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Así miente la izquierda radical para justificar la violencia que sufre Chile

Pese a la propaganda, el país americano tiene menos pobreza, menos desigualdad y más movilidad social.

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Pese a la propaganda, el país americano tiene menos pobreza, menos desigualdad y más movilidad social.
Violentas marchas antisistema contra el exitoso modelo liberal chileno | EFE

Arde Chile, pero la izquierda política y mediática más radical ha decidido justificar los graves disturbios como una protesta legítima frente al gobierno y, especialmente, el modelo liberal imperante en el país americano. La desigualdad, dicen, es el motivo central por el que la violencia sería comprensible e incluso justificable.

Se repite, pues, el triste patrón de desestabilización extrema en las calles que ya hemos observado este mismo año en otros países. Ocurrió primero en Francia, con la legitimación de los chalecos amarillos por parte de numerosos actores. Sin embargo, el mundo hispano ha protagonizado los episodios que siguieron. Todo empezó este mismo octubre en Ecuador, especialmente en Quito, donde la violencia antisistema se vio justificada por aquellos que decían que ciertos movimientos indígenas tenían derecho a oponerse de forma salvaje a un paquete de medidas orientado a frenar la sangría fiscal del país andino. Luego llegaron las turbas separatistas que tomaron Cataluña durante una semana, protestando contra la sentencia del Tribunal Supremo que confirma la sedición cometida por los políticos que orquestaron el referéndum ilegal del 1-O. Pero el centro de gravedad de la violencia antisistema se sitúa ahora en Chile, donde el Ejecutivo ha tenido que tomar medidas excepcionales, como instaurar un toque de queda para intentar contener la desestabilización.

"Vamos mejor de lo que pensábamos. Y todavía lo que falta. Estamos cumpliendo el plan", reconoció el tirano venezolano Nicolás Maduro ante las acusaciones de haber alentado la violencia que vivió Quito o la insurrección que está atravesando Chile. Es evidente que el Foro de Sao Paulo que agrupa a los simpatizantes del socialismo más radical de América Latina tiene mucho que ver con estos procesos de desestabilización, puesto que en ambos casos se han producido detenciones que lo acreditan. Por ejemplo, la ministra del Interior del país andino reconoció que la policía detuvo a turbas de venezolanos que habían llegado al país con el objetivo de contribuir a la desestabilización. Otro ejemplo es el comunicado de la OEA que, en los últimos días, recalcó la injerencia venezolana en todo lo que está pasando en Chile.

Esa mano negra chavista se apoya, en cualquier caso, en movimientos locales simpatizantes con modelos económicos como el que ha implementado la izquierda radical en Venezuela, con resultados conocidos: hiperinflación, hundimiento económico, colapso social, violencia generalizada… Pero, en el caso de Chile, es especialmente llamativo que quienes alientan la desestabilización lo hacen apoyándose en un relato absurdo, que contradice la evidencia disponible e insiste en presentar al país americano como un pozo de desigualdad y miseria.

Lamentar hoy la desigualdad en Chile resulta, cuando menos, chocante. El coeficiente Gini, que mide la desigualdad de renta, ha caído de 0,56 a 0,46 puntos entre finales de los 80 y la actualidad. Y, aunque es cierto que estos niveles son aún mayores que los del mundo más desarrollado (por ejemplo España está en un 0,34), lo cierto es que la tendencia a la baja resulta evidente.

También es importante poner en perspectiva la evolución del crecimiento (que se ha triplicado en las tres últimas décadas, avanzando a un promedio anual del 3,7% y haciendo del país latinoamericano el que más crece en toda la región), el PIB per cápita (que sube de 4.000 a 28.000 dólares en los últimos cuarenta años) y la fortísima reducción de la pobreza (que cae del 53% al 6% durante el mismo periodo). Esto significa que el modelo liberal que tanto lamenta la izquierda radical se sitúa a la cabeza de América Latina en renta por habitante y a la cola de la región en pobreza. Si eso no es progreso social…

De hecho, si nos fijamos en lo que ha ocurrido con quienes menos ganan, podemos observar que el tramo de renta que más se ha enriquecido con el desarrollo de la economía chilena se corresponde con el 10% de la población con menos ingresos, donde la subida media ha sido del 70%.

Por otro lado, tal y como muestra un influyente estudio publicado recientemente por Rodrigo Valdés en la Harvard Kennedy School of Government, los ingresos del 10% más pobre de Chile han subido un 439% desde 1990, mientras que las rentas del 10% que más gana se aumentaron un 208%.

Es importante señalar, además, que el modelo liberal ha permitido un acceso creciente a la educación, lo que redunda también en la conformación de un tejido social mucho más igualado en términos de oportunidades. El coeficiente Gini de los años de educación de la población ha bajado de 0,35 a 0,10 puntos durante las últimas décadas. Además, el porcentaje de jóvenes con formación superior es ya comparable al de los países más ricos del mundo y se coloca muy por encima del promedio latinoamericano.

Movilidad social

¿Y qué hay de la movilidad? No podemos olvidar que el análisis de la desigualdad compara distintos grupos de población (por ejemplo, los que más y menos ganan) pero ignora quienes forman parte de estos colectivos. Así pues, cuando adoptamos un análisis dinámico, podemos comprobar que Chile está a la cabeza del mundo desarrollado en lo referente a su ascensor social. Para ser precisos, un 23% de su población ha subido del primer cuartil de ingresos al primero, es decir, ha pasado de formar parte del 25% más pobre al 25% más rico.

Algo similar arrojan los datos de participación del ingreso por nivel de ingresos. En los treinta últimos años se observa un descenso de casi 9 puntos porcentuales en la cuota que tienen los ricos sobre la renta nacional. De los 8,6 puntos que cede el 20% de mayores ingresos, 6,7 van a la clase media y 1,9 al 20% de menos renta.

Por lo tanto, la propaganda de la izquierda radical no se sostiene y todos aquellos que ignoran el progreso de Chile y respaldan o excusan la violencia con ánimo de deslegitimar el modelo liberal parecen situarse en una incomprensible posición antisistema. Harían bien estos irresponsables en condenar la inaceptable violencia que vive el país americano, respaldar a las fuerzas y cuerpos de seguridad que se encargan de intentar aplacar los salvajes disturbios y destrozos y, por último, defender el exitoso sistema económico que tanto progreso social ha llevado a Chile, de la mano de reformadores liberales como José Piñera, que apostaron por las reformas que llevaron a la consolidación de una economía sólida e inclusiva, paso previo para la transición a una democracia liberal plena que, lamentablemente, está hoy de nuevo bajo amenaza.

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