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¿Por qué la estanflación aterra a los economistas?

La guerra en Ucrania no ha hecho más que acrecentar el miedo a un estancamiento económico acompañado de una inflación disparada.

La guerra en Ucrania no ha hecho más que acrecentar el miedo a un estancamiento económico acompañado de una inflación disparada.
Alamy

Siempre ha existido cierto debate entre economistas sobre si mantener niveles de inflación elevados es o no positivo para el funcionamiento de la economía. Pese a ello, el consenso parte de la idea de que aumentos moderados en los precios contribuyen a impulsar el crecimiento, mientras que los escenarios deflacionistas deprimen la economía.

Sin embargo, la realidad no siempre encaja con los supuestos preestablecidos. Así, en la década de 1970, un nuevo fenómeno sorprendió a los economistas: la estanflación, una mezcla entre estancamiento económico e inflación. Dos elementos que se pensaba nunca podrían acontecer al mismo tiempo. En ese caso, la crisis del petróleo de 1973 tuvo mucho que ver, y es que las restricciones de oferta de la OPEP elevaron los precios en toda la cadena productiva, disparando la inflación. Al mismo tiempo, las recetas keynesianas fracasaron a la hora de utilizar las clásicas herramientas de estímulo de la economía, unas herramientas que ya estaban desgastadas tras la II Guerra Mundial.

Y es que, en este tipo de escenarios, las políticas fiscales y monetarias se encuentran entre la espada y la pared. Si se facilita el crédito y el consumo, la inflación se dispara aún más, mientras que, si se reducen los estímulos, se intensifica la recesión.

A día de hoy, y salvando las distancias, todo esto nos resulta peligrosamente familiar. Cambiemos II Guerra Mundial por coronavirus, y crisis del petróleo de 1973 por crisis energética tras la Guerra de Ucrania. ¿Estamos cerca de repetir un escenario de estanflación?

Antecedentes

Pese a lo que muchos medios y analistas apuntan ahora, los riesgos de estanflación se remontan a mucho antes de la invasión de Rusia a Ucrania. Así se ha venido alertando en Libre Mercado desde hace meses (aquí, aquí, aquí, aquí o aquí). Entre los múltiples motivos que presagiaban este escenario, podemos destacar los siguientes, todos ellos estrechamente interrelacionados:

  • El repunte de la inflación.

Aunque los bancos centrales se han empeñado en restar importancia a la escalada de precios y calificarla como transitoria, lo cierto es que la inflación ha llegado para quedarse. El despegue de la demanda una vez superados los peores momentos de la pandemia se ha visto reforzado por la histórica inyección de dinero por parte de los gobiernos de todo el mundo, ya sea mediante programas de aumento del gasto público y flexibilización de las reglas de estabilidad fiscal como a través de los estímulos monetarios (tipos de interés en cero o negativos, programas de recompra de deuda…). Recordemos que, antes del estallido de la guerra en Ucrania, la inflación en la UE ya estaba disparada en el 5,6%, mientras que en España alcanzó el 7,4% en febrero. Unas cifras que llevaron a Bruselas a recortar las previsiones de crecimiento para la Unión.

  • El agotamiento de las políticas expansivas.

El dinero gratis llegó a su fin. Conscientes del repunte de la inflación y el peligro de recalentamiento de la economía, los bancos centrales, liderados por la Reserva Federal de los EEUU, han anunciado sus planes para elevar progresivamente los tipos de interés y reducir el ritmo de compra de activos (tapering). El Banco Central Europeo, aunque más rezagado, comenzará a tomar decisiones tras su reunión de política monetaria del 10 de marzo.

  • Una cuestionable política energética.

El fuerte impacto que el encarecimiento de la energía está teniendo sobre los niveles de inflación podría haberse mitigado con una política energética sensata. A saber, como ya explicamos, la pretensión de disminuir la huella de carbono en la economía ha paralizado la inversión en nueva capacidad extractiva de gas y petróleo, mermando la oferta de estos recursos y favoreciendo su encarecimiento en pleno boom de demanda. Esto, unido a la fuerte dependencia europea al gas proveniente de Rusia no ha hecho más que empeorar la situación. Todo ello, mientras se condena al ostracismo a una energía limpia y barata como es la nuclear.

Ucrania: llueve sobre mojado

Pese a que los factores comentados han contribuido a crear un caldo de cultivo para la estanflación, es cierto que la invasión de Ucrania y las sanciones económicas impuestas sobre Rusia han incrementado notablemente la probabilidad de que dicho escenario se materialice, tal y como empiezan a recalcar numerosos expertos.

Michael Hartnett, estratega jefe de inversión de Bank of America, considera que "la estanflación en la UE parece muy probable". Por su parte, Mario Centeno, miembro del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, advirtió de que "hay escenarios de estanflación frente a nosotros. Obviamente dependerá de la duración del conflicto y de la respuesta más o menos concertada (en política fiscal) de los europeos".

También la AIReF ha señalado que "la invasión de Ucrania eleva el riesgo de un escenario de estanflación en la Unión Europea, donde la elevada inflación podría tornarse más persistente, desatando espirales alcistas y efectos de segunda ronda que complicarían el proceso de normalización de la política monetaria".

Algunos de los factores que acrecientan estos temores están relacionados con el mercado energético. La posibilidad de que los países occidentales disminuyan o incluso suspendan la importación de gas ruso han disparado los ya de por sí tensionados precios de este recurso. Durante el lunes 7 de marzo, los futuros del gas TTF para entrega en abril pulverizaron su récord al cotizar en 345 euros MWh. Por su parte, el petróleo brent se ha consolidado por encima de los 110 dólares ante la amenaza de sanciones al crudo ruso, alcanzando por momentos niveles de 130 dólares, no vistos desde el año 2008. Recordemos que las fuertes subidas en los precios del crudo han precedido históricamente episodios de recesión económica.

Otras materias primas se están viendo seriamente afectadas por la guerra en Ucrania y alimentando la escalada inflacionista. Rusia y Ucrania, conjuntamente, representan alrededor del 29% de las exportaciones mundiales de trigo y el 19% de las de maíz, por lo que la ruptura de las cadenas de suministro por el conflicto armado, unido a las sanciones, han repercutido en niveles de precios no vistos desde más de una década. Peor aún es la situación del aceite de girasol, cuyo mayor productor y exportador mundial es Ucrania. Su precio se ha disparado y los supermercados se han visto obligados a establecer racionamientos.

Tampoco podemos olvidar el impacto que la guerra en el suministro del gas neón o el paladio. Ucrania y Rusia son, respectivamente, los principales exportadores de estos elementos utilizados en la fabricación de microchips, por lo que su encarecimiento complicaría aún más la situación del sector.

Todos estos factores contribuirán indudablemente a alimentar la inflación. Los márgenes empresariales se comprimirán, el consumo y la inversión se resentirán, mermando el crecimiento. Todo ello en un momento en que los vientos de cola de las políticas expansivas y la recuperación postpandémica empiezan a agotarse. Agárrense, que se acerca la estanflación.

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