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Domingo Soriano

Coronavirus, coches y emergencias: ¿cuál es la prioridad real de los alcaldes españoles?

En mitad de la pandemia más grave del último siglo, ninguna de las grandes ciudades europeas ha propuesto medidas de apoyo al vehículo particular.

Domingo Soriano
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En mitad de la pandemia más grave del último siglo, ninguna de las grandes ciudades europeas ha propuesto medidas de apoyo al vehículo particular.
Imagen de archivo de la M-30 de Madrid a primera hora de la mañana; todavía sin retenciones pero acercándonos a la hora punta. | C. Jordá

Prioridad: "Anterioridad de algo respecto de otra cosa, en tiempo o en orden" (Diccionario de la RAE)

Parece claro, con esta definición, que el Coronavirus no es la prioridad de los políticos españoles (en realidad, europeos). Su prioridad es limitar el tráfico del vehículo privado.

Esto no quiere decir que no quieran terminar con la pandemia (sí quieren y la mayoría está trabajando muy duro para conseguirlo). O que quieran prohibir de forma inmediata el uso del coche particular (no se plantean llegar a tanto, aunque sí les gustaría reducir su uso de forma drástica).

Lo que quiere decir es que ésa es la decisión que han tomado cuando los dos objetivos chocan y hay que elegir entre dos opciones:

  • facilitar el uso del coche particular para luchar contra la pandemia…
  • …o mantener las restricciones al tráfico rodado incluso aunque eso suponga más aglomeración en el transporte público

Pues bien, ante esta disyuntiva, los alcaldes de Madrid o Barcelona (y los de casi todas las ciudades importantes europeas) han elegido la segunda alternativa. Es una opción política que tiene buenos argumentos para ello (mejorar la calidad del aire, limitar los atascos…). Pero que también tiene consecuencias por el otro lado: más densidad en el transporte público y más riesgo de extensión de la pandemia. Es una decisión política y dependía de prioridades. Está claro cuál es la suya.

Políticos y ciudadanos

En las redes sociales, los argumentos sobre el coronavirus lo pintan todo en blanco y negro. "¿Queremos salvar vidas o salvar la economía?".

Pero ésta no es una forma correcta de enfrentar el problema. Cada decisión tiene pros y contras. Y el riesgo cero es imposible.

Por ejemplo: para controlar al 100% la pandemia lo más eficaz es un confinamiento estricto (más contundente y largo, incluso, que el que hemos vivido) combinado con un cierre de fronteras. De esta manera, el virus lo controlas. ¿El coste? Enorme: básicamente, te conviertes en Corea del Norte durante un año.

Por eso, los diferentes gobiernos han ido escogiendo alternativas mixtas: confinamientos y distancias de seguridad que se mezclaban con la reapertura de la economía y los servicios públicos. No hay una fórmula mágica. Se trata más bien de ajustes continuos con los que lograr un equilibrio entre economía y salud pública. Tampoco es fácil hacerlo y se está viendo que hay gobiernos más y menos capaces en este difícil cometido.

Por el lado del tráfico rodado, sin embargo, no ha habido ningún ajuste digno de tal nombre. Durante las semanas de confinamiento, algunas ciudades, como Madrid, apagaron los parquímetros (aunque muy poca gente se movía en aquellos días). Pero a partir de ahí, nada de nada. Quedan 15 días para que llegue septiembre y la vuelta a la normalidad (colegio, trabajo, etc…) Y en casi todas nuestras ciudades las normas de movilidad y aparcamiento son las mismas que antes del Covid-19.

En cambio, para los ciudadanos parece que limitar el riesgo de contagio sí es su objetivo número 1. Por ejemplo, en este blog del Banco Mundial se recogen (con tono crítico) estadísticas de dos de las principales ciudades del mundo: pues bien, tanto en Pekín como en Nueva York, el uso del coche particular ya ha vuelto a niveles previos a la pandemia e incluso superiores. Mientras, el uso del transporte público mantiene caídas del 50% respecto a lo habitual en el mismo período del año. Probablemente, lo que está ocurriendo es que muchos trabajadores que antes iban al trabajo en transporte público ahora lo hacen en su coche (por eso, incluso con la caída de actividad y el auge del teletrabajo, el uso del coche vuelve a su nivel normal: los nuevos usuarios compensan a los que están en casa).

Y aquí, en un artículo de Forbes, tenemos las conclusiones de una encuesta que llevó a cabo la consultora McKinsey: antes del coronavirus, la prioridad para los trabajadores en su viaje diario al trabajo era "ahorrar tiempo"; ahora, responden que su objetivo número uno es "reducir el riesgo de infecciones", incluso aunque esto suponga que cada día tardan algo más en llegar a su oficina.

Está claro que el transporte más seguro desde el punto de vista epidemiológico es el vehículo particular. Muy por delante del transporte público y también algo mejor (muy poco, pero algo mejor) que las bicis o incluso que ir andando.

De hecho, hay una verdad políticamente muy incorrecta (y por eso ningún político lo dice, aunque los usuarios lo saben perfectamente): el metro y el autobús parecen la definición exacta de lugares de riesgo, que cumplen las tres C que se supone todos debemos evitar (Closed – Crowded – Close Contact). O lo que es lo mismo: lugares cerrados, masificados y con un contacto cercano a los que te rodean.

Los argumentos

Como siempre, en estas discusiones (y más en estos momentos de ruido en las redes sociales) parece que tiene las de ganar el que lo lleva al extremo.

Así, alguien podría decir: "¿Estáis proponiendo cerrar el transporte público?". Y la respuesta es no. Aunque, en el ámbito de la movilidad, sí sería la medida más eficaz desde un punto de vista médico-epidemiológico, el coste asociado a la misma también sería muy elevado (básicamente, habría cientos de miles de personas que no podrían desplazarse por carecer de un vehículo propio).

La decisión es más parecida a la que decíamos antes sobre el confinamiento y el control del virus: cerrar el país a cal y canto durante seis meses y prohibir cualquier salida de casa (incluso para ir a la compra y haciendo obligatorio aprovisionarse por internet) sería más eficaz contra el virus, pero seguramente no podríamos soportar el coste que pagaríamos. Hay que buscar el punto intermedio.

Porque, además, se podría hacer la pregunta contraria: ¿De verdad, incluso en un momento de emergencia como éste, no es posible aprobar ninguna medida (temporal) que facilite algo el uso del transporte privado y la descongestión del transporte público? En realidad, aprobar medidas como las planteadas en este artículo también iría en beneficio de los usuarios de bus o metro, porque los vagones y autobuses irían menos llenos.

Incluso así, la respuesta que han dado los alcaldes de las grandes ciudades es que no, ni siquiera ahora harán nada en este sentido. Lo decíamos antes: es una legítima opción política que refleja prioridades.

Podemos agrupar en tres categorías los argumentos a favor de las medidas que limitan el tráfico rodado:

  • Mejorar la calidad del aire
  • Reducir los atascos y hacer una ciudad más amigable para los peatones
  • Impulsar otros medios de transporte alternativos: transporte público, bicicletas…

Estos argumentos siguen siendo válidos ahora. Pero, de nuevo, la pregunta es si durante el próximo invierno deberían ser la prioridad.

Así, los niveles de contaminación se han hundido en los últimos meses. Y eso que ya eran bajos, en términos históricos. Aunque a veces, leyendo algunos titulares, parezca que vivimos en entornos insalubres y peligrosos, lo cierto es que la calidad del aire en casi todas las ciudades europeas es mejor ahora que hace tres-cuatro décadas. Los principales responsables son unos vehículos que contaminan menos y unas calefacciones más modernas y eficientes; y, también, seguro que algo han aportado las leyes anti-coches.

Los atascos tampoco parece que estén ahora mismo en máximos. Más bien al contrario: el uso de cualquier medio de transporte se ha reducido por el coronavirus, el trabajo en casa, la reducción de la actividad económica…

Y el impulso a la bici o el cuidado del peatón a medio plazo puede ser compatible con medidas imaginativas que faciliten durante unos meses (por ejemplo, hasta la Semana Santa de 2021) el uso del transporte privado.

Opciones para reducir los riesgos hay muchas, algunas que involucran a los coches y otras que no:

  • Impulsar horarios de entrada diferentes en las oficinas para reducir la congestión típica de la hora punta (atascos de tráfico y vagones llenos en el transporte público)
  • Más frecuencia en trenes, metros y autobuses: esta alternativa, que se cita mucho y sería positiva, tiene limitaciones que vienen marcadas por la disponibilidad de vagones-autobuses y maquinistas-conductores. No es tan fácil incrementar en unos meses un 20-25% una flota o formar conductores que cumplan los requisitos exigidos.
  • Incentivar los traslados mixtos: por ejemplo, ayudar a que alguien que cogía dos autobuses y un metro, ahora sólo use este último medio de transporte y sustituya los dos autobuses por andar-bici.
  • Facilitar el aparcamiento en las ciudades a los coches particulares: tanto en el centro como en aparcamientos en las afueras que permitan a los que viven en la periferia evitar el tren de cercanías o el bus interurbano.
  • Este último punto se podría lograr de varias formas. La más contundente sería apagar los parquímetros durante unos meses (hasta que termine la pandemia). Pero hay otras alternativas intermedias interesantes: abaratar la Zona SER, reducir las horas en las que hay que pagar, promover bonos-trabajo que permitan a los empleados aparcar en el barrio de su empresa durante unos meses, abaratar los parkings municipales (también aquí podría haber bonos mensuales como los comentados anteriormente)…

Volvemos (y no queremos ser pesados) a las prioridades. Porque sí se han anunciado algunas medidas de la anterior lista, pero ninguna que tenga que ver con facilitar o impulsar durante unos meses el uso del vehículo particular.

Emergencias y mundos felices

En este punto, hay que hacer dos apuntes finales. El primero es sobre el concepto de "emergencia", tan usado en los últimos años. Dicen los políticos que el Covid-19 es una "emergencia" y que por eso hay que tomar medidas que en otro momento no estaríamos dispuestos a aceptar.

Y es cierto. De hecho, es lo que ocurre con todas las emergencias: por ejemplo, si uno sufre un ataque al corazón lo normal es que lo trasladen a toda velocidad al hospital y allí le sometan a tratamientos que pueden dañar otras partes de su organismo. Se hace así no porque alguien piense que es bueno ir a 100 km/h en una ambulancia o porque el médico no sepa que el tratamiento es muy agresivo. Se hace porque se prioriza: el objetivo número 1 es salvar la vida y, una vez conseguido, atenderemos a lo demás (que es menos urgente).

En política, llevamos años escuchando advertencias sobre "emergencias". La que más espacio ha ocupado en nuestras vidas es la "climática". Con un poco de perspectiva, parece claro que el Covid-19 está mucho más cerca de la definición de "emergencia". Por eso, sería interesante plantearse si no podríamos concentrarnos por unos meses en resolverla (incluso si eso supone cambiar dejar de demonizar, aunque sea por poco tiempo, al coche privado) y atender luego al resto de asuntos pendientes.

En lo que toca a la movilidad urbana, nuestros alcaldes han decidido que esto no es una emergencia (o, al menos, una que merezca plantearse ninguna medida de las propuestas en este artículo). En muchos casos es por convicción, pero en otros uno intuye que lo que ocurre es que no se quieren arriesgar a las críticas: les dirían "negacionistas" del clima o les acusarían de querer ahogar a sus ciudadanos. Y tendrían que explicarle a sus ciudadanos que han tenido que escoger entre varias alternativas con pros y contras. Han optado no complicarse la vida y mantenerse en el lado correcto de la historia. Triste, pero previsible.

De hecho, llama la atención que se hayan tomado tantas medidas tan potentes en otros ámbitos y que no haya nada de nada en este sentido: confinamiento durante dos meses y cierre de comercios por decreto, sí; abaratar algo el aparcamiento durante el invierno 2020-2021, ¡impensable!

El segundo apunte tiene que ver con los mundos felices en los que a todos nos gusta vivir. También a los que usan el coche particular. Si se tomasen medidas con las planteadas anteriormente, saldrían ganando en algunos aspectos (podrían aparcar a menor coste) pero perdiendo en otros (probablemente habría más atascos y, además, sería mucho más complicado encontrar aparcamiento, sobre todo en algunos barrios).

En ese juego de alternativas del que hablamos a lo largo del artículo, la combinación podría ser interesante: más atascos y más vueltas para aparcar a cambio de más control de la epidemia. Si tu prioridad es el coronavirus, seguramente estés dispuesto a aceptar la contrapartida; si lo que quieres es una solución sin costes, entonces es que no vives en el mundo real y ninguna medida te dejará contento.

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