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Sin parados y sin trabajadores: la extraña paradoja del mercado laboral post-covid

En Reino Unido y en EEUU se cruzan dos tendencias en apariencia contradictorias: una tasa de desempleo en mínimos y millones de puestos sin cubrir.

En Reino Unido y en EEUU se cruzan dos tendencias en apariencia contradictorias: una tasa de desempleo en mínimos y millones de puestos sin cubrir.
Una imagen de la semana pasada, de una oficina de empleo en el centro de Londres. | EFE

Si hay crecimiento, no hay paro. Y al revés, si la economía se detiene, las tasa de desempleo se dispara. Ésa es la teoría. Lo que hemos visto hasta ahora. Lo que no necesitaba muchas explicaciones extra. PIB y paro eran dos líneas con tendencias opuestas. Si una bajaba, la otra subía.

Hasta ahora. En algunos de los países más ricos y con mercados laborales más dinámicos del mundo, también esto está cambiando. Las tasas de crecimiento son muy bajas, apuntando a la recesión o incluso entrando ya en ella, pero el desempleo sigue en niveles muy reducidos. Históricos por lo bajos que son. ¿Alguien lo entiende? La clave hay que buscarla en la población activa, que no ha recuperado los niveles pre-covid. Esto quiere decir que hay menos gente en el mercado de trabajo, bien con un empleo o buscando uno. Era una tendencia de la que ya se hablaba mucho antes de 2020, pero que la pandemia ha intensificado. Razones hay muchas, pero nadie parece tener una solución clara. Por ahora, los casos más llamativos son los del Reino Unido y Estados Unidos. Allí la prensa especializada se pregunta cada semana qué está pasando. En España todavía estamos muy lejos de tasas de desempleo por debajo del 4% como muestran aquellos países; aquí bajamos, como ahora, del 13% y nos felicitamos. Pero igualmente es interesante ver lo que está ocurriendo, como análisis y como aviso a navegantes.

Reino Unido es el caso más extraño. Todas las noticias que llegan desde allí nos hablan de la tormenta que está sacudiendo la economía británica: un déficit público disparado, un presupuesto que implicará recortes dolorosos por el lado del gasto y de los impuestos, balanza comercial muy deficitaria, libra en caída libre (aunque se ha recuperado algo en las últimas semanas), inflación que mira al 20%, el Banco de Inglaterra intentando taponar las vías de agua con medidas que dañarán todavía más el crecimiento... y la tasa de paro en el 3,6%. ¿Alguien tiene alguna explicación?

Pues no muchas. O no evidentes. Las cifras sí son claras: lo que está ocurriendo es que hay menos gente en el mercado laboral (menos activos) y menos personas trabajando. Por ejemplo, en el tercer trimestre, el número de puestos de trabajo descendió en casi 60.000. Pero no porque estos trabajadores se fueran al paro, sino porque dejaron de estar en el mercado. ¿Por qué? Estudios, enfermedades, jubilación, simplemente porque no querían trabajar... Hay muchas razones, pero al final lo que queda es que en Reino Unido la fuerza laboral está en descenso. Por eso, es compatible esta persistente baja tasa de paro con los más de 1,2 millones de puestos de trabajo sin cubrir. Los empresarios de las islas no encuentran los trabajadores que necesitan.

En EEUU, la situación general no es tan preocupante. Digamos que la ralentización que anticipan los expertos será importante, pero no un drama. Casi todo el mundo prevé un 2023 con poco crecimiento (el FMI en octubre apostaba por un crecimiento del 1% del PIB el próximo año), pero ni mucho menos el pronóstico es tan catastrófico. Pero en cuanto al mercado laboral, el escenario sí tiene muchos puntos en común con el británico: paro en mínimos, caída de la tasa de participación y la población activa, y millones de puestos de trabajo por cubrir (aquí, aquí y aquí, tres análisis en prensa anglosajona del fenómeno).

Las razones

A partir de aquí llega el debate. Las razones que explican estas cifras tan extrañas. O, más que extrañas, tan inusuales. Digamos que han cambiado la forma en la que miramos el mercado laboral. Porque cosas que antes dábamos por supuestas ya no lo son. Por eso, lo importante ya no es tanto el dato de desempleo como el de puestos de trabajo creados. En realidad, siempre lo ha sido, pero como las dos estadísticas iban de la mano las usábamos como sinónimos: el desempleo subía cuando se destruía empleo. Ahora no es exactamente así. Pueden perderse empleos y también bajar el paro (o que no suba demasiado).

La explicación más obvia es que está cayendo la población activa. En primer lugar, por razones demográficas. La generación del baby-boom está jubilándose y no hay relevo, ni por los jóvenes (que son muchos menos) ni por la inmigración, que llega en menores números y que la pandemia ha ralentizado también.

Pero cuando hablamos de demografía no nos referimos sólo a que la población envejezca (que también), sino a una realidad de la que no siempre se habla: los patrones de conducta en lo que tiene que ver con el trabajo no son los mismos entre las diferentes generaciones. Los jóvenes, por ejemplo, están entrando cada vez más tarde al mercado. Esto afecta a todos: a los de baja cualificación, porque o bien no buscan un empleo o porque sus temporadas de no actividad son mucho más largas. Este colectivo está formado por jóvenes de 18-30 años sin estudios superiores: hasta hace unas décadas, en cuanto salían del instituto empezaban a trabajar y lo hacían con continuidad. Ahora no sólo se incorporan más tarde, sino que hacen más parones.

Si a esto le sumamos que los universitarios también tardan más en graduarse (la estancia media en las facultades es cada día más larga) y que cada vez hay más universitarios (que empiezan más tarde su carrera laboral que los de formación inferior), el resultado final era previsible: no hay reemplazo para los millones de recién jubilados.

Otro motivo, políticamente todavía más incorrecto, es el que apunta al crecimiento de una nueva subclase que empieza a ser numéricamente significativa: las bajas de larga duración e indefinidas. Aquí se da otra paradoja: en primer lugar, los empleos que implican exigencia física cada vez son menos; además, se han hecho numerosos esfuerzos en los últimos años por integrar a personas con diferentes discapacidades; y, sin embargo, el número de personas que entran en las nuevas categorías de inhábiles para el mercado laboral cada vez es mayor. En este punto, la pandemia sí ha tenido un impacto significativo y a peor, con muchas personas afectadas por enfermedades de larga duración (dolencias relacionadas con el Covid o que han empeorado por no haberse tratado en estos meses).

Otra causa, más social, tiene que ver con eso que se ha llamado la gran desconexión. Personas que no tendrían ningún problema para seguir trabajando, pero deciden no hacerlo. De quiénes hablamos. Pues hay muchas tipologías, todas con un poco de tópico y otro poco de realidad. Mujeres de media edad que priorizan la familia: la tasa de participación laboral femenina estaba en máximos en 2019 y todavía no ha vuelto a aquellas cifras. Aquí hay desde desgana ante los puestos de trabajo que se les ofrecen, redescubrimiento de la vida laboral o incremento de los costes de asistencia (guardería, servicios doméstico, etc...) que hacen que muchas familias se planteen si merece la pena pagar a alguien casi un sueldo completo cuando uno de los dos padres (y suele ser ella) se podría quedar en casa.

En el caso de los hombres, la tendencia viene de antes (aquí, un artículo de Libre Mercado de 2017 en el que ya tratábamos este tema): en EEUU, la tasa de participación laboral de hombres en su edad premium (de 20 a 55 años) está en mínimos históricos. Hace unas décadas, cualquier hombre de 30 años tenía dos opciones: tener un trabajo o buscar uno; ahora hay una tercera, no hacer nada. Pero, ¿se puede no hacer nada? Sí, repiten los expertos. Algunos con un enfoque más positivo (si no les pagan lo suficiente, es lógico que prefieran quedarse en casa) y otros más críticos (cuidado con los subsidios y las trampas de la pobreza).

Lo del valor social del trabajo es algo etéreo, pero que no deberíamos ignorar o despreciar. Es evidente que la mirada del otro nos importa. Y mucho. Lo que hemos visto en las últimas décadas ha sido un cambio, sobre todo en lo que tiene que ver con los hombres. En la Gran Depresión de los años 30, uno de los fenómenos más dolorosos fue el del aumento de suicidios de varones que no tenían empleo y sentían que no estaban a la altura de lo que sus mujeres, hijos, familiares o vecinos esperaban de ellos. Eso ahora ha cambiado. Ni tener un trabajo convencional por cuenta ajena y a jornada completa es igual de valorado (algo que en algunos casos, como el de los autónomos o freelance, puede ser positivo) ni tampoco lo es comenzar a trabajar a los 26-28 años o estar fuera del mercado unos años. Por supuesto, tampoco el estigma del subsidio es igual ahora que antes. ¿Bueno o malo? Desde un punto de vista moral, cada uno podemos tener una opinión, pero en términos de impacto en el mercado laboral, lo que es evidente es que tiene sus consecuencias.

Los sueldos

Por último, la cuestión de los sueldos. Joe Biden la puso sobre la mesa cuando dijo aquello de "pay them more" ("páguenles más"). Lanzaba un mensaje a los empresarios que aseguran que no encuentran trabajadores para todos los puestos que ofertan. Suena bien, pero hay muchos asteriscos que ponerle a esto.

El primero, que no siempre es cuestión de salarios, sino de cualificación. Y no sólo hablamos del título, sino de las competencias. Alguien que ha permanecido fuera del mercado laboral 2-3 años, luego es muy complicado que entre al mismo en un puesto de cierto nivel-responsabilidad. Incluso aunque antes de dejarlo hubiera tenido responsabilidades similares, ahora la empresa se lo pensará mucho antes de volver a integrarlo en la rueda.

En segundo lugar, aunque es verdad que un salario más alto atraería a quienes ahora no trabajan, aquí tenemos el problema de la competencia, sobre todo exterior. Porque la clave no es si la empresa puede pagar un poco más, sino si lo harían los clientes en el caso de que les repercutan los costes o se irían a productos alternativos (quizás que vengan desde otros países con sueldos más bajos).

El último asterisco sería el de la automatización. Aunque a veces se plantea como si fuera una disyuntiva de blanco o negro, la pregunta robot o empleado tiene muchos matices. Lo que hacen las empresas es pensar cómo dividir sus inversiones. Por eso, el problema de los sueldos es un sudoku en el que no siempre todas las cifras encajan. Subir salarios hace más atractivo el puesto para el que quiere un empleo, pero también puede hacer que para la empresa lo más rentable sea comprar la nueva máquina de atención al público, que genera menos ventas pero es más barata.

Y un apunte final: el mercado laboral parece que es una gran oportunidad para los jóvenes que ahora se incorporen al mismo: poca competencia (con muchos nuevos jubilados) y sueldos que lo normal es que tiren hacia arriba. No vamos a decir que lo tengan sencillo, pero la coyuntura les favorece. Un poco como les pasó a los nacidos en los 70, que comenzaron a llegar al mercado laboral en la gran expansión 1993-2007. Enfrente, en muchos países, entre ellos España, la generación intermedia (a grandes rasgos, los milenials, nacidos entre 1980 y 2000) se habrán llevado la parte mala, la de vivir en una crisis eterna desde su adolescencia hasta la treintena. La gran pregunta es si podremos recuperarlos.

En Libre Mercado

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