Paro

Un cálculo que hay que hacer

No soy económetra, circunstancia que me permite, de algún modo, sentirme aliviado de la responsabilidad de poner tales conocimientos a disposición de la sociedad, en lo que se supone debe ser motivo de prioritario interés para ella. El extraordinario desarrollo de la econometría ha conseguido llevar a expresión cuantitativa los fenómenos económicos más íntimamente relacionados con el actuar de las personas, incluso aquellos que se diría sólo pertenecen al mundo de lo intangible, de lo inmaterial y hasta de lo espiritual.

Pues bien, en nuestro país, está siendo urgente la construcción de un modelo que ofrezca, con rigor científico, la desagregación de las cifras de desempleo y las causas últimas que las producen. Es fácil decir que hay razones estructurales, también que la contracción de los mercados en períodos de crisis económica provoca la expulsión de la actividad a no pocos trabajadores, etc. etc. Siendo todo ello verdad, resulta necesario identificar, con mayor precisión, qué causa y en qué cuantía es origen de una situación de paro, pues, resuelta ésta, se habrá resuelto al menos parcialmente el drama social, que también lo es económico, de la economía española.

Seguir hablando de las causas que figuran en cualquier manual general de economía, es una forma de no querer reconocer, y mucho menos resolver, el problema que aqueja a nuestra sociedad. La crisis y demás circunstancias equivalentes también existen para los países de nuestro entorno más próximo y, a alguno de ellos, le llevamos una ventaja de quince puntos porcentuales en número de parados.

Por ello el cálculo que sugiero, con una metodología muy propia del análisis económico, consiste en hallar el volumen de paro en el que nos encontraríamos, si manteniéndose todo lo demás igual, hubiéramos alterado una de las variables, de forma que la diferencia entre el nivel de paro actual y el que resultara del cálculo se debería únicamente a la existencia de esa variable que hemos alterado.

La alteración del escenario actual consistiría en la supresión de los sindicatos de clase, pues su racionalidad parece inalcanzable, y la sustitución del Ministerio Sindical –el de Don Valeriano Gómez– por un Ministerio de Trabajo –si se considera imprescindible, que yo no lo veo– dispuesto a aplicar lo que convenga a España y no, por principio, limitarse a advertir que no hará la reforma que pretende la CEOE. Una ley económica inapelable es que el empresario no contratará a un trabajador si su coste supera al producto que de su trabajo se espera. ¿Sabe esto don Valeriano? ¿Lo saben los sindicatos?

Estoy convencido de que ese veinte por ciento de paro que sufrimos hoy no sobrepasaría el ocho o nueve por ciento; pero a los económetras dejo la valoración correcta en el cálculo. La diferencia, la que sea, ese diez u once por ciento, ya saben ustedes que se la deben a unos sindicatos y a un Gobierno que duermen en el lecho de la demagogia destructiva.

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