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El liberalismo económico compatible con el cristianismo

Con la afirmación sin más: “el Vaticano condena el liberalismo económico”, no se estaría haciendo honor a la verdad…

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El Consejo Pontificio Justicia y Paz, ha emitido un documento firmado por su presidente, el cardenal Peter K. A. Turkson, en el cual censura la libertad de mercado, o liberalismo económico, que esté "libre de reglas y de controles". Lo que no es lo mismo que criticar el liberalismo económico "a secas". Y es que tanto por liberalismo como por liberalismo económico se debe entender hoy, teniendo en cuenta su recorrido histórico (en el que habría que incluir las referencias al mismo que hace el propio Magisterio de la Iglesia), no un concepto unívoco, sino uno que encierra diferentes acepciones. Decía Benedicto XVI en el prefacio al libro del filósofo agnóstico y liberal Marcello Pera, "Por qué debemos considerarnos cristianos. Un alegato liberal":

El énfasis en la idea de la libertad humana, que caracteriza al pensamiento liberal, presupone la idea del hombre como imagen cristiana de Dios, cuya consecuencia es precisamente la libertad del hombre [...] Al tema de la relación del liberalismo con el cristianismo pertenecen también las reflexiones acerca de la crisis ética. En efecto, Pera muestra cómo la ética liberal está íntimamente emparentada con la doctrina cristiana del bien y cómo ambas pueden y deben vincularse entre sí en la lucha por el hombre.

Estas palabras sintetizan la cuestión clave del liberalismo como doctrina en esencia filosófica, que tiene su raíz en la libertad humana, y que no es otra que: "¿Qué entendemos por libertad?". Si por libertad entendemos un mero hacer en cada momento lo que nos venga en gana sin ningún freno, es decir, sin hacer un uso moralmente responsable de nuestro libre albedrío, que es consustancial a nuestra naturaleza, evidentemente, las acciones derivadas de esa concepción de libertad no pueden ser más contrarias al Magisterio de la Iglesia. Por el contrario, la Iglesia ha ensalzado siempre el respeto a la auténtica libertad en todo ámbito de proyección humana (también en el económico, pues la libertad no es un concepto divisible como presupuesto del actuar humano), y que no es otra que la que incluye intrínsecamente la responsabilidad, tanto en su dimensión personal como social, o lo que es lo mismo, aquella libertad que tiene como fin último el bien común. De ahí que en el citado documento emitido este pasado lunes por el Vaticano a través de uno de sus organismos, se cite en numerosas ocasiones como principio permanente de la Doctrina Social de la Iglesia, el principio del bien común. Pero, junto a este principio, el documento alude también al principio de solidaridad y al de subsidiariedad, como dos principios que deben estar correlacionados, como así establece Benedicto XVI en su última encíclica, Caritas in veritate, en el nº 58:

el principio de subsidiaridad debe mantenerse íntimamente unido al principio de la solidaridad, y viceversa, porque así como la subsidiaridad sin la solidaridad desemboca en el particularismo social, también es cierto que la solidaridad sin la subsidiaridad acabaría en el asistencialismo que humilla al necesitado.

Efectivamente, una economía libre "sin reglas y controles", o lo que es lo mismo, sin una regulación jurídica que le sirva de marco de referencia con la que se pueda garantizar el ejercicio moral y responsable de las actividades económicas, acaba convirtiéndose en anarquía, y consiguientemente, en fuertes desequilibrios económicos y sociales que hacen peligrar el "desarrollo humano de todos los hombres y de todo el hombre" (se entiende su desarrollo integral: que abarque tanto su dimensión material como espiritual); y a la postre, también hacen peligrar la paz. Y sobre esto último insistía especialmente Pablo VI en su encíclica Populorum progressio. De este mal procedente de un liberalismo exacerbadamente individualista y carente de sensibilidad hacia los demás, se hacía ya eco la encíclica Rerum Novarum de León XIII, primera encíclica social, así como también la encíclica Quadragesimo Anno de Pío XI. En esta última con la advertencia de que a una "dictadura económica" de los más fuertes y poderosos respecto a los más débiles y desfavorecidos conducía finalmente la aplicación de un liberalismo individualista en extremo (nº 105 y ss.), y que también sucesivos Papas hasta el actual, han denunciado en numerosas ocasiones. En concreto, Juan Pablo II en la encíclica Centesimus annus, nº 42, hacía una clara diferenciación entre un liberalismo económico ("economía libre o de mercado") rotundamente rechazable para el bien del hombre, y el que resulta incluso deseable para lograr el desarrollo, por su urgente necesidad, en los países del Tercer Mundo:

Si por "capitalismo" se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de "economía de empresa", "economía de mercado", o simplemente de "economía libre". Pero si por "capitalismo" se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.

En definitiva, creo que con la afirmación sin más: "el Vaticano condena el liberalismo económico", no se estaría haciendo honor a la verdad...

Marta Pérez-Cameselle García es doctora en Economía.

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