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El primer enemigo de Trump es Alemania

El conflicto está servido. Solo hemos visto el principio.

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Estados Unidos, como todos los imperios que en el mundo han sido, tiene y tendrá siempre multitud de adversarios. Pero sus enemigos genuinos desde la llegada de la era Trump están llamados a ser dos y solo dos: China y… Alemania. Y es que, al igual que existen los Estados gamberros aficionados a jugar por su cuenta con las bombas nucleares, verbigracia Corea del Norte, también existen los gamberros económicos que provocan desajustes de los equilibrios globales con sus egoísmos particularistas. Así, la obsesiva fijación con el objetivo del déficit del tres por ciento se ha convertido en una suerte de religión laica (algún día habrá que explicar el oscuro origen francés de ese listón tan arbitrario como gratuito que ninguna ley conocida de la economía prescribe ni como necesario ni tan siquiera como deseable). Pero, al mismo tiempo, se pasan por alto los sistemáticos y escandalosos superávits por cuenta corriente en los que, año sí y año también, incurre Alemania. Merkel tiene ahora mismo el superávit comercial más grande del mundo entero, un 9% de su PIB. Y eso supone una losa permanente sobre las cabezas de los países del sur de la Zona Euro, que se ven obligados a bajar sus salarios para tratar de ser competitivos. De ahí, por cierto, la llamada reforma laboral.

La tesis al respecto del principal asesor económico de Trump, Peter Navarro, es que Alemania simplemente explota a sus socios. Algo, por lo demás, cierto. A fin de cuentas, no se da ningún impedimento objetivo, salvo el egoísmo nacionalista, para que Alemania no compense ese desmedido superávit de su sector privado con un déficit público paralelo que tire de su demanda interna, lo que ayudaría a aumentar las exportaciones de los países endeudados del Mediterráneo. Pero, simplemente, no quiere hacerlo. En cualquier caso, que Alemania se dedique a exprimir a sus socios dentro de la UE es algo que a Estados Unidos le resulta indiferente. Lo que ya no le resulta tan indiferente, en cambio, es que ese mismo neomercantilismo apenas velado que practica Berlín le haya acabado causando problemas al otro lado del Atlántico. Solo en 2015, el euro perdió un 12% de su valor frente al dólar norteamericano. Y eso sí les afecta, y mucho. En el fondo, lo que hay detrás de la inopinada alianza estratégica de la Casa Blanca con Moscú es ese 12%. Alemania, sostienen los economistas de Trump, está, al igual que China, jugando sucio con la moneda, algo que se traduce en quebrantos inmediatos para las exportaciones norteamericanas a esos dos grandes mercados.

Estados Unidos, que contra lo que se suele creer es uno de los lugares más reglamentistas del mundo, dispone de una ley aprobada por el Congreso que fija cuatro condiciones muy precisas para establecer si cualquier otro país está practicando el gamberrismo económico con ellos, esto es, para determinar de modo objetivo si se contravienen los principios del libre comercio. Y, según Trump y su gente, Alemania resulta que cumple las cuatro. Primero, debe tratarse de un socio comercial importante de Estados Unidos (con un volumen de intercambios superior a 55.000 millones de dólares). Segundo, ese país debe mantener un superávit comercial frente a Estados Unidos superior a los 20.000 millones de dólares. Tercero, debe tratarse de un país con un saldo positivo en su balanza por cuenta corriente superior al 3% del PIB. Y cuarto, el país en cuestión debe intervenir de modo permanente y unilateral en los mercados de divisas para así mantener subvalorada de forma artificial su divisa. Y ese es el clavo ardiendo al que se aferra Berlín para defender su inocencia. El euro, sostienen, no depende de ellos sino del BCE, un órgano ajeno a su soberanía y presidido por un italiano. Bueno, una verdad a medias. Ocurre que los tipos de interés próximos a cero del BCE, amén de sus compras de deuda simultáneas, deprecian el euro. Y el euro depreciado castiga a la industria americana. Pero Alemania tiene que tolerar esos tipos próximos a cero que permiten respirar un poco a España, Francia e Italia porque la alternativa, los estímulos fiscales de los que no quieren ni oír hablar, le saldría muchísimo más cara. Dicho de otro modo: cuanto haga Alemania para intentar que no se acabe desintegrando la Eurozona afectará a las exportaciones norteamericanas hacia la UE. Por eso el conflicto con Trump está servido. Solo hemos visto el principio.

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