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Domingo Soriano

¿Cuánto cuesta la estupidez y por qué permitimos que nos traten así?

No hay nada gratis. Pero nuestros políticos (los de izquierda, los de la derecha y los mediopensionistas) han decidido hacer como que hacen.

Domingo Soriano
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No hay nada gratis. Pero nuestros políticos (los de izquierda, los de la derecha y los mediopensionistas) han decidido hacer como que hacen.
Una imagen de Anfield, el estadio del Liverpool, este sábado, durante su encuentro de la Premier League contra el Burnley. | EFE

Cojo sólo algunos ejemplos, todos ellos sufridos en esta última semana:

** Instrucciones del personal de cabina durante un vuelo. "Según el protocolo Covid, tendrán que mantener una distancia de seguridad de un metro y medio". Risas de los pasajeros (el avión iba lleno sin un asiento libre). "Bueno", explica, "nos referimos a cuando no estén sentados". Es decir, que 200 personas podemos pasar 5 horas codo con codo encajonados en un avión, pero en la cola de las maletas, con unos techos de cinco metros de altura, hay que dejar dos metros de separación.

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** Cartel en la entrada en una playa española, agosto de 2021. Está prohibido "ir descalzo en las zonas comunes", "barbacoas y reuniones nocturnas", "juegos y deportes en la orilla", "deportes en grupo", "flotadores y elementos recreativos". Hay que mantener "una distancia de 4 metros entre sombrilla y sombrilla". El cartel es delirante y nos parecería una broma si no fuera uno de muchos con los que nos hemos encontrado este año (sólo le hemos quitado el nombre del municipio al que pertenece porque no queremos entrar en una guerra de ‘no te metas con mi ciudad’ y porque, por lo visto a lo largo del verano, no es muy diferente a lo que uno puede encontrarse en el resto de España).

** Espectáculo público al aire libre, día 21 de agosto. Aforo máximo permitido del 40%. Por los altavoces repiten constantemente que está prohibido "comer y beber, excepto agua". Colas y aglomeraciones en la entrada porque se toma la temperatura a todos los asistentes y se revisan los bolsos para evitar la introducción de comida. Eso sí, tras las colas en la calle, con todo el mundo pegado al de delante, mascarilla obligatoria dentro del recinto.

*** Normas para una boda (visto en Twitter y confirmado por los novios del enlace al que asistiré en quince días): "Música: en el evento puede haber música ambiente en directo siempre que el cantante no interactúe con los invitados ni promueva el canto ni el baile entre ellos porque son actividades de altísimo riesgo que en estos momentos están expresamente prohibidas. Excepto los novios en el momento del baile nupcial exclusivamente. Está expresamente prohibido cantar y bailar durante toda la celebración".

*** Medidas para el próximo curso en los colegios de la Comunidad de Madrid (y la pongo como ejemplo porque intuyo que es una de las más aperturistas de España). Documento de ¡¡90 páginas!! con instrucciones para los centros; mascarilla obligatoria para los mayores de seis años, aunque "podrá flexibilizarse" su uso "de acuerdo con la evolución epidemiológica", eso sí, ¡¡sólo en el exterior!!; se mantienen la distancia interpersonal de 1,2 metros en las aulas, los grupos burbuja y las entradas escalonadas en los centros; no podrán desarrollarse "actividades que mezclen distintos grupos de convivencia"...

Y todo lo anterior es lo que tenemos en agosto de 2021. Con uno de los porcentajes de vacunados más elevados del mundo. Lo del curso 2020-21 ha sido dantesco. Si pensamos sólo en las normas que afectaban a los colegios y a las actividades extraescolares, sale para hacer un libro: niños a los que se obligaba a cambiar de zapatos al llegar al centro; zonas acotadas para padres para ver el partido del fin de semana (se conseguía que los padres acabasen aglomerados en esos 20m2 que les habían reservado en vez de repartidos por todo el campo); prohibidos los balones para jugar al fútbol en el patio (han jugado con piedras, latas, pelotas de papel albal...); pasillos diferentes para entrar en el colegio por edades (de nuevo, lo que siempre se ha hecho con normalidad ahora generaba aglomeraciones porque esos pasillos actuaban como embudo)...

Cada uno tendrá su propia lista de los horrores, apenas se puede poner un pie en la calle sin encontrarse con alguna obligación sin sentido. O contraproducente: muchas de esas medidas acaban generando situaciones más peligrosas que las que en teoría querían evitar. Yo me puse a hacer la mía el otro día, cuando me encontré a un tipo en RRSS que publicaba un vídeo que había grabado en un centro de salud en Dinamarca, en el que nadie llevaba mascarilla. Allí hace ya dos meses que las mascarillas no son obligatorias en interiores. En el exterior, ¡¡nunca lo fueron!! Y lo pongo entre signos de exclamación por enfado, no por asombro. Hice una mínima búsqueda en RRSS de otras imágenes de países del norte de Europa y sólo te quedan ganas de llorar: estadios llenos; normalidad absoluta en calles, terrazas, comercios; colegios y universidades en modo 2019, etc.

Coste-beneficio

Pero se supone que esta columna es económica. Así que vamos a lo nuestro: ¿cuánto cuesta la estupidez? En dinero y en lo que no es dinero. Porque no hay nada gratis. Nuestros políticos (los de izquierda, los de la derecha y los mediopensionistas) han decidido hacer como que hacen. Y en un primer vistazo puede parecer que esto no tiene más resultado que el enfado del ciudadano perplejo. No es así. Tiene consecuencias económicas: desde el que no saca la entrada del fútbol porque no le da la gana animar a su equipo con mascarilla, hasta el extranjero que dice "nunca más España" cuando se ve sometido a normas absurdas que en su país hace meses que olvidaron o nunca tuvieron. Y también tiene otras derivadas, como las sanitarias: tendremos ocasión de ver los efectos a medio plazo sobre niños y jóvenes de la persecución, cercana a la crueldad, a la que han sido sometidos en el último año y medio.

Este análisis, el de coste-beneficio, no está en nuestras vidas. El otro día poníamos el ejemplo del cambio climático, pero podríamos decir algo muy parecido de cómo enfrentamos el Covid. Es esa idea absurda e ilógica de "lo que sea con tal de evitar un nuevo contagio". No, "lo que sea" no. Si quieres hacer "lo que sea" para evitar una muerte, terminas prohibiendo los coches para que no haya accidentes de tráfico. Y el resultado final es que hay más muertes por la falta de coches.

Un ejemplo al que me gusta mucho recurrir: pensemos en una persona que está en su casa y se pregunta por la mañana "¿qué es más arriesgado: salir a la calle o quedarme en casa?" Si tomamos cada día de forma aislada, quizás sea un poco más arriesgado salir a la calle. La probabilidad de accidente es mínima en los dos casos, pero quizás un poco (poquísimo) más alta si sale. Pero si cada día, uno tras otro, decide quedarse en casa encerrado "para minimizar los riesgos"... en realidad los está disparando: después de 500 días dentro de su domicilio, estará destrozado tanto física como psicológicamente. Es contraintuitivo, pero la decisión que cada día parece más segura acaba siendo arriesgadísima en el acumulado.

Con el Covid, estamos siendo el tipo que se queda en casa cada día. Como con el uso de la mascarilla. Y sí, admito que hay algo casi personal, porque es la norma que más he odiado en mi vida. En este año y medio, ¿hemos evitado unos pocos (poquísimos) contagios por haberla hecho obligatoria en la calle? Probablemente se puedan contar con los dedos de una mano. A cambio, ¿qué otros riesgos hemos asumido? Desde reuniones caseras que no se habrían dado si encontrarse en la calle fuera más normal hasta personas más miedosas, encerradas en su mundo, obsesionadas...

Además, todo esto de hacer un listado de pros-contras sirve para las normas mínimamente sensatas. Porque sé que no es sencillo poner un límite y hay una enorme zona gris entre los que defienden un poco más de precaución y los que creemos que a medio plazo lo mejor es que aprendamos por nosotros mismos y que ajustemos las medidas a nuestras circunstancias particulares. No hay un criterio perfecto ni pretendo que el mío lo sea.

Pero en el listado con el que encabezo este artículo no hay nada que esté cerca de poder defenderse a estas alturas. ¡¡¿¿Prohibidos los flotadores??!! Son restricciones absurdas e ilógicas, la mayoría sin ningún impacto en el control de una epidemia. Y las que pueden tener algún sentido en situaciones extremas, porque reducen mínimamente el riesgo de contagio, son ahora disparatadas por exageradas y no ligadas a la evolución real de la enfermedad. Nos las han puesto para poder decir "estoy haciendo algo".

Es como esas leyes de seguridad e higiene en el trabajo que todos sabemos que son inaplicables. No las aprueban para mejorar nuestra seguridad ni nuestra higiene. Lo único que quieren es que el día que haya un accidente, el burócrata o político de turno pueda revisar las 200 normas que debería haber seguido una empresa y decir "no cumplió el artículo 164.b-ii". Y todo resuelto, la culpa ya no es suya.

La segunda pregunta es por qué los daneses (y muchos otros) no dejaron que sus políticos les hicieran esto. Estoy seguro de que los líderes nórdicos también querían, pero allí vieron que sería contrario a sus intereses. Que les haría perder votos. En España la carrera era en dirección opuesta: a ver qué presidente autonómico o alcalde aprobaba la norma más estúpida, pero más aparatosa, que le permitiera ponerse la medalla de "os estoy protegiendo, estáis sanos gracias a mí". Y esa actitud borreguil que hemos tenido de "ponte la mascarilla, niño, que estamos en la calle y es obligatoria", aunque no haya nada nadie a menos de 300 metros de distancia.

¿Cuánto cuesta la estupidez? ¿Por qué les dejamos que nos traten así? Para las dos preguntas más importantes de este último año y medio, sigo sin tener respuesta.

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