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Manuel Fernández Ordóñez

Alemania y los héroes sociales que emiten CO2

Estamos en plena batalla por la hegemonía cultural, siempre lo hemos estado, pero las nuevas tecnologías la hacen más evidente que nunca.

Estamos en plena batalla por la hegemonía cultural, siempre lo hemos estado, pero las nuevas tecnologías la hacen más evidente que nunca.
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Tenía razón Pablo Iglesias cuando, citando a Gramsci, decía "la realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad". La realidad ya no es, la realidad se hace. Asistimos continuamente a la construcción de relatos que discurren paralelos y, en muchos casos, absolutamente ajenos a la realidad tangible del mundo. La construcción de los relatos contemporáneos haría retorcerse hasta la nausea a los grandes empiristas de la historia, sobre cuyas ideas comenzó el progreso de la humanidad. Y es que la realidad no importa, es irrelevante. Si el método científico refuta ciertas afirmaciones, el relato se encargará de hacerlas realidad. Estamos en plena batalla por la hegemonía cultural, siempre lo hemos estado, pero las nuevas tecnologías la hacen más evidente que nunca antes en la historia.

Así, uno puede hacer lo contrario de lo que predica, enarbolando un discurso más o menos elaborado que apele a la moral o los sentimientos y salir victorioso del cenagal de hipocresía que habita. Mirando, además, por encima del hombro a quien ose decir que "el Rey va desnudo" en un ejercicio de superioridad moral que, probablemente, sea uno de los mayores síntomas de la metástasis intelectual que nos asola.

De este modo, el Príncipe Harry puede viajar en jet privado por todo el mundo, emitiendo una cantidad de gases de efecto invernadero que jamás emitirá usted en toda su vida. Pero será a usted al que le prohíban circular con su coche porque no tiene dinero para cambiarlo por uno nuevo. Además, tendrá usted que soportar como la propia casta climática le afea a usted la conducta por alzar la voz. Así vimos a la propia Ellen DeGeneres defender a Harry diciendo "imagina ser atacado por todo lo que haces, cuando lo único que estás intentando es hacer un mundo mejor". O a Elton John (que les había prestado el avión privado) explicando cómo la huella de carbono de esos vuelos había sido compensada mediante donaciones a una organización. Si tienes dinero puedes hacer lo que quieras. Los héroes sociales que emiten más CO2 que nadie pero expían sus pecados en el altar climático con prácticas eclesiásticas anacrónicas.

Y luego tenemos a Alemania, claro. El ejemplo por antonomasia de batalla cultural en el ámbito energético. Cautiva de su historia, su dependencia del carbón autóctono les impide -gobierne quien gobierne- prescindir de la fuente energética más sucia que existe y que genera miles de muertos por la emisión de partículas contaminantes. Alemania, que emite el 24% de todos los gases de efecto invernadero de la Unión Europea, pretende convencerle a usted que cerrar las centrales nucleares para seguir quemando carbón es lo correcto para combatir el calentamiento global. Y no solo eso, pretenden también convencerle de que la política energética de Francia (con un sistema eléctrico cinco veces menos emisor gracias a la energía nuclear) es un error.

Antes de la decisión populista del cierre nuclear tomada por Angela Merkel en 2011, la energía nuclear producía en Alemania 133 millones de MWh. En 2022 el carbón autóctono alemán, el de peor calidad que existe, produjo 106 millones de MWh. El gas produjo 46 millones de MWh. Es decir, si no hubieran cerrado sus centrales nucleares, hoy no estarían quemando absolutamente nada de ese carbón altamente contaminante y estarían quemando la mitad de gas del que queman. Sus emisiones de CO2 serían mucho menores, sus precios de la electricidad más bajos y el peaje pagado a Putin mucho menor. En cambio han hecho todo lo contrario, mientras nos intentan convencer a todos de que lo han hecho por el clima. Y lo peor de todo es que cuela. ¡Qué viva el relato!"

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