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¿Qué le pasa a Japón?

En Japón lo han intentado absolutamente todo para salir del estancamiento, y con idéntico resultado: ninguno.

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Japón, ese estancamiento suyo que empezó hace nada menos que cinco lustros y que ya va camino de eternizarse, constituye la prueba del nueve de que esta, mucho más que una crisis económica global, es una crisis de ideas no menos global. En Japón lo han intentado absolutamente todo y con idéntico resultado: ninguno. Haciendo alarde de una honestidad intelectual impensable en un país latino, España sin ir más lejos, Robert Skidelsky, el principal biógrafo de Keynes, escribió hace poco que nadie sabe en realidad qué está sucediendo en la economía mundial. Los responsables políticos, continuaba Skidelsky, no saben qué hacer. Accionan las palancas habituales y no pasa nada. Adoptan audaces medidas heterodoxas nunca antes vistas, verbigracia la célebre flexibilización cuantitativa, y tampoco ocurre nada digno de mención. ¿Estamos saliendo del colapso de 2008 o, por el contrario, continuamos atrapados en algo parecido a un estado estacionario crónico? ¿La globalización no ha hecho más que empezar o anda a punto de emitir su particular canto del cisne? No se sabe.

Se suponía que aumentar de forma exponencial la cantidad de dinero que emiten los bancos centrales, tal como han hecho la FED, el BCE y el Banco de Japón, nos abocaría de modo inevitable a la inflación, pero no se la ha visto por ningún lado. Se suponía que la llamada austeridad, pese a todo el sufrimiento que ha provocado entre la población, iba a traer el efecto benéfico de que se recuperase la confianza empresarial, pero tampoco ha habido tal cosa. La economía, simplemente, está fuera de control. Y Japón encarna el gran laboratorio experimental llamado a certificar la definitiva impotencia del paradigma dominante para explicar la realidad. Entre 1950 y 1973 la economía japonesa fue un bólido imparable: el país crecía a un promedio anual del 11%, una velocidad de crucero que ni siquiera la China contemporánea ha sido capaz de igualar. Pero, de repente, aquella máquina prodigiosa se detuvo en seco. Fue en 1990. Desde aquel entonces el PIB japonés, para asombro y perplejidad del mundo entero, adoptó la expresión gráfica de un encefalograma plano, en el entorno del 0% año tras año. ¿Por qué? No se sabe.

Lo que sí se sabe es que la crisis general de 2008 no supuso para ellos novedad ninguna. Si antes crecían al borde mismo del 0%, desde aquel 2008 lo hacen en promedio a un 0,22%. Sin novedad en el frente, pues. Y eso probándolo todo. Porque todo lo han intentado con tal de tratar de salir de ese pozo. Lo último ha sido esa extravagante sopa menestra a base de doctrinas contrapuestas que la prensa ha dado en llamar Abenomics. En la desesperación por la falta de resultados, el Gobierno de Japón se lanzó a una política que mezcla de modo algo estrafalario elementos keynesianos con medidas típicamente neoliberales, sazonándolo todo ello con otras recetas extraídas de la economía de la oferta, la escuela del famoso Laffer. Así, Japón fue por delante de Estados Unidos y Europa a la hora de implantar los tipos de interés cero o directamente negativos para intentar que despegara el consumo. Pero el consumo no despegó. Al tiempo, se volcaron en un ambicioso programa de gasto público en infraestructuras para tratar de compensar la ausencia de inversión privada. Tampoco funcionó, salvo para que el déficit estatal se disparase. Y la tercera pata de ese extraño híbrido, las reducciones de impuestos a los ricos y a las corporaciones empresariales, amén de la preceptiva reforma laboral que ha desprovisto de la antigua protección a los nuevos asalariados, de idéntico modo se ha revelado inane a efectos de propiciar el crecimiento. ¿Por qué? Nadie lo sabe.

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