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Domingo Soriano

Ministerios, partidos y medios: si Díaz investiga condiciones laborales extremas, que mire a su alrededor

Ver a directores de periódico de los que se pasan en la redacción 50 horas a la semana pontificando sobre los becarios de las big four tiene tela.

Ver a directores de periódico de los que se pasan en la redacción 50 horas a la semana pontificando sobre los becarios de las big four tiene tela.
Yolanda Díaz, en un acto con representantes del | Cordon Press

Uno de los mitos más absurdos del debate público español es que nuestros políticos son unos vagos. No los que yo conozco, desde luego.

Hay casos y casos, por supuesto. Y es verdad que hay algunos muy conocidos que no se caracterizan por eso que ahora llaman "ética del trabajo": vamos, que cuando hay Pleno a las 9:00 no están por el Congreso ni de casualidad (y menos si esa madrugada había partido interesante en la NBA). Pero creo que son la excepción. La mayoría, de todos los partidos, son de los que dan el callo, día sí y día también.

Nota al margen: ser trabajador y honrado son dos características que están muy sobrevaloradas en política. Como dice a menudo el profesor Bastos, "si yo fuera judío, en la Alemania de los años 30, preferiría que el alcalde nazi de mi ciudad fuera corrupto y vago". Estoy de acuerdo: para hacer el mal, mejor que sean gandules.

Vuelvo a lo mío: lo de los políticos que trabajan mucho o poco. Porque una de las características de la política española que más me ha sorprendido en estos años que llevo como periodista es que es el entorno laboral más despiadado, exigente y competitivo que pueda imaginarse. Y aunque es verdad que hay algún político flojete, son sobre todo los menos conocidos, porque la mayoría de los líderes llegaron donde están entre otras porque son unos enfermos del trabajo y no faltaban ni a una reunión, mitin o pegada de carteles.

Además, aunque lo del poco esfuerzo es verdad en algunos casos aislados de políticos, no conozco NI UN EJEMPLO entre aquellos a los que contratan. Me refiero a asesores, jefes de gabinete, responsables de prensa, altos cargos, etc... Ahí ya no hay excepciones en lo que yo he visto: el nivel de trabajo que soportan es brutal.

¿Horarios? Los que el jefe quiera. Porque una jornada normalita puede comenzar con un desayuno informativo a las 9:00, luego reuniones con un par de asociaciones, una comida de trabajo, tarde en el Ministerio despachando, entrega de premios a las 20:00 y quizás incluso una entrevista nocturna en una radio...

¿Concilia... qué? Disponible fines de semana y festivos. Vacaciones SIEMPRE con el móvil encendido. Dispuesto a responder con una nota aclaratoria si en el informativo de Vallés a las 21:30 dan una cifra con la que no estoy de acuerdo o si el Wyoming se descuelga con un vídeo que creo que está manipulado.

¿Exigencia y presión? Máxima, por supuesto. Quemando personal a todas horas. Rotación altísima, que sorprende todavía más porque hablamos de puestos razonablemente bien pagados. Pero es la consecuencia lógica si el nivel de implicación que se exige es total. Todo hay que hacerlo para ayer y todo perfecto. No todo el mundo aguanta. ¿Y malos modos? Pues también debe haber bastante, aunque esto depende de las personas. Hay quien te dice que tal ministro era un encanto y tal otro era un ogro. Pero, en general, incluso los buenos... no aflojan, porque no pueden.

¿Y esto sólo pasa en política? Bueno, en los medios de comunicación tampoco estamos muy lejos. Los que trabajamos en esto estamos acostumbrados a las jornadas maratonianas, combinando artículos-tertulias-piezas para la web... Y a la enorme competencia cada día (dentro de tu medio y con los que cubren tu sector de otras cabeceras) para adelantarte a la noticia. Competencia que te hacen saber que es tu obligación superar. Tampoco son los entornos más amigables para el trabajador novato ni los que se caracterizan por la comprensión o las buenas maneras. No se pasen ustedes por una redacción una hora antes del cierre con un menor: lenguaje no tolerado.

Las ‘big four’

Todo esto viene a cuento, lo estarán imaginando, del debate sobre las condiciones laborales en las grandes auditoras y consultoras. Que esta semana ha tenido varios capítulos, después de conocerse que la inspección de trabajo se pasó por el distrito financiero madrileño hace unas semanas a ver cómo trabajan en las big four (Deloitte, PwC, E&Y, KPMG).

A mí, lo reconozco, los horarios de este tipo de trabajos me parecen una locura. Y el nivel de exigencia, extremo. Pero más allá de esta impresión personal, fruto de lo que me cuentan mis conocidos con experiencia en el sector, no tengo nada que decir. Todos lo sabemos, incluidos los que acuden a sus pruebas de selección, que lo hacen encantados. Luchan por un puesto y unas condiciones que yo no querría ni en pintura, pero que a ellos les compensan: por el sueldo, por lo que aprenden (una barbaridad), por los contactos y por lo que les aportará en su carrera profesional. No sólo no les critico, sino que en muchas cosas les admiro.

Pero esto es una preferencia personal. Porque lo que hemos visto esta semana no es eso. Lo que hemos visto es a directores de periódico de los que se pasan en la redacción 50 horas a la semana (más el tiempo en casa, claro) pontificando en editoriales sobre los pobres becarios de Deloitte. Y tiene tela. Como que un Ministerio, en el que a la voz de "Ya" se movilizan decenas de altos cargos para ir a trabajar un sábado si hace falta, esté investigando si hay proyectos de consultoría que exigen estar en el despacho hasta las dos de la madrugada. Como me decía el otro día un compañero periodista con el que hablada de esto: "Y los de las cuatro torres, por lo menos, suelen cobrar una pasta o esperan hacerlo algún día".

Estarán ustedes pensando que es por hipocresía. Una más de unos políticos acostumbrados a la mentira. Pero creo que no. O sólo en parte. En mi opinión, la razón última hay que buscarla en otro lado: en su presunción de que ellos son mejores. ¿Mejores que quién? Que todos nosotros. Ellos sí pueden trabajar 60 horas, ellos sí pueden perderse los fines de semana en familia, ellos sí pueden gritar a sus subordinados, ellos sí pueden exigir una disciplina espartana... nosotros no y hay que inspeccionarnos, pero ellos sí, porque lo hacen por nuestro bien, por las ideas, por el pueblo. Un becario de PwC es un avaricioso que sólo quiere cobrar más; ellos trabajan en "la política" o en "los medios". Cómo vamos a comparar. Unos están alienados, son meros juguetes en manos de sus empresas; los otros idealistas que lo dan todo por sus convicciones.

Y, por supuesto, está prohibido pensar otra cosa. Porque la otra opción sería imaginarnos que que son unos enfermos del poder. Cómo vamos a imaginar eso de nuestros políticos.

Pero no sigo por ahí, que me desvío. Yo venía aquí hoy a decirle a los inspectores del Ministerio de Trabajo de Yolanda Díaz que, si quieren investigar condiciones laborales extremas...

  • Pregunten al jefe de Gabinete de cualquiera de los 23 ministros o a cualquiera de sus jefes de prensa cuántas horas han hecho en los últimos dos meses
  • O se paseen por el Ministerio de Economía o el de Seguridad Social a ver si les cuentan por qué ha habido tantos altos cargos y personal de confianza que han cambiado de trabajo en los últimos cuatro años
  • O se den una vuelta por Nuevos Ministerios cualquier día a las 20:00-20:30 de la tarde, a ver cuántas luces hay encendidas y desde qué hora están por allí aquellos asesores
  • O se acerquen este fin de semana a un mitin de Ayuso, Sánchez, Abascal o Belarra: a ver cuántos ayudantes y personal de confianza están pasándose el sábado haciendo notas de prensa para su jefe
  • O interroguen a los altos cargos en alguna consejería autonómica (me da igual si es del PP o del PSOE) sobre cómo ha sido el cierre del año, con los Presupuestos y las negociaciones entre los grupos
  • O pidan información sobre la situación laboral de los próximos periodistas que acudan a una rueda de prensa, a ver cuántos ‘autónomos’ (sí, las comillas están puestas adrede) encuentran

De hecho, si no quieren meterse en tanto lío, con esas preguntas personales que puede que incomoden a alguno, les doy otra solución más sencilla: pueden mirar la agenda que publican los ministerios o las consejerías sobre los actos públicos de nuestros líderes. Y empezar a contar horas, desde la primera cita de la mañana hasta el último acto. Sumar horas de viajes y días fuera de casa. Preguntar quién acompañaba al ministro o al presidente autonómico en cada tour. Que aquí entran los políticos y los periodistas: en las cumbres maratonianas que acaban con acuerdos de madrugada (pregunten a los corresponsales de Bruselas), los únicos que se van a la cama más tarde que aquellos que cerraron el pacto son los que tienen que contarlo.

Incluso, se me ocurre, quizás la inspección de trabajo podría controlar los correos electrónicos oficiales del Ministerio (eso les debería resultar muy fácil), no vaya a ser que haya un jefe de gabinete encargando un informe a las 23:30 o pidiendo unas cifras, el viernes por la tarde, que tienen que estar sí o sí para el lunes a primera hora.

Y luego, si eso, analizamos a las big four. Ya les digo yo, por lo que conozco a unos y otros, que en eso de exprimir a los empleados hasta que no les queda una gota de esfuerzo... las grandes consultoras son unos aprendices.

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