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Manuel Llamas

El ejemplo báltico

En esencia, los bálticos desmantelaron parcialmente o, al menos, reformaron en profundidad el mal llamado Estado del Bienestar. Mientras, el sector privado aceptó con resignación la inevitable reducción de sueldos y precios.

Manuel Llamas
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Mientras Grecia sigue en el quirófano con respiración asistida, la crisis de deuda se recrudece en el seno de la Unión Monetaria al tiempo que otros países –Portugal, España o Italia– aguardan su turno en la sala de espera. Los burócratas de Bruselas se siguen devanando los sesos tratando de encontrar la solución definitiva a tal desaguisado: ¿eurobonos, monetización, suspensión de pagos?

Resulta sorprendente que a estas alturas nadie haya reparado en el éxito cosechado por otros gobiernos a la hora de afrontar problemas de similar naturaleza a los que ahora sufren con virulencia varios estados de la zona euro. Y eso que el camino correcto a seguir no se encuentra muy lejos... Ni más ni menos que a las puertas de Europa. Los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) son un ejemplo de éxito, tal y como avanzamos en estas mismas páginas.

Al inicio de la crisis financiera internacional, estas economías se vieron fuertemente sacudidas por la tormenta como resultado de su abultado déficit exterior que, a su vez, fue causado por el auge crediticio previo que tuvo lugar en la UE entre 2002 y 2007. Su actividad económica se frenó de forma abrupta y sus respectivos sistemas financieros pendieron de un hilo. Sin embargo, estos estados, lejos de poner en marcha las tradicionales recetas de estímulo monetario y fiscal, se apretaron el cinturón, afrontando así el necesario ajuste de cara y sin vacilar.

El PIB de Estonia se derrumbó un 14% en 2009; el de Lituania casi un 15%; y el de Letonia más de un 20% entre 2008 y 2009. Un ajuste, simplemente, brutal. ¿Y qué hicieron sus políticos? Curiosamente, aunque contaban con autonomía monetaria (moneda propia), mantuvieron un tipo de cambio fijo frente al euro, de modo que el ajuste se produjo vía devaluación interna (austeridad pública, recorte de salarios y precios, y profundas reformas para liberalizar aún más la economía).

Dos años después del inicio de la crisis, vuelven a crecer a velocidad e crucero. Según las últimas previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI), Estonia, que el pasado enero ingresó en el euro, crecerá un 6,5% este año y un 4% en 2012; Lituania un 6% y un 3,4%; y Letonia un 4% y un 3%, respectivamente. Los países bálticos registrarán los avances más destacados del PIB de toda Europa este año y el próximo.

Los primeros ministros de Estonia y Letonia explicaban el pasado julio las claves de su indudable éxito, permitiéndose así el privilegio de dar lecciones a la maltrecha Grecia: "Hay que reducir el gasto público, hacer reformas estructurales y crear un sistema tributario muy eficiente". Además, "es mejor no prolongar la consolidación presupuestaria durante un largo período de tiempo". Los bálticos redujeron pensiones y sueldos públicos hasta un 20% en los primeros compases de la crisis, eliminaron organismos y empresas públicas y recortaron de forma drástica el presupuesto. En esencia, desmantelaron parcialmente o, al menos, reformaron en profundidad el mal llamado Estado del Bienestar. Mientras, el sector privado aceptó con resignación la inevitable reducción de sueldos y precios (devaluación interna).

La diferencia entre estos países y Grecia u otros estados europeos radica en que su dramática historia de posguerra ha moldeado la actitud de sus habitantes y políticos. Tras décadas bajo el yugo comunista, las repúblicas bálticas no dudaron en abrazar la libertad y, por tanto, la economía de mercado mediante la puesta en marcha de ambiciosas reformas liberalizadoras, cuyo máximo exponente es Estonia. Todo ello les sirvió para convertirse en economías emergentes con gran potencial de crecimiento.

Cuando llegó la crisis, sus gobiernos no desistieron y lejos de dar marcha atrás continuaron con la senda emprendida, con mayor fuerza y convicción si cabe. La población de estos países aceptó el sacrificio que implica los recortes salariales, el alto nivel de desempleo, la brusca caída del PIB y la necesaria austeridad pública. La oposición a estos ajustes fue mínima gracias, entre otros motivos, a que el poder de los sindicatos es residual y a que mucha gente joven, profesionales bien educados en su mayoría, apoyaron las reformas. Sabían que la austeridad les conduciría a la prosperidad.

Y así ha sido. La apertura y flexibilidad de sus pequeñas economías les permitieron adaptarse con rapidez a las exigencias de la crisis. Ahora, tras los desplomes del PIB registrados en 2008 y 2009, vuelven a crecer con fuerza a tasas muy superiores al del resto de países europeos, sus respectivas tasas de paro descienden con rapidez al tiempo que siguen bajando sus niveles de déficit público -Estonia registra superávit desde 2010-. Así pues, unos ya han salido del quirófano e incluso de la posterior rehabilitación, mientras que otros se mantienen en planta a la espera de ser intervenidos tras negar durante demasiado tiempo su enfermedad.

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