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Demografía y coronavirus: cómo habría pasado esta crisis la España de 'Cuéntame'

Si nuestro país hubiera mantenido los niveles de natalidad de mediados de los años 70, ahora tendría 20 millones más de jóvenes.

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Si nuestro país hubiera mantenido los niveles de natalidad de mediados de los años 70, ahora tendría 20 millones más de jóvenes.
Una imagen de la semana pasada: residentes de la Casa de Misericordia, en Pamplona, vuelven a sus paseos diarios. | EFE

España es uno de los países más envejecidos del mundo. Cuando se plantea esta cuestión, que más o menos ya tenemos todos asumida, se hace hincapié en la razón principal que hay detrás de la estadística: el incremento de la esperanza de vida y el hecho de que nuestro país está en el top mundial en este indicador junto con Japón, Italia o Suiza. Y sí, es cierto que este hecho (muy positivo) influye. Pero hay algo más. La pirámide demográfica tiene dos extremos: y que crezca por arriba no implica que tenga que dejar de hacerlo por abajo.

O, lo que es lo mismo, con la misma esperanza de vida que en la actualidad, la composición de la población española sería muy distinta si se hubieran mantenido los patrones demográficos que imperaban en nuestro país en la década de los 70. No hablamos de varios siglos o de países tan diferentes, sino del que moraban los padres y madres de los cuarentones actuales (los que están teniendo hijos, algo que, cada vez más, se retrasa hasta edades más avanzadas).

Porque, además, hay otra derivada: el incremento en la esperanza de vida podríamos decir que es un premio que nos ha tocado sin que nosotros lo hayamos escogido; aunque sí hemos tenido nuestra parte, porque es consecuencia del crecimiento económico, mejoras sanitarias, avances tecnológicos… pero no de una decisión consciente y voluntaria. A cambio, la caída de la natalidad es fruto de millones de decisiones en las últimas cuatro décadas: muchos españoles no quieren tener niños; los que sí quieren, retrasan al máximo el momento de tenerlos; y, en cualquier caso, quieren menos que antes.

Como todas las alternativas que los humanos tomamos, esto tiene consecuencias. Algunas buenas y otras, no tanto. Por ejemplo, en esta crisis del Covid-19: las sociedades envejecidas lo han pasado peor, porque tenían menos recursos y porque su población de riesgo estaba más concentrada.

Es imposible saber qué hubiera ocurrido en un país con un porcentaje más elevado de población joven. Pero en el Observatorio Demográfico CEU (dirigido por Joaquín Leguina y con la coordinación investigadora de Alejandro Macarrón) se han hecho una pregunta interesante, uno de esos contrafactuales históricos curiosos, que nos dejan algunos datos llamativos sobre los que reflexionar: cómo habría sido la sociedad española de 2020 si se hubieran mantenido las pautas de natalidad vigentes en 1976. Y sí, es cierto que éste es un supuesto poco realista, porque en casi todos los países del mundo las tasas de natalidad han caído en el último medio siglo. Pero, cuidado, pensar que la evolución que ha seguido España es lo normal también sería engañarse: no todos los países ricos han visto desplomarse el número de nacimientos como el nuestro. También en esto estamos entre los líderes a nivel mundial, aunque este punto probablemente no nos guste tanto como el de la esperanza de vida. Así que entre los datos reales y los posibles (si consideramos así a los del escenario Cuéntame, es decir, los propios de esa sociedad española de los años 70) hay un enorme margen para pensar en posibles puntos intermedios.

La España que no fue

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Para empezar, un dato llamativo: mantener los patrones de natalidad de 1976 se traduciría en 20 millones más de españoles: de los 39 millones actuales a casi 60 millones. Ése habría sido el incremento de la una población nativa (personas con madres y padres de origen español) durante este período de tiempo respecto a la situación actual. Y la edad media se situaría en los 35 años, frente a los 45 de la actualidad. [En los dos cuadros de la derecha, las dos pirámides demográficas: la real y la que tendríamos de haber mantenido la tasa de natalidad de los años 70; click para ampliar].

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Y, cuidado, no pensemos que las tasas de natalidad a mediados de los años 70 eran desorbitadas o propias de países en desarrollo, algo que no habría tenido sentido por el nivel de riqueza y cambios demográficos propios de la época. En realidad, en aquel año 1976 las españolas tenían 2,77 hijos de media durante su etapa fértil: una cifra mucho más elevada que el 1,17 de la actualidad, pero no exagerada. Y, repetimos, de 2,77 a 1,17 hay muchos puntos intermedios para plantearse diferentes escenarios.

De esos 20 millones de españoles extra que podrían haber vivido con nosotros (todos menores de 44 años), unos 8 millones ya tendrían edad de haberse incorporado al mercado laboral, con las consiguientes ganancias en términos de generación de riqueza. Desde el punto de vista presupuestario, tendríamos un país más rico y en el que el porcentaje de gasto público destinado al envejecimiento sería menor: no la cifra total, que podría ser más elevada porque la sostenibilidad a futuro del estado del bienestar estaría más garantizada, sino el porcentaje respecto al gasto total. Es importante tenerlo en cuenta: con los mismos ancianos que en la actualidad en términos absolutos (y eso no debería haber cambiado) su peso en la población caería entre 6 y 10 puntos (en función de los supuestos que hagamos sobre cómo se habría comportado la inmigración), lo que permitiría al resto de la población dedicar muchos más recursos a este colectivo sin tensionar las cuentas públicas.

De hecho, éste es uno de los puntos de partida del informe presentado esta semana: cómo habría sido el impacto del Covid-19 en una sociedad con esa estructura población de la que hablamos, mucho más joven que la real. Sus conclusiones son sorprendentes:

-- En primer lugar, había habido más muertes de población joven: porque alguno de esos 20 millones de menores de 45 años habría fallecido por el coronavirus.

Pero es razonable suponer que ese incremento de fallecidos habría sido muy bajo en términos porcentuales: según sus cálculos, el número de muertes totales habría subido sólo un 0,33% respecto a la cifra real.

--- A cambio, habría que preguntarse qué habría pasado con los mayores de 65 años: y aquí los autores del estudio tienen una tesis interesante. En un país con una capacidad hospitalaria muy superior (con un sistema sanitario preparado para una población mucho más grande), también habríamos tenido más margen de respuesta a la pandemia.

Expresado en términos poco técnicos: si tienes un sistema hospitalario un 20% más grande (para una población mucho más numerosa) y el número total de afectados sólo crece un 1% (porque el exceso de contagiados graves por la pandemia entre los jóvenes es muy bajo), tu capacidad de maniobra se dispara (puedes concentrar los recursos disponibles en la población de riesgo), con lo que cabe esperar que también caiga el número de fallecidos entre esa población de edad más elevada.

Y, en cualquier caso, lo que sí es seguro es que el número de fallecidos por millón de habitantes habría sido más bajo, por el peso más elevado de la población joven.

--- Con hogares más parecidos a los de los años 70, el número de personas que tendrían que haber pasado el confinamiento en solitario también se habría desplomado. En aquel momento, sólo el 1,9% de los españoles vivía solo, ahora lo hace más del 11%. Es cierto que habría habido otros retos, como controlar la expansión de la epidemia entre generaciones que conviven, pero la soledad habría sido un problema menor que en estos últimos meses.

Del covid al estado del bienestar

Todo este ejercicio puede parecer un tanto forzado: qué sentido tiene preguntarse cómo habría sido la respuesta al covid con un escenario que nunca ocurrió. Y está claro que esto ya no tiene vuelta de hoja: tanto si compramos el discurso triunfalista del Gobierno (ese "es difícil hacerlo mejor" que el otro día proclamaba Iván Redondo) como si no lo hacemos, las vidas que ha perdido nuestro país a consecuencia de la pandemia ya no volverán.

Pero a futuro sí tiene implicaciones muy relevantes. Al final, el estado del bienestar, que todos los partidos prometen proteger y que la mayoría de los votantes sitúa como prioritario, se justifica por su capacidad para cubrir dos grandes partidas del presupuesto: educación y sanidad-envejecimiento. Luego hay muchos más añadidos, por supuesto. Cientos de departamentos, políticas y nuevas prioridades que van surgiendo (y que los partidos alimentan y nutren con profusión). Pero, para buena parte de la población, su legitimidad depende de lo que sea capaz de hacer en educación y cuidado de los mayores. Eso sí, con un matiz muy importante: la educación es gasto e inversión, porque se supone que también sirve para hacer más sostenible ese mismo estado del bienestar a futuro.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el contrafactual del coronavirus? Pues mucho. Al igual que en el caso de la pandemia, también en lo que se refiere al estado del bienestar, una pirámide demográfica más pirámide (y no con forma de rombo, como ahora) es mucho más sostenible. Por muchas razones: porque el gasto en población joven es menor que el crecimiento del PIB que esa misma población genera y porque ese capital humano (real y potencial, a futuro) es la mejor garantía ante tus acreedores. En los próximos meses, España tendrá que convencer a mucha gente de que le preste una enorme cantidad de dinero con el que financiar su déficit: desde sus socios de la UE a los grandes inversores internacionales. Con unos cuantos millones más de jóvenes que respaldasen sus promesas, eso también sería mucho más sencillo.

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