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Al borde del abismo de la pobreza

O se agarra el toro por los cuernos de una vez o tenemos que empezar a prepararnos para ser pobres, muy pobres.

Emilio J. González
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En el transcurso de esta crisis la economía española, por desgracia, está batiendo muchos récords. Los últimos son el de número total de desempleados y el de tasa de paro, que ya supera el 26%. Este porcentaje se encuentra ligeramente por encima de los máximos alcanzados en la crisis de la década de los 80 y en la de 1992-93. La situación, sin embargo, ahora es mucho más grave que entonces y nos coloca al borde del abismo de la pobreza.

Dejando aparte el hecho de que ahora no podemos devaluar la moneda para salir de la crisis, lo primero a tener en cuenta es que no tenemos fondos europeos que nos ayuden a amortiguar el impacto socio-laboral de la misma y coadyuven a generar puestos de trabajo. En la crisis de los 80 España recibió mucho dinero de la Unión Europea en forma de ayudas de adaptación de la estructura económica a las exigencias de la pertenencia al mercado común, que amortiguaron en buena medida el impacto negativo sobre el empleo que tuvieron las varias reconversiones industriales, así como la del sector agrícola, que hubo que llevar a cabo. En la de 1992-93 también se recibió mucho dinero para la modernización de las infraestructuras, lo cual, al aportar en promedio un punto al crecimiento anual del PIB, contribuyó a crear muchos puestos de trabajo. Ahora, sin embargo, no vamos a contar con este tipo de ayuda porque hemos pasado a ser contribuyentes netos a las arcas de la UE y porque incluso tenemos ya un exceso de infraestructuras. En consecuencia, en esta crisis no vamos a poder contar con el concurso de los fondos europeos para recuperar los niveles de empleo, como pudimos hacer en el pasado.

De la misma forma, mientras en las crisis anteriores hubo expectativas de entrada de grandes flujos de capital internacional, expectativas que se vieron más que satisfechas, esas expectativas ahora no existen. Para superar la crisis de los 80 resultó de gran ayuda la instalación en nuestro territorio de muchas multinacionales que querían aprovechar nuestras ventajas en términos de costes laborales para competir en el mercado comunitario. En la década de los 90, la confianza que infundió a la economía española el saneamiento que llevó a cabo el Gobierno de José María Aznar para que fuéramos socios fundadores del euro se tradujo en nuevas inversiones que impulsaron el empleo. Ahora, sin embargo, no hay razón alguna para que vuelvan a repetirse estas entradas de capitales tan beneficiosas, sobre todo teniendo en cuenta que tienen destinos alternativos tanto o más atractivos que España en las denominadas economías emergentes. Dicho de otra manera, vamos a tener que apañárnoslas nosotros solitos para poder volver a crear puestos de trabajo, lo que pasa necesariamente por acabar con la cultura de la protección y del empleo de por vida y por favorecer la aparición de vocaciones empresariales.

Por último, tenemos él más que abultado déficit público. En la crisis de los 80, lo mismo que en la de los 90, el desequilibrio de las cuentas públicas llegó a alcanzar un máximo en el entorno del 6,5% del PIB. En esta, como es bien sabido, hemos superado el 11% en 2009, hemos registrado un 9,3% en 2010, bajamos ligeramente al 8,9% en 2011 y en 2012 muy probablemente hemos vuelto a superar el 8%. Esta diferencia es consecuencia, en gran medida, de la tremenda expansión que ha registrado el sector público, en particular las comunidades autónomas, a lo largo de los quince últimos años. En las crisis anteriores bastaba con congelar inversiones, recortar algunos gastos y subir un poco los impuestos para resolver el problema; en esta tenemos, necesariamente, que forzar el adelgazamiento de lo público, entre otras cosas prescindiendo de entre un millón y un millón y medio de empleados públicos que, por otra parte, no necesitamos para nada, lo cual es necesario para reducir el déficit y poder bajar impuestos, pero también supone engrosar todavía más las ya de por sí numerosas legiones de parados.

De todo esto se deriva la gravedad del problema de desempleo que tenemos en nuestro país. El problema es que nuestros políticos no quieren darse por enterados de cómo están las cosas y piensan que si la economía vuelve a crecer, todo se va a resolver por sí mismo. Nada más lejos de la realidad. Aquí no hay más que dos opciones: o se agarra el toro por los cuernos de una vez y se hace lo que se tiene que hacer, empezando por cerrar las autonomías, o tenemos que empezar a prepararnos para ser pobres, muy pobres, porque todo esto pasa y está pasando, no lo olvidemos, con unas familias muy endeudadas que están perdiendo sus viviendas y con un sistema de pensiones que ya ha entrado en déficit y va abocado, de forma irremisible, a la quiebra.

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