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Rusia financió las campañas anti-'fracking' para mantener su poderío energético sobre Europa

Inyectó más de 82 millones en ONGs y grupos ecologistas para blindar sus exportaciones de gas natural al continente.

Inyectó más de 82 millones en ONGs y grupos ecologistas para blindar sus exportaciones de gas natural al continente.
La canciller alemana, Angela Merkel, y presidente ruso, Vladimir Putin, en el palacio Meseberg. | EFE

Hace apenas quince años, la producción de gas natural dentro de las fronteras europeas se situaba por encima de las exportaciones rusas de dicho hidrocarburo. Fue entonces cuando el Viejo Continente empezó a desarrollar su "agenda climática" y acordó un fuerte recorte de la producción de este tipo de energía. Los resultados de aquellas decisiones empiezan a resultar aparentes.

Solo han pasado tres lustros desde entonces, pero el desequilibrio ya es tan importante que Rusia exporta ahora tres veces más gas natural del que producen los países de la Unión Europea. Es difícil entender semejante evolución sin tomar en consideración la influencia que ha jugado Rusia en el debate energético europeo y que ha tenido como resultado el apuntalamiento de la "agenda climática" con la que la producción de gas natural ha terminado duramente golpeada.

La evolución descrita queda reflejada en el siguiente gráfico del Wall Street Journal, compartido por el ecologista Michael Shellenberger y elaborado por la Agencia Internacional de la Energía:

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Pues bien, a estas alturas huelga decir que esta apuesta ha tenido consecuencias directas en nuestros bolsillos. De acuerdo con los informes que ha publicado la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, el precio del gas aumentó cerca de un 400% entre 2020 y 2021, antes de la invasión rusa en Ucrania. Si ampliamos el cálculo hasta mediados de 2022, para recoger el impacto de la guerra, encontramos que la subida acumulada se ha acelerado más aún y ya roza el 700%.

Hay que preguntarse, pues, cómo es posible que se hayan tomado decisiones abiertamente anti-económicas que golpean directamente nuestra posición geopolítica, empobreciéndonos y convirtiéndonos en un bloque político vulnerable a las presiones de la tiranía rusa. Y, si buscamos respuestas a esta pregunta, no tardamos en encontrarnos con la influencia de la propaganda que impulsa Moscú.

El propio Michael Shellenberger ha sacado a colación un editorial publicado hace medio año por el Wall Street Journal en el que la apuesta europea se describe como "una auténtica lección de masoquismo energético". Para el salmón editado en Nueva York, "Europa se ha autoimpuesto una mayor vulnerabilidad ante el chantaje de Putin con el gas", situándose a sí misma en una situación de dependencia que complica enormemente la resolución de los dos problemas que están encima de la mesa: la guerra y la crisis inflacionista.

El ecologista ha rescatado también unas declaraciones de la Secretaría General de la OTAN, que hace ocho años habría alertado ya del rol que jugó el gobierno ruso en esta deriva. Según la inteligencia recabada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte, "Rusia apoyó de forma activa a organizaciones medioambientales, ayudando a financiar su campaña contra la extracción de gas a través del fracking. Para Putin, esta era una forma de que Europa siguiese dependiendo de las importaciones energéticas rusas".

Matt Ridley, en la misma línea

En la misma línea se expresó en 2019 el célebre analista británico Matt Ridley. Autor de libros de éxito como El optimista racional, Ridley llevaba años advirtiendo de la influencia rusa en los grandes debates energéticos que ha venido manteniendo Europa y que se han saldado una y otra vez en contra del desarrollo de nuevas fórmulas de producción como el fracking.

En este sentido, un informe del Centro Wilfred Martens para los Estudios Europeos estima que el gobierno ruso ha invertido al menos 82 millones de dólares en la financiación de ONGs y otros organismos que han hecho campaña de forma activa contra el fracking y su aplicación a la producción de gas natural en Europa. A esto hay que sumarle las campañas de desinformación en redes sociales y la propaganda emitida por medios oficiales como RT.

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