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Por qué la política industrial está condenada al fracaso tanto en Occidente como en China

Los errores de Pekín están siendo replicados por Washington, pero la experiencia japonesa nos recuerda el fiasco de la política industrial.

Los errores de Pekín están siendo replicados por Washington, pero la experiencia japonesa nos recuerda el fiasco de la política industrial.
La política industrial, condenada al fracaso. | Archivo

La política industrial está condenada al fracaso por la misma razón que la economía planificada. Esta es una de las tesis exploradas en el nuevo libro del afamado economista chino Weiying Zhang, profesor de la Universidad de Pekín. Zhang es ampliamente reconocido como el principal defensor chino de los principios de libre mercado y desempeñó un papel importante en la configuración de las políticas económicas de Deng Xiaoping a finales de los años 80 y 90. Sin embargo, la influencia de las ideas de Zhang ha disminuido en los últimos años a medida que China ha ido adoptando una política industrial más intervencionista.

En su nuevo ensayo, Re-Understanding Entrepreneurship, publicado por Cambridge University Press, Zhang critica tanto la política industrial china como la estadounidense. En su opinión, ambas se han influido mutuamente, dando lugar a una espiral de errores: "en parte como respuesta a las políticas industriales chinas, el gobierno estadounidense también ha aprobado políticas industriales a lo largo de las últimas décadas. Ejemplos de ello son la aprobación legislativa de la CHIPS Act o la Inflation Reduction Act impulsada por el presidente Biden". Europa también va por el mismo camino.

Si los políticos occidentales han llegado a creer que el éxito económico de China depende de la gestión económica estatal y de su política industrial, sin duda se trata de una interpretación errónea. Un documento de trabajo del Foro Económico Mundial publicado hace cinco años puso de manifiesto que "el sector privado chino (…) es ahora el principal motor del crecimiento económico de China".

Los expertos suelen referir la combinación de números 60/70/80/90 para describir la contribución del sector privado a la economía china: aporta el 60% del PIB, desarrolla el 70% de la innovación, genera el 80% del empleo urbano y crea el 90% de los nuevos puestos de trabajo. "La riqueza privada también es responsable del 70% de la inversión y del 90% de las exportaciones", añade el experto. Desde la década de 1980, China ha experimentado un notable avance. En cambio, la política industrial ha dejado muchos y muy pocos éxitos. Según Zhang, los logros del gigante asiático no se han dado gracias a la intervención del Estado en la economía, sino a pesar de ella.

La razón por la que la política industrial fracasa de forma recurrente es la creencia errónea de que los políticos y funcionarios entienden mejor cuáles son las innovaciones más prometedoras que demandarán en un futuro los empresarios y, sobre todo, los consumidores. Según Zhang, es un gran error suponer que los gobiernos pueden predecir correctamente lo que está por venir. Las innovaciones no surgen de la planificación estatal, sino del espíritu empresarial.

Ni los políticos ni siquiera los teóricos de la economía clásica entienden bien el papel del empresario. Las innovaciones no surgen de complejos estudios científicos de mercado, sino del conocimiento implícito (también conocido como la intuición) de los empresarios. Cuando un empresario comete un error, cosa que ocurre con bastante frecuencia, se ve penalizado en el mercado competitivo.

El problema de la política industrial estatal radica en que, si bien puede producir éxitos a corto plazo, acaba fracasando en el largo plazo. Cuando surgen errores, a menudo no se corrigen, y de hecho es común que los políticos acaben por redoblar sus estrategias equivocadas. El economista Ludwig von Mises se refirió a este ciclo de regulación y fracaso como la espiral intervencionista. Zhang resume acertadamente dicho fenómeno cuando afirma que "los funcionarios y los expertos no suelen estar dispuestos a reconocer sus propios errores, porque éstos dejan al descubierto su propia ignorancia. Una forma de ocultar dichos errores es dar más apoyo a los proyectos fallidos. El resultado es la acumulación de un error tras otro".

A menudo sale a la luz el fracaso del enfoque de la política industrial, como ejemplifica el caso de Japón, que antaño fue aclamado como un éxito rotundo o un modelo para países como China y Estados Unidos. Sin embargo, estudios más recientes han demostrado que las veinte industrias japonesas más exitosas apenas recibieron ayudas públicas, mientras que las siete industrias con peor desempeño son las que más apoyo recibieron del Estado.

Los políticos de Estados Unidos y China se inspiran actualmente en las peores políticas del otro, como muestra Zhang. La política industrial estadounidense de Joe Biden "provoca que el gobierno chino sea aún más obstinado en el desarrollo de su política industrial. Así, la política industrial de ambos países se retroalimenta".

Además, cuando la política industrial fracasa, a menudo se oculta mediante un proceso de "autojustificación". Un ejemplo claro es la promoción de los vehículos eléctricos: "si el gobierno utiliza la legislación para prohibir el uso de vehículos de gasolina y sólo permite los vehículos eléctricos para 2030, entonces la eliminación de los vehículos de gasolina será una victoria decisiva de los vehículos eléctricos. Sin embargo, esto no prueba que una política industrial que fomenta los vehículos eléctricos sea correcta".

La acción del Estado bien podría estar eliminando una tecnología con más potencial. Sabemos que el potencial de progreso de los vehículos de gasolina sigue siendo tremendo. Por tanto, el mercado, y no los políticos, debe decidir si prevalecen los motores de combustión, con vehículos más innovadores, o los modelos eléctricos, que deben justificarse compitiendo en el mercado, sin prohibiciones a su competencia ni subsidios masivos.

Es una ironía de la historia que un profesor de economía de la Universidad de Pekín, guiado por las enseñanzas de Ludwig von Mises y Friedrich August von Hayek, sea quien ha acabado explicando de nuevo a Estados Unidos cuáles son los verdaderos principios de la economía capitalista y el espíritu empresarial.

Artículo publicado originalmente en inglés en el diario estadounidense Washington Examiner.

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