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Domingo Soriano

El objetivo es la pobreza

La suerte política del nacionalismo catalán es un ejemplo de manual de que una pésima gestión económica no tiene por qué provocar un castigo político.

Domingo Soriano
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La suerte política del nacionalismo catalán es un ejemplo de manual de que una pésima gestión económica no tiene por qué provocar un castigo político.
La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, junto a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, este jueves, durante una visita a la laguna de la Ricarda. | EFE

Se han puesto de moda, al menos en mi timeline de Twitter, las imágenes de la decadencia de Barcelona. Esta semana, además, había trabajo extra, entre las capturas de pantalla con noticias sobre la no-ampliación de El Prat y la alegría de Yolanda Díaz por la paralización de la inversión; las fotos de las cutre-terrazas para bares de Colau o de mendigos durmiendo en las calles de la Ciudad Condal; o las peleas, mitad esperpénticas mitad patéticas, entre independentistas el 11-S. Los mensajes se dividen entre el "Disfruten lo votado" o los que comparan la tristeza de la capital catalana con la pujanza madrileña.

Es un error. No la evidencia del declive barcelonés, sino el pensar que esto producirá de forma inevitable un daño electoral a los que lo causaron. De hecho, la suerte política del nacionalismo en Cataluña en las últimas cuatro décadas es un ejemplo de manual de que una pésima gestión económica no tiene por qué llevar aparejado un castigo político.

Desde hace mucho sabemos que la extrema izquierda no sólo genera pobreza, sino que la necesita y la busca. La pobreza no es sólo la consecuencia de sus políticas, es el objetivo. Ejemplos los hay a patadas, de Detroit a Argentina, pasando por Grecia o Venezuela (por no citar casos en España que nos vienen a todos a la cabeza). En todos ellos, la devastación económica no sólo no produjo una reacción en las urnas, sino que en parte ayudó a consolidarse al partido del régimen. Es verdad que, en la Venezuela chavista, unas elecciones libres en los últimos años probablemente habrían expulsado a Maduro del poder. Pero es que en ese caso ya hablamos de lucha por la supervivencia. Mientras la ruina se mantuvo en un nivel relativamente manejable, el régimen siguió disfrutando de apoyo popular.

Y en parte es lógico. En primer lugar, por coherencia política. Si tu principal medida es el aumento del gasto, los impuestos y las ayudas públicas, que haya más personas merecedoras de tales ayudas no sólo no te perjudica, sino que te fortalece. El incremento del gasto social debería ser una prueba del fracaso de una gestión, no una demostración de su éxito. La lógica que nos debería guiar es la contraria a la que domina nuestro debate público: cuantas menos personas necesiten la asistencia del Estado, mejor. Pero hemos aceptado que el principal papel Estado moderno debería ser "cuidar" a sus ciudadanos y "asegurarles" ante los riesgos y las incertidumbres que encontrarán. Es una retórica perversa pero exitosa. Si la idea es que nos cuiden, si lo bueno es que nos arropen, un empeoramiento de nuestra salud no tiene por qué ser algo negativo, sino una oportunidad extra para que nuestros enfermeros nos muestren su bondad.

Porque, además, no está nada claro que destrozar tu ciudad vaya a provocar tu descalabro electoral. Como explica Brian Caplan en El mito del votante racional, nadie decide nada con su voto de forma directa, una herramienta que, aunque decimos que usamos racionalmente, en realidad no sirve para mucho más que para nuestra autosatisfacción personal. Un poco como un libro de Paulo Coelho, que sabemos que no mejorará nuestra vida, pero nos hace sentirnos bien durante unos minutos. O por decirlo de otra manera, si cada uno de los votantes de Colau supiera que su papeleta es la única y que de su decisión dependerá lo que le pase a su ciudad, quizás otro gallo nos cantaría.

Digo "quizás" porque ni siquiera eso lo tengo claro. Lo que ha ocurrido a menudo en las ciudades, regiones o países empobrecidos durante décadas, metidos en el círculo vicioso del estancamiento, es que los principales perjudicados han votado con los pies. ¿Por qué Detroit sigue en manos de la misma maquinaria del Partido Demócrata que lleva hundiendo en la miseria desde hace medio siglo a la que fue una de las ciudades más prósperas de EEUU? Pues, sobre todo, porque aquellos a los que no les gustaba aquella deriva... se fueron. En el Madrid carmenista teníamos una legislatura de margen. En cuatro años no hay tiempo a hacer tanto daño y todavía no ha comenzado el proceso de huida. Luego, la propia dinámica que se genera sirve como profecía autocumplida: empobrezco mi ciudad y hago que vivir, trabajar o invertir allí sea cada vez más complicado; los que no quieren estar en un sitio así se van; los que se van son los que no me votan, por lo que mi reelección es más segura (y sí, de esta manera, que un alcalde destroce un barrio no sólo no le perjudica, sino que le refuerza).

Y no creo que los que se quedan y les votan sean unos caraduras o unos vagos. También habrá algo de eso, para qué nos vamos a engañar. Pero intuyo que no es la mayoría. Lo que votan no es la miseria, sino la seguridad de la miseria. Eso el socialismo lo hace de maravilla. Te da poco, en ocasiones (como en Venezuela o Cuba, los casos más extremos) apenas lo suficiente para vivir... pero ese poco se asegura de que sepas que se lo debes a ellos. Una vez que todo lo que tienes se lo debes a alguien, aunque ese "todo" sea casi nada, es muy difícil rechazarlo.

Enfrente, el capitalismo y la libertad son incertidumbre, competencia, movimiento... Los países dinámicos son también los que más cambian. Y eso no nos gusta. Sí lo del crecimiento económico y lo de las oportunidades, pero no lo otro, lo de tener que estar cada día pendientes de adaptarnos a una nueva realidad. A veces parece que lo que nos gustaría es entrar a los 25 años en una empresa y que nos aseguraran que seguiremos allí, cobrando un poquito más cada año, hasta que nos retiremos. Triste, pero seguro.

¿Un aeropuerto que no se amplía? ¿Una región cada vez más cerrada en sí misma, más cateta, miedosa y enfurruñada? ¿Una ciudad cada día menos apetecible para vivir?

¿O un país más endeudado, envejecido, dependiente de las ayudas europeas, con un mercado laboral disfuncional pero en el que los grupos de presión no admiten ningún cambio? Que desde Madrid nos gusta pensar en que esto les pasa a los catalanes porque ellos se lo han buscado, pero ni mucho menos la dinámica en el conjunto de España nos permite ser mucho más optimistas.

No pensemos ni por un instante que la evidencia de la corrosión económica anticipa, al menos, la proximidad de un cambio político. La realidad apunta en la dirección contraria, al repliegue y la obcecación. El objetivo es la miseria y están logrando sus metas, paso a paso.

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