16-VIII-2011

El absurdo de la economía progre

Las palabras del economista Paul Krugman en una tertulia televisiva no tendrían mayor importancia si no fuera porque fue galardonado con el Premio Nobel, tiene una enorme influencia entre la izquierda y es el más genuino representante del keynesianismo, la doctrina que nos ha llevado a la actual crisis de deuda. Pues bien, este columnista del New York Times y reconocido gurú ha alabado las bondades de un ataque alienígena como forma de salir de la crisis.

Lo más curioso, sin embargo, es que semejante estupidez resulta perfectamente coherente con su doctrina, la keynesiana. El propio Keynes argumentó que las crisis son debidas a una falta de consumo, a un exceso de atesoramiento de personas y empresas, de modo que cuando padecemos una crisis como la actual el Estado debe gastar más para compensar. Es lo que se denomina gasto anticíclico.

Para Keynes daba igual en qué se empleaba el dinero público: aunque era mejor usarlo en algo productivo, incluso emplear a gente para que cavara hoyos y los tapara a continuación sería beneficioso. Krugman ha llevado la idea simplemente un poco más allá, afirmando que la economía se recuperaría en año y medio si el Gobierno gastara lo suficiente para preparar las defensas ante un hipotético ataque de los extraterrestres; daría igual que tras ese tiempo lo del ataque fuera "un error". Evidentemente, ha sido un ejemplo puesto para alegrar un debate, pero lo llamativo del mismo sirve para evidenciar que el error es la propia teoría keynesiana.

George Orwell escribió, a cuenta de otra idea absurda, que "hay que pertenecer a la intelligentsia para creer cosas como éstas: ninguna persona corriente sería tan idiota". La economía no debe funcionar para ofrecer buenos datos agregados como el PIB, sino para atender a nuestras necesidades. Cuando se derrochan nuestros ahorros y los de nuestros hijos en prepararnos para un ataque alienígena, o en excavar y cubrir agujeros, no estamos atendiendo ninguna necesidad real, y por lo tanto no sólo no generamos riqueza sino que la destruimos.

Podemos aún dar gracias de que parte del derroche público de estos años se ha empleado en algo productivo. Pero iniciativas como los planes E estaban basados en estas teorías absurdas, de ahí que sus resultados fueran rácanos en el empleo y el crecimiento y, sobre todo, temporales. Como no se atendía ninguna necesidad acuciante de los ciudadanos, en cuanto se acabó el maná keynesiano proveniente del Estado nos encontramos con un buen número de infraestructuras que, en muchos casos, resultaban completamente innecesarias.

La realidad económica que vivimos es mucho más fácil de explicar sin acudir a supercherías más propias de brujos de la tribu que de personas serias. Hemos gastado mucho dinero proveniente del crédito, en muchos casos exterior. Hay que ajustarse el cinturón y empezar a devolverlo. Ciudadanos y empresas ya lo han hecho, y ahora le toca al sector público. No hay más. Ni conspiración de los mercados, ni falta de consumo agregado, ni nada. Debemos dejar de gastar lo que no tenemos, es decir, recortar. Y cuando antes lo hagamos, mejor, porque las deudas que acumulemos serán menores. Pero quizá sea mucho pedir a algunos intelectuales que abandonen sus absurdas teorías. Igual se veían obligados a devolver el Nobel.


 

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