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Volantazo de Sunak a la política medioambiental británica: ¿se acabó el pensamiento único climático?

Frente al mantra de "hay que hacer lo que sea para recortar emisiones", el líder tory planteó objeciones económicas lógicas en cualquier situación.

Frente al mantra de "hay que hacer lo que sea para recortar emisiones", el líder tory planteó objeciones económicas lógicas en cualquier situación.
Rishi Sunak, el pasado miércoles en Londres, durante la comparecencia en la que anunció los cambios en su política medioambiental. | EFE

Daniel Rodríguez Herrera, subdirector de Libertad Digital y gran conocedor de la realidad política británica y norteamericana, dice a menudo que las políticas de moda en España, lo que se vende como una novedad, en realidad no son más que las actualizaciones ibéricas a lo que se hizo en EEUU y Reino Unido cinco años antes. Lo cierto es que, del género al clima pasando por las reclamaciones históricas sobre tal o cual injusticia pasada, casi siempre ha sido así. También la izquierda francesa marca el paso, pero menos. Desde hace décadas, el progresismo en los países anglosajones ha sido el que ha ido introduciendo los debates que "había que tener" en el mundo occidental. Y la izquierda española los ha copiado al pie de la letra.

Cualquiera que lea la prensa británica, incluso periódicos o semanarios reputados como conservadores, podrá comprobar, por ejemplo, lo lejos que ha llegado la doctrina woke en aquel país. O los argumentos climáticos más alarmistas: el Reino Unido lidera desde hace años la carrera anti-emisiones en Europa. ¿Con resistencias? Sí. ¿Con polémica y descontento social, del que hace mucho ruido subterráneo pero no llega a los medios? También. Pero con una implacable máquina política y mediática que ha seguido avanzado sin sentir apenas oposición. Y desde allí, se ha ido extendiendo al resto de Europa. Por ejemplo, normalizando movimientos que en otros países todavía se consideran más o menos estrambóticos, como ese Stop Oil que manda a sus activistas a paralizar carreteras, pegarse a cuadros o interrumpir grandes eventos deportivos. Recordemos que los tories llevan en el poder desde 2010: la política medioambiental británica es conservadora tanto como laborista (si acaso, algún diputado de la oposición quiere ir más allá), antes y después del Brexit.

Por todo esto (por lo que supone de ejemplo para otros países y por el cambio de rumbo en una ruta que parecía intocable), es tan significativo el discurso que esta semana realizó el primer ministro británico, Rishi Sunak: su Gobierno derogará, retrasará u olvidará buena parte de las medidas más polémicas dirigidas a recortar emisiones (aprobadas, anunciadas o en estudio).

Sunak anunció que su Gobierno aplazará cinco años, hasta 2035, la prohibición de la venta de vehículos de gasolina y diésel (y permitiendo después la venta de coches de segunda mano con este tipo de motores). También dará más tiempo a los británicos para cambiar las calderas de gasoil de sus casas por bombas de calor. No obligará a que los propietarios británicos que quieran alquilar su vivienda tengan que acometer obras para cumplir estándares de aislamiento más estrictos (eso iba a ser obligatorio para cualquier vivienda en el mercado a partir de 2028). Permitirá nuevas prospecciones de crudo y gas en el mar del norte. Y eliminará los planes o estudios que pudiera haber para introducir medidas todavía más restrictivas: impuestos a la carne, fomento del coche compartido (en realidad, penalizaciones al conductor solitario), ampliación de las exigencias de reciclaje en el hogar...

Fondo y forma

¿Son tan sustanciales los cambios como para merecer la pomposidad del anuncio? Porque esto no fue planteado medio oculto dentro de un proyecto de ley o en un documento enviado a los parlamentarios para su estudio: Sunak convocó a los medios a una rueda de prensa y dio un discurso dirigido en exclusiva a este tema. Es verdad que, como dicen sus críticos, los anuncios más llamativos (desde el impuesto a la carne a las multas por ir solo en el coche) no son en realidad leyes que estén en marcha, sino iniciativas que se estaban estudiando. Pero incluso así, que Sunak las descartase por completo y que revierta algunas otras que sí forman parte de la legislación ya aprobada supone un cambio radical respecto al camino emprendido en la última década.

Por supuesto, el primer ministro no pasó de la religión climática al ateísmo verde en los 45 minutos que duró su rueda de prensa (aquí el vídeo de la comparecencia y aquí el texto del discurso completo). Por ejemplo, aseguró varias veces que sigue en pie su compromiso de alcanzar las cero emisiones netas (net zero) en 2050: "No voy a dejar lugar a dudas: cumpliremos nuestros acuerdos internacionales, incluidas las fundamentales promesas realizadas en París y Glasgow [en referencia a sendas Cumbres del Clima] para limitar el calentamiento global a 1,5 grados centígrados". En este sentido, aseguró que su país "lidera al mundo" en los compromisos relacionados con la meta net-zero: "Son los objetivos más ambiciosos de cualquier economía avanzada".

Pero en política importa tanto el fondo como la forma. En lo que se refiere a las medidas concretas anunciadas, lo que Sunak planteó, si no es un giro de 180 grados... al menos sí es de 90º (o al menos de 45-60 grados) en lo que ha sido la política británica de la última década. Por ejemplo, en lo que tiene que ver con el acondicionamiento de las viviendas (más incluso que en las cuestiones de movilidad) las medidas sí son relevantes. Numerosos británicos, sobre todo en las zonas rurales, temían la llegada de unas normas que les iban a obligar a acometer cuantiosas reformas para las que, además, sus viviendas podían no estar preparadas: poner una bomba de calor para sustituir a una caldera de gasoil, sin un aislamiento muy bueno, puede hacer que tu casa, en un clima tan humedo, se convierta en una nevera en invierno o puede obligarte a pagar una factura disparatada en electricidad cada mes.

Dicho esto, también es relevante el tono, el mensaje y lo que éste implica. Por primera vez en muchos años, un primer ministro británico pone matices al discurso climático dominante. Y eso ha generado mucho ruido: los mismos que le acusan de fake news, por anunciar la derogación de medidas nunca aprobadas (como el impuesto a la carne o los coches compartidos), llevan años exigiendo que se aprueben esas mismas medidas. Es decir, sí es cierto que no estaban en vigor, pero no lo es menos... que todo el mundo sentía que tarde o temprano llegarían, sobre todo los que más han protestado sus palabras.

Además, es importante porque implica que los conservadores sienten que este cambio de discurso, que tantas críticas va a generar en la prensa londinense, puede hacerles ganar votos en el conjunto del país. Porque Sunak no hace esto porque crea o deje de creer en los mandamientos verdes, sino porque, como cualquier otro político, está haciendo un cálculo electoral y piensa que le sitúa en una posición mejor de cara a los comicios del próximo año. Los tories se miran en el espejo francés y lo que ocurrió allí (y el descontento se mantiene) con el movimiento de los chalecos amarillos. Muchos habitantes del campo británico sienten que ellos son los paganinis de unas medidas que se aprueban en Londres, donde las casas son más modernas o el uso del transporte público no sólo no alarga los desplazamientos sino que a menudo los acorta, sin pensar en cómo se aplicarán o cuánto costarán en pequeños municipios o en zonas rurales.

Además, el discurso de Sunak introdujo un nuevo enfoque: análisis coste-beneficio. Frente a ese mantra de "hay que hacer lo que sea para recortar emisiones", el líder tory planteó objeciones económicas lógicas en cualquier situación: cuánto nos costará y para obtener el qué. Así, se preguntaba si tiene sentido que su país, que emite "menos del 1%" de los gases contaminantes a nivel mundial, haga un esfuerzo tan costoso a día de hoy mientras los grandes emisores (todos los que le escucharon pensaban en China) siguen sin tomar medidas. Y es que, no lo olvidemos, Reino Unido sí está recortando sus emisiones y su consumo de combustibles fósiles (como casi todos los países ricos, por otro lado) desde hace décadas. Mucho antes de que la obsesión climática invadiese nuestras vidas, la tecnología, la búsqueda de le eficiencia y la demanda por costes más reducidos habían llevado a empresas y hogares a reducir su consumo. Por ejemplo, las emisiones de CO2 en el país son ahora la mitad que a comienzos de los años 70, cuando alcanzaron su pico; y el consumo de combustibles fósiles se ha reducido más de un 40% en el mismo período de tiempo.

Porque, en este punto, hay otra advertencia importante que hacer muy relacionada con ese net-zero del que todo el mundo habla: casi siempre, en casi cualquier ámbito, recortar el último 10% es muchísimo más caro que el primer 10%. Porque lo primero que se elimina es lo ineficiente y barato, lo que estaba al límite de rentabilidad, con ley climática y sin ella, lo que estaba a punto de ser descartado por el mercado. Pero cuando uno ha reducido sus emisiones un 70-80% o ha cambiado ya la mayoría de las cosas fáciles... lo que queda es complejo y caro: una industria que necesita una fuente de calor muy intensiva, un transporte que no puede depender de una fuente intermitente, una casa aislada a la que sería muy complejo llevar determinada tecnología, etc. Por eso, por ejemplo, Sunak planteó que sólo el 80% de los hogares cambiasen sus calderas para 2035. Porque, ¿qué efecto real tendría sobre el cambio climático obligar a ese 20% extra a hacer una reforma costosa? Mínimo o inexistente; pero a los perjudicados les costaría mucho.

Al final, la cuestión del cambio climático no tiene que ver sólo con las previsiones sobre las temperaturas. Sino sobre cuánto cuesta qué y qué se conseguiría a cambio. ¿Es perjudicial para el ser humano que la temperatura media del planeta suba un grado extra de aquí a final de siglo? ¿Es seguro que eso ocurrirá si no recortamos emisiones? ¿Con qué grado de certeza? Supongamos que la respuesta es "sí a todo". Pues bien, incluso así habría que preguntarse, ¿cuánto nos costaría adaptarnos en 2100? ¿Cuánto nos costará evitarlo ahora? ¿Cómo de seguros estamos de que tomando tal o cual medida lo lograremos? ¿Las medidas más restrictivas pueden generar efectos de segunda vuelta más peligrosos que los que queremos evitar?

No hay ni una sola respuesta sencilla, a pesar de que eso es lo que intentan que pensemos desde hace años. Sunak, por ejemplo, puso el énfasis en la última cuestión: si se aprueban medidas impopulares, que a corto plazo o en los círculos dirigentes suenan bien pero al ciudadano de a pie no le gustan nada, se corre el riesgo de que haya una reacción desmedida en sentido contrario que termine incluso con las mejores iniciativas. Como ven, no hay nada de negacionista climático en su discurso. En realidad, lo único que hizo el primer ministro fue poner encima de la mesa algunas preguntas interesantes, pero que llevaban fuera del debate político mucho tiempo. ¿Estamos ante un cambio duradero? ¿Una nueva clase política que siente que los vientos de la opinión pública están virando? ¿Engaño temporal para rascar unos cuantos votos rurales en unos meses? Veremos. Pero es evidente que en este punto, el pensamiento único se resquebraja. ¿Será el Reino Unido el anuncio de lo que está por venir también en otros países? Por ejemplo, ¿en España?

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