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Manuel Fernández Ordóñez

Nos quieren pobres, el clima es sólo la excusa

Las narrativas actuales no son más que reediciones de viejos intentos de frenar el maravilloso progreso del ser humano.

Las narrativas actuales no son más que reediciones de viejos intentos de frenar el maravilloso progreso del ser humano.
Protesta ecologista | Twitter

Solemos creer que vivimos tiempos insólitos, que asistimos a relatos inéditos y discusiones que nunca antes han tenido lugar. Pero no es así. Las narrativas actuales no son más que reediciones de viejos intentos de frenar el maravilloso progreso del ser humano. No son más que los mismos lobos vestidos con nuevas pieles de cordero para reeditar los mismos argumentos que llevan décadas esgrimiendo y a los que hemos conseguido resistir, como conseguiremos resistir también ahora.

El ecologismo es la muestra inequívoca, el ejemplo paradigmático de la oposición al progreso como leitmotiv de un movimiento que se camufla bajo la noble aura del bien común. Palabras vacías que esconden los verdaderos motivos de su razón de ser, la deshumanización más abyecta. Aquella que considera al ser humano una aberración, una irremediable metástasis que debe ser erradicada a toda costa bajo el altar de "lo natural".

El progreso se encuentra irremediablemente ligado al crecimiento económico y ahí es, precisamente, donde el ecologismo ha centrado siempre sus esfuerzos. Antes y ahora. Ya en los años 70, uno de los más famosos ecologistas estadounidenses dijo que la política del crecimiento económico era la "ideología de una célula cancerosa". ¿Les suena de algo? El crecimiento económico, por su parte, se sustenta en varios pilares siendo uno de los más importantes, sin duda, el consumo de energía. Y aquí es donde tenemos otra de las dianas fundamentales del ecologismo.

La oposición del ecologismo al consumo energético ha sido una constante desde la segunda mitad del siglo XX. ¿Creen ustedes que los ecologistas se oponen a la energía nuclear por su imaginaria peligrosidad o por sus residuos? No seamos ingenuos, ésa no es más que la coartada fabricada por ellos mismos para construir su relato. Se oponen a la energía nuclear por ser una fuente inagotable de energía abundante y barata capaz de acelerar el progreso. Hace casi 50 años, uno de los máximos exponentes del ecologismo —Paul Ehrlich— declaró que "darle a la sociedad una fuente de energía abundante y barata sería lo mismo que darle una ametralladora a un niño idiota".

No les quepa duda, si mañana apareciera una fuente de energía quimérica: abundante, gratis y sin ningún tipo de residuo ni peligro, el ecologismo se opondría a ella. ¿No lo creen? Probablemente, la fuente energética que más se asemeja a esa quimera sea la fusión nuclear. Hace también unos 50 años, otro de los históricos del ecologismo norteamericano —Amory Lovins— dijo cuando se le preguntó por la fusión nuclear: "Sería desastroso descubrir una fuente de energía limpia, barata y abundante por lo que haríamos con ella". Huelga decir que lo que "haríamos con ella" sería crecer, progresar y vivir cada vez mejor. Algo absolutamente inaceptable para ellos.

La histórica apuesta del ecologismo por las energías renovables no es casual. Se trata de un acto de absoluta premeditación para basar los sistemas energéticos en fuentes intermitentes, diluidas e incapaces de abastecer por sí mismas la demanda de las economías occidentales. ¿El objetivo? Simple y llanamente, frenar el progreso económico. Esto tampoco es de ahora, es así desde hace décadas. ¿Creen que la planificación absoluta de los sistemas energéticos que está haciendo la Unión Europea es nueva? Un gran precursor de esto fue Jimmy Carter que, en 1976, estableció la legislación necesaria para que en el año 2000 hubiera un 20% de energía solar en Estados Unidos. Fracasó estrepitosamente, igual que fracasará la política del Net-Zero europea.

Hace medio siglo no sabían de la existencia del calentamiento global, pero la oposición al progreso utilizaba otras coartadas para perseguir los mismos fines. Hoy los fines son los mismos, pero las coartadas han cambiado. Pueden llamarlo como quieran, crisis climática, justicia climática, eco-feminismo o cualquier otro concepto existente únicamente en su orwelliano ideario. Pero se trata del mismo cuento de siempre, una redistribución coactiva de la riqueza que lastra el ahorro y la inversión en capital, frenando el desarrollo económico y el progreso. Nos quieren pobres y subyugados, rehenes de los estados omnímodos y liberticidas. No hay más. Que los árboles no les impidan ver el bosque.

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