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Por qué el mercado laboral español se ha convertido en una ratonera para jóvenes

No nos engañemos, si no hay cambios la normativa seguirá siendo una trampa para recién llegados y temporales de la que tendrán muy complicado escapar.

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Los jóvenes españoles se ven penalizados por una legislación rígida y poco adaptada a las necesidades reales del mercado. | Pixabay/CC/Free-Photos

Dice Eurostat que la tasa de paro juvenil (de 15 a 29 años) en España estaba al final de 2016 en el 32,7%. Sólo Macedonia y Grecia nos superan en toda Europa. En Islandia es del 5,4%, en Alemania del 5,6% y en Suiza del 6,2%.

La OCDE, por su parte, asegura que el porcentaje de españoles de entre 25 y 34 años que no ha alcanzado un título de educación secundaria superior (el mínimo que los estándares internacionales consideran adecuado para acceder al mercado laboral) es del 35%. Dentro de los países de la OCDE, en esta ocasión son México (53%) y Turquía (45%) los que están por encima. Mientras, en Corea del Sur es el 2%, en Eslovenia el 6% y en Suiza (otra vez) el 9%.

Con todo lo que se habla de paro juvenil o fracaso escolar, es extraño lo poco que se suelen emparejar ambas cuestiones. Y la falta de explicaciones coherentes a ambos fenómenos. A veces parece como si los jóvenes españoles estuvieran desempleados porque hay una especie de conspiración en su contra (no se sabe muy bien de quién, quizás de los empresarios). O se recurre a las explicaciones del tipo "esta juventud ya no es como las de antes, es que el instagram les tiene comida la cabeza"… Vamos, que uno llega a la conclusión de que o somos muy malvados los adultos españoles o es que son muy tontos y vagos en las nuevas generaciones.

Lo que nunca me aclara nadie es por qué los empresarios y adultos suizos (que en teoría también deberían preocuparse sólo del beneficio y el dinero) no son tan malvados como los nuestros y dejan que sus veinteañeros tomen su porción de la tarta y les pagan muy buenos sueldos por su trabajo. Y tampoco encuentro explicación a por qué los jóvenes helvéticos (que también tienen redes sociales y se pasan el día mirando el móvil) se ponen todos a trabajar responsablemente y a ganar dinero a los 16 años.

Además, en países como Suiza, Alemania, Austria u Holanda, con un desempleo juvenil 3 ó 4 veces inferior al español, los hijos de los inmigrantes que llegaron desde nuestro país en los años 60 y 70 también encuentran trabajo y se gradúan con normalidad. Vamos, que también me falla la explicación cultural.

La ratonera

Y es que el problema es normativo. La legislación laboral (y la educativa) en nuestro país no nos deja muchas más opciones. Sí, hay sitios donde las cosas se hacen un poco mejor (por ejemplo, País Vasco, Navarra o Madrid) y en los que el desempleo juvenil y la transición escuela-trabajo es algo más parecida a la de esos países que miramos con envidia. Pero no nos engañemos, mientras mantengamos el actual modelo, el mercado laboral seguirá siendo una ratonera de tres cepos para jóvenes de la que es muy complicado escapar:

1 - Poco que ofrecer: todo comienza en la escuela, el instituto, el centro de FP o la universidad. El sistema educativo español está a años luz del mercado laboral. Lo que se enseña en las aulas no sirve. No es lo que buscan las empresas. Y los alumnos lo saben. Por eso se preguntan constantemente si merece la pena seguir estudiando. Dejar las aulas en cuanto acaban la ESO, una opción muy minoritaria en otros países, es la alternativa escogida por el 35% de los adolescentes españoles.

Pero es que incluso los que llegan al mercado, lo hacen con muy poco que ofrecer en su mochila. Sacarse un título (esto es así incluso en la mayoría de las carreras universitarias) se interpreta en las empresas más como un certificado de constancia y responsabilidad que de conocimientos.

Hace unos días explicábamos en Libre Mercado el fracaso de la formación profesional en España, especialmente en ese modelo que se denomina FP Dual y que permite que los jóvenes se integren al mercado laboral, compaginando estudios y empleo, y con una conexión directa entre la empresa y el instituto (lo normal es que los programas académicos, las calificaciones y las condiciones se diseñen de forma conjunta). Una opción que en muchos países es mayoritaria, en nuestro país se ha quedado en apenas un eslogan y unos pocos programas piloto.

Imaginen a un joven suizo que con 16 años comienza a compaginar un empleo con sus últimos años de instituto. Que se gradúa con un título técnico que las empresas no sólo reconocen como oficial, sino que han contribuido a diseñar. Y que con 20-22 años es independiente económicamente y sale al mercado laboral con una experiencia de 4-5 años reales de trabajo, con todo lo que ese comporta.

Ahora imaginen a ese mismo joven en España con 22 años... Pues eso.

Y cuidado, este fracaso de la FP a la hora de ofrecer oportunidades es particularmente dañino para las familias de ingresos medios-bajos que es donde las estadísticas nos dicen que se concentran los jóvenes no universitarios y los que abandonan las aulas. Hablamos de cientos de miles de adolescentes que cada año dejan el instituto tras la ESO porque no le ven sentido a seguir con sus estudios. Chicos que están interesados en las ramas técnicas y que podrían aprovechar sus aficiones y conocimientos pero que se acaban lanzando al mercado laboral sin red y sin recursos.

2 – Al callejón de la temporalidad: al menos alguien podría pensar que una vez que estos chicos encuentran un empleo pasan a estar en igualdad de condiciones que el resto de trabajadores y que, con esfuerzo y entrega puedan labrarse un futuro. Pues tampoco. De nuevo, la legislación les ha tendido una trampa. En esta ocasión, la de la temporalidad.

Y no es por maldad de los empresarios. Es que es la única forma que tienen de obtener flexibilidad. Una empresa está sometida, como cualquier tarea humana, a la incertidumbre. Uno no sabe si mañana se le va a caer una línea de negocio completa, si se va a arruinar el cliente más importante o si va a tener que cambiar por completo un producto. Lo que sí sabe el empresario español es que las leyes le atan las manos. Que no podrá hacer nada si un imprevisto ocurre. Y que tener una parte de la plantilla con contrato temporal es la única forma de poder ajustarse ante una de estas circunstancias (y no, prohibir los contratos temporales y dejar el resto tal cual están no soluciona el problema, en realidad podría agravarlo, porque se contrataría menos).

El ejemplo de lo ocurrido en España entre 2008 y 2012 es muy significativo: aunque los temporales eran el 30% del total de la fuerza laboral (algo más de 5’5 millones de un total de 16,3 millones de asalariados en 2016) fueron los que soportaron todo el coste del ajuste. La destrucción de empleo se cebó fundamentalmente en este colectivo. Sí, el número de contratos fijos también ha caído desde su máximo, pero mucho menos que el de temporales. Y lo mismo puede decirse de los sueldos.

Además, el callejón de la temporalidad es muy peligroso por otras muchas razones. Para empezar, porque nadie se gastará mucho dinero en formar a un temporal y será más complicado que le promocionen o le den más responsabilidades. Recordemos en este punto lo que decíamos en el anterior epígrafe: muchos de esos jóvenes llegan con una formación muy poco valiosa al mercado. Si la empresa no cubre esos huecos (y no siempre lo hace y menos con temporales) el agujero se va agrandando según pasa el tiempo. De empleo temporal en empleo temporal, lo que ocurre es que se acaban perdiendo habilidades y conocimientos.

La situación del trabajador y sus incentivos no son mucho mejores. De hecho, lo normal es que pierda buena parte de los estímulos a mejorar, aprender o integrarse en un empleo del que sabe que saldrá a los dos o tres meses. Las estadísticas dicen que incluso en el mismo puesto, los temporales son menos productivos y cobran menos que los fijos (algo que, además, se arrastrará durante años, incluso cuando uno consiga el ansiado empleo fijo). Otra carga que recae fundamentalmente en los jóvenes.

En los últimos días se ha conocido que Fátima Báñez quiere aprobar cambios en todas estas cuestiones antes de que acabe el año. Su objetivo es reducir la temporalidad y, para lograrlo, está preparando varias medidas. Las dos más destacadas serían la aprobación de un nuevo contrato temporal con indemnización creciente (similar a lo pactado con Ciudadanos en el acuerdo de legislatura) y un bonus-malus que multaría a las empresas con una elevada temporalidad y premiaría a las que firmen más contratos fijos.

3 - ¿Meritocracia? Por último, la trampa de la temporalidad acaba por tener una consecuencia imprevista, no siempre denunciada, pero terrible tanto para el que la sufre como para la economía española en su conjunto. Y es que supone el fin de la meritocracia.

En un mercado laboral digno de tal nombre (y el español ni es un mercado ni es laboral en el sentido que debería) las decisiones de empresas y trabajadores se toman en función de criterios normales de negocio, que todos podemos imaginar. Desde las contrataciones a los ascensos, los cambios de puesto de trabajo o los despidos (si se llega a esta situación), la lógica que mueve a los agentes implicados es la de la racionalidad económica. El empresario se pregunta quién se merece más este ascenso, esta subida de sueldo o este despido. Y el trabajador se pregunta si quiere o no aceptar esa oferta que le han hecho en esa otra empresa.

No en España. Aquí, el coste del despido y las restricciones de la legislación lo dominan todo. Cuando el empresario va a tomar una decisión (y no pensemos sólo en el despido, puede ser si cambiar una línea de negocio y apostar por un nuevo producto al que le ve potencial) lo primero en lo que piensa es en los costes que le acarreará y los riesgos normativos en los que incurre. Y no hablamos sólo de temporales vs fijos, como si todas las decisiones enfrentaran a unos y otros. Podemos pensar en una situación clásica, ese empleado temporal o becario que durante seis meses ha funcionado bien y con el que están contentos en su departamento... pero al que no se renueva porque el coste de hacerlo es excesivo y a cambio se acaba contratando a otro becario al que hay que volver a formar de nuevo. Mientras tanto, el trabajador indefinido con una buena oferta laboral se pregunta si le sale rentable cambiar de empresa y perder la indemnización por despido que ha acumulado.

¿Y saben quién sale perdiendo cuando esos factores externos al negocio entran en juego? Pues sí, la cadena se vuelve a romper por el eslabón más débil, el del recién llegado que tiene un contrato temporal (por cierto, siempre he estado convencido de que detrás del boom electoral de Podemos entre el electorado joven está este funcionamiento absurdo e injusto del mercado laboral español). Una economía en la que las decisiones no se toman pensando en quién es más productivo, sino quién tiene qué tipo de contrato… es una economía que no puede funcionar.

En Libre Mercado

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