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Pablo Molina

Católico y liberal, a pesar de Bergoglio

Desde que el cardenal Bergoglio tomó posesión de la silla de Pedro, ser liberal y católico es una putada.

Pablo Molina
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Desde que el cardenal Bergoglio tomó posesión de la silla de Pedro, ser liberal y católico es una putada.

Desde que el cardenal Bergoglio tomó posesión de la silla de Pedro, ser liberal y católico es una putada. Nunca ha sido fácil, claro, pero con el papa Francisco va a ser una tarea cada vez más complicada, porque mientras los curas marxistas hacen proselitismo de sus ideas en plena comunión con la Santa Sede, los que creemos en la libertad del individuo como motor esencial del progreso de la sociedad y rechazamos el despotismo estatista por sus efectos dramáticos en lo económico, lo político y lo social estamos probablemente rozando la excomunión.

El papa Francisco ya había ofrecido algunas pistas acerca de sus líneas maestras de pensamiento cuando ostentaba el Arzobispado de Buenos Aires, pero su primera exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, permite despejar cualquier duda sobre lo que opina de las ideas centrales que integran la filosofía liberal. El Papa denuncia a heresiarcas que "todavía defienden las teorías del derrame, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo", una aseveración que, según Francisco, "jamás ha sido confirmada por los hechos". Sin embargo, si algo demuestra la Historia es que son precisamente los sistemas basados en el respeto a la libertad individual y a la libre interacción social de los agentes económicos los que han sacado a la humanidad de la barbarie, la han hecho progresar y han permitido un salto gigantesco en el bienestar de todos los ciudadanos, católicos o no. Ahí tiene Su Santidad los resultados sociales que producen el capitalismo y el socialismo en los países en que uno y otro sistema han sido aplicados, sin necesidad de recurrir a la fe, sino a la mera constatación de los hechos.

Se argumentará que la crítica de Francisco se circunscribe a "los excesos del sistema capitalista", basados en la explotación, el robo y las ventajas obtenidas a través del favor del los poderosos, pero eso es precisamente lo que promueve el socialismo, no la libertad de mercado objeto de su crítica. Las injerencias abrumadoras de los poderes políticos, tan encumbrados por el Papa como solución de los males económicos del planeta, están en el origen de esta crisis sistémica que ahora padecemos, con la alteración arbitraria del precio del dinero como causa principal de la catástrofe. Francisco pretende que los gobiernos ejerzan un control (todavía) más férreo de las finanzas para repartir la riqueza de los más industriosos a través de mandatos coactivos, no gracias a la generosidad individual, como siempre había enseñado la Iglesia (algo que ha llenado de alegría a sus enemigos más encarnizados), pero él sabrá, que para eso es el Papa.

Nunca he tenido el menor conflicto en confesarme liberal y católico y así va a seguir siendo. Cuando los Papas hablan de cuestiones de Fe sigo a pies juntillas sus mandatos, pero si se dedican a despotricar contra las ideas que profeso en materia política o económica les presto la misma atención que a cualquier otro progresista. Cero patatero.

En todo caso, tener un Papa socialista no es una desgracia. Al contrario, los católicos liberales damos gracias al Altísimo porque pontífices así nos hacen crecer en la fe cristiana a través de la mortificación. Con Bergoglio estamos más cerca de alcanzar la santidad.

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