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Manuel Fernández Ordóñez

Somos otra vez siervos

Vivimos tiempos oscuros, donde los hechos no importan, importa quién los hace y esto nos sirve para justificar cualquier cosa.

Vivimos tiempos oscuros, donde los hechos no importan, importa quién los hace y esto nos sirve para justificar cualquier cosa.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | LM

Tragamos con todo. Nuestro nivel de vida ha alcanzado cotas tan elevadas que no estamos dispuestos a pelear por lo más fundamental. Y esto nos acabará pasando factura. Ya lo está haciendo, de hecho. Cada día renunciamos un poco más a nuestras libertades individuales, anestesiados por una falsa sensación de seguridad que algún día nos arrebatarán de golpe.

Una de las características fundamentales de la caída del Antiguo Régimen y el origen de la Edad Contemporánea fue el surgimiento de los estados liberales donde los derechos de los ciudadanos se plasmaron en Constituciones a lo largo y ancho de los países occidentales. Fue una época donde se dejó de someter lo individual a lo colectivo y el papel del estado se relegó a garantizar las condiciones necesarias para que los individuos pudieran perseguir su propio proyecto vital sin la injerencia de terceros. Para ello, se limitó el poder del estado de tal modo que no pudiera afectar a las esferas individuales de acción porque los derechos fundamentales de los seres humanos son naturales y los tenemos por el mero hecho de serlo, no porque algún estado nos los haya otorgado.

En estos pilares se asentó el enorme desarrollo que vivió la humanidad a partir del siglo XVIII y esos pilares se están desmoronando. Los estados mastodónticos han crecido como una metástasis incurable, invadiendo todos los ámbitos posibles de libertad individual y sometiendo -como antaño- lo individual a lo colectivo. Los derechos individuales son pisoteados en aras de un concepto abstracto, tan ambiguo como indefinible: el bien común. Los conceptos colectivos no son más que construcciones sociales que sirven de coartada para ejercer la coacción sobre lo realmente importante, el individuo y sus derechos inherentes: la vida, la libertad y la propiedad privada.

John Locke nos decía ya en el siglo XVII que hay un cuarto derecho inalienable, el derecho de rebelión (del que también nos hablaba Hobbes e incluso Maquiavelo en el siglo XV). El nacimiento de los estados liberales supuso en países como Francia, Inglaterra o Estados Unidos que los ciudadanos "confiaban" en una eficaz separación de poderes en el estado, de tal manera que ellos pudieran hacer sus vidas sin temer una deriva despótica del poder estatal. Si el estado se excedía en sus cometidos, si no gobernaba de acuerdo con el respeto de las esferas de libertad individual, los gobernados tenían el derecho a rebelarse y derrocar a un gobierno que no respetaba las leyes y los principios fundamentales de la nueva sociedad.

Hace ya mucho tiempo que los gobiernos occidentales no respetan las leyes. Vivimos tiempos oscuros, donde los hechos no importan, importa quién los hace y esto nos sirve para justificar cualquier cosa. Esta arbitrariedad partidista, este relativismo nauseabundo nos conduce de forma inevitable a una sociedad polarizada, irracional y enferma. Hay cosas que están objetivamente mal, independientemente de quién las lleve a cabo. Si no somos ya capaces de distinguir siquiera esto, estamos mucho más cerca del fin de lo que parece, recorriendo de nuevo el Camino de Servidumbre… Hayek dixit.

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