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De cabeza a la recesión

La tan loada austeridad, igual la pública que la privada, nos conduciría primero al estancamiento y, acto seguido, a la depresión. Una paradoja que no resulta tal si se repara en el círculo vicioso que desencadena.

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Ya es oficial: vamos de cabeza hacia otra recesión. Lo acaba de confirmar Luis de Guindos aprovechando el muy breve lapso de impunidad gramática que brinda la virginidad en el cargo. Es sabido, en España, un país siempre pendiente del BOE, hasta las obviedades de Perogrullo requieren del sello y la rúbrica del mando antes de ser admitidas por el común. Cosas que pasan por haber hecho la Revolución Neolítica tarde y mal. Aquí, incluso la célebre ley de Coolidge, según la cual si se despide a mucha gente, sobreviene el paro, sería combatida con ardor –por falaz y criptocomunista– de no contar con el preceptivo aval de la autoridad.

Nada debería extrañar, pues, que expertos y todólogos de guardia hayan estado negando hasta hace cinco minutos lo evidente. A saber, que la tan loada austeridad, igual la pública que la privada, nos conduciría primero al estancamiento y, acto seguido, a la depresión. Una paradoja que no resulta tal si se repara en el círculo vicioso que desencadena. Así, los tajos fiscales mutilan un crecimiento de suyo raquítico. Brote de anemia inducida que conlleva dos consecuencias no menos automáticas. Por un lado, la disminución de los ingresos tributarios del Estado; por otro, el incremento de los gastos asociados a las prestaciones por desempleo. Efectos secundarios ambos que, a su vez, refuerzan aún más el cuadro anoréxico que, poco a poco, se va adueñando del paciente.

Que España, atada hoy de pies y manos a los mercados de deuda, carezca de alternativa distinta no supone motivo para celebrarlo. Si sin embargo se hace, y con gran alborozo, es merced a la secularización de un dogma de la escatología católica: la redención del pecado por la penitencia. De ahí la pía fe del carbonero que retrata a los creyentes en la austeridad. Una devoción laica que, por lo demás, apenas exige un único requisito a sus feligreses: ignorar la historia económica del Occidente capitalista a lo largo de los últimos doscientos años. Desconocer, por ejemplo, que hacia 1873, en los idílicos tiempos del patrón oro, la ausencia de bancos centrales y el Estado liliputiense, estalló una recesión mundial que se extendería durante...veintitrés años. La misma que pudiera estar reeditándose ante nuestras austeras narices.

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