ese agua, no sabremos de dónde viene ese agua.

En la electricidad, esto quiere decir: (1) que no podemos comprar pollo-renovable-barato o solomillo-gas-caro; sólo podemos comprar MWh y discriminar en precios en función del origen no es nada sencillo. Y (2) que esas comercializadoras que aseguran que la electricidad que venden es "100% renovable" nos están tomando el pelo. ¿Sobre esto no puede actuar el Ministerio de Consumo?

Pero volvamos al pollo y al solomillo. Y al sistema de fijación de precios.

¿Se pueden hacer ajustes en el mercado marginalista? Sí, pero sin mentir. Los precios con los que las eléctricas entran a la subasta están determinados por el mecanismo de esa subasta. Si cambiamos ese mecanismo, las compañías también modificarán sus ofertas.

Otra metáfora, no idéntica, pero más parecida:

  • Un touroperador abre una subasta con decenas de hoteles, casas de huéspedes e incluso domicilios particulares de Sevilla.
  • La empresa pone unos requisitos para el alojamiento y les dice a los establecimientos que les pagará a todos lo mismo: "Hacedme una oferta con un mínimo para cada día del año; pero yo os pagaré según el último precio por habitación que entre al sistema".
  • El oferente más barato es siempre un hotel que está todo el año abierto. Sus costes variables (apenas una persona para limpiar las habitaciones) son muy bajos, por lo que le conviene cobrar algo... aunque sea poco.
  • ¿Su oferta? 20€ por habitación cada día del año, del 1 de enero al 31 de diciembre.

¿Podemos pagar siempre 20€ a este hotel, incluso en Feria o Semana Santa? No. Los gestores de este establecimiento hacen una oferta de 20€ la noche porque saben que en los momentos más demandados del año entrarán a la subasta incluso pisos particulares, que a cambio de unos cientos de euros la noche, están dispuestos a alojar a un visitante por unos días, siempre que la tarifa sea muy alta.

Entonces, ¿por qué esa oferta fija a 20€? La lógica está clara. Los directivos del hotel piensan: "El día 15 de febrero, cuando apenas hay turistas en Sevilla, me conviene tener las habitaciones llenas, aunque sea cobrando el mínimo que cubre mis variables. A 20€, si este touroperador tiene 30 viajeros, quizás me lleve yo los 30 y eso que me saco. El Jueves Santo no cobraré 20€, porque ese día habrá decenas de miles de turistas pidiendo una habitación; habrá casas particulares que ofrezcan las suyas; y lo harán por mucho dinero, porque si no, no les compensarían los costes de adecentar la estancia para unos días. Y por esa noche yo cobraré lo mismo que ellos".

Cada día, este hotel cobra lo máximo que puede, pero oferta por el mínimo por el que está dispuesto a abrir. Si le decimos "cobrarás exactamente lo que ofertes", entonces cada día calculará cuánto puede sacar. Y no, no ofertará lo mismo en Semana Santa que el 15 de febrero. Su incentivo, además, cambia por completo: ahora sabe que le conviene dar el mejor precio posible aunque sea bajo; con el nuevo sistema, le anima a buscar el más alto con el que consiga beneficios.

La discusión en este caso debería ser si las eléctricas están trampeando el sistema (es como si el hotel fuera dueño del establecimiento y de una casa particular con la que trampea al touroperador, porque, además, sabe de antemano los turistas que éste tiene para cada día y las ofertas del resto de hoteles). Pero la metáfora del pollo y el solomillo no ayuda en nada a este debate, porque es absurda y porque no explica la realidad del sistema.

Por supuesto, aquí también entra en juego lo de los "beneficios caídos del cielo" y esa idea de "si ofertan a 10, por qué les pagamos a 100". Sectores en los que se hacen ofertas "a pérdida" (en este caso, sería, por debajo del precio medio pero por encima del precio marginal) hay muchos. Los hoteles, como el de nuestro ejemplo, lo hacen a menudo. También las aerolíneas: imaginen que alguien propusiera "como las aerolíneas venden billetes a 10€... obliguémosles a hacerlo siempre".

No, es al revés: las aerolíneas venden algunos billetes tirados de precio, porque saben que podrán vender otros a 500 €. Lo que piensan es, en días de poca demanda "prefiero llevar 10-12 personas más en el avión casi gratis, que no llevarles". Pero si les obligásemos a cobrar el mismo precio a todos, no ofrecerían nunca a nadie la tarifa reducida.

La clave está en los precios medios: si yo sé que un trayecto me cuesta de media 50€ por pasajero al año, intentaré que mi precio medio de enero a diciembre esté por encima de ese nivel. Si no lo consigo, tendré pérdidas. Es verdad que, cambiando las tarifas cada día, puede haber jornadas en las que me interese poner una inferior a ese precio: esos días en los que nadie vuela y, como sé que el avión estará igualmente en el aire, prefiero sacar lo máximo, aunque sea poco. Pero si una oferta de un día pésimo se convierte en una obligación para el resto del año, entonces no la haré. Porque mi objetivo a lo largo del ejercicio tiene que ser situarme por encima de 50€. Hoy puedo volar cobrando 10... pero si todos los días cobro 10, tendré que cerrar esa línea.

Con las eléctricas, pasa algo parecido. Que algunos días puedan cobrar muy poco (o que oferten casi a cero) no quiere decir que todos los días puedan hacerlo. Si cada día les pagamos muy poco por encima de su precio marginal, comenzarán a quebrar o cerrar.

Y todo esto sin hablar de la remuneración de las inversiones. Como explicamos en su momento, cuando alguien pide financiación para, por ejemplo, construir una instalación, plantea un business plan con diferentes escenarios: desde el más pesimista al más positivo. A cada uno, le da un porcentaje, en función de las opciones que tenga.

Pues bien, el mensaje que está lanzando España estos días es que aquí funcionan dos reglas: si te va mal, pierdes tú; pero si te va muy bien, te limitamos el beneficio. A corto plazo puede ser políticamente muy atractivo. Pero a medio plazo, esto limitará las inversiones o hará que se encarezcan. ¿Quién va a meter dinero en un país que te saca la tijera si las cosas van realmente bien? Incluso si fuera suerte: puede ser verdad que las centrales nucleares o hidroeléctricas no tienen nada que ver en el encarecimiento del gas. En ese caso, ¿se merecen los beneficios extra? Eso es mirar desde hoy lo que no se planteó así en su momento. Lo que calculan las empresas son escenarios y probabilidades; e invierten si la rentabilidad media esperada (que será el resultante de los buenos y los malos, los excepcionales y los horribles) es superior a la rentabilidad media de otras alternativas de inversión. Pero quitar los años buenos porque son buenos es hacer trampas. Es como si a un inversor en nuevas empresas, que pone su dinero en 10 compañías tecnológicas sabiendo que nueve quebrarán... le quitamos los enormes beneficios de la décima porque son muy elevados y nos parece injusto que el socio capitalista se lo lleve casi todo.

Ya sé que el mercado eléctrico no es igual. De hecho, aquí los escenarios del business plan incluyen tanto cuestiones económicas como regulatorias. En realidad, si les soy sincero, a mí las grandes eléctricas no me caen especialmente bien. Son un sector tramposo, que juega constantemente la baza del poder político y que intenta utilizarlo a su favor. No me da ninguna pena que los mismos políticos que con una mano les dan, con la otra les quiten. En parte se lo merecen. Pero los argumentos de los que les señalan (y que son los que quieren aún más intervención en el mercado) son todavía peores que ellos.

Temas

En Libre Mercado