Rich Tucker

Los Juegos Olímpicos muestran el valor de la competencia

En su nuevo y excelente libro, The Dream Team, Jack McCallum cuenta la historia del equipo olímpico de baloncesto de Estados Unidos en 1992. Eran los primeros Juegos Olímpicos en los que se permitía tomar parte a los jugadores profesionales americanos (otros atletas habían sido semiprofesionales durante muchos años, recuérdese que el mismo grupo de jugadores de hockey soviéticos aparecía cada cuatro años).

El plantel de figuras de la NBA hizo de los Juegos Olímpicos del 92 más una coronación que una competición. El Dream Team encadenó una serie de victorias de dos dígitos. Los otros jugadores, sabiendo que eran inferiores, a menudo buscaban los autógrafos de los miembros del equipo americano antes de saltar a la cancha.

La competición pareció injusta en aquel momento, todo parecía hecho simplemente para resaltar cuán superiores eran los mejores jugadores de baloncesto americanos respecto a los mejores jugadores del resto del mundo. Sin embargo, una competición tan abierta en realidad ayudó al resto del mundo a subir el nivel de su juego.

"Jugar con ellos era como una misión imposible", comentó a McCallum uno de los jugadores españoles del 92, ahora entrenador en su país. "Pero era una buena misión. Todo el mundo del baloncesto estaba esperando esto porque los jugadores, si son serios, quieren jugar contra los mejores sin importarles el resultado. Sólo jugando con los mejores se puede uno convertir en el mejor".

De hecho, muchas de las estrellas de la NBA de hoy en día (incluidos los extranjeros Dirk Nowitzki, Tim Duncan y Steve Nash) se inspiraron para dedicarse a anotar canastas mientras veían al Dream Team.

Y el resto del mundo se puso a su nivel con bastante rapidez, comenta McCallum. En el plazo de una década los profesionales americanos estaban perdiendo en las competiciones internacionales. De hecho, el equipo olímpico de Estados Unidos de 2004 se tuvo que conformar con el bronce.

También en economía

La economía funciona del mismo modo. La competición tiende a hacer que los demás mejoren. Y ningún país ni ninguna compañía pueden mantener su ventaja indefinidamente. El libre comercio y la competición abierta ayudan a que los más pobres se centren en las cosas que pueden hacer bien y eleven sus estándares de vida. Y eso es exactamente lo que ha estado sucediendo, con el liderazgo americano, durante varias décadas.

En su libro The World America Made (El mundo que Estados Unidos hizo), Robert Kagan, escribe que en la década de 1950, había alrededor de mil millones de personas ricas y cinco mil millones de pobres. "A comienzos del siglo XXI, cuatro mil millones de esos pobres han comenzado a salir de la pobreza. Este período de prosperidad mundial ha beneficiado a una enorme cantidad de los pobres del mundo y ha producido crecientes potencias económicas como China, Brasil, Turquía, India y Sudáfrica, en partes del mundo que había conocido mayormente la pobreza".

En otras palabras, el resto del mundo está alcanzando económicamente a Estados Unidos y eso está mejorando la vida de miles de millones de personas.

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