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Diego Barceló Larran

Yolanda Díaz acabará con las naranjas

Cada vez que se puso un precio máximo (algo inútil para combatir la inflación), las empresas, lógicamente, defendieron sus derechos.

Cada vez que se puso un precio máximo (algo inútil para combatir la inflación), las empresas, lógicamente, defendieron sus derechos.
Yolanda Díaz y Alberto Garzón, este lunes | LM

Una de las diferencias entre el comunismo y el nazismo se da en el terreno económico. Los comunistas quieren abolir la propiedad privada de los medios de producción, como medio para eliminar la explotación. De ahí que opten por nacionalizar la banca, el transporte, las empresas de energía y otras, tal como se establece en el Manifiesto Comunista.

El criminal Hitler, en cambio, pensó: "¿para qué voy a nacionalizar las empresas si pueden hacer lo que yo les diga?". Entonces, en la Alemania nazi, la propiedad seguía formalmente en manos de los dueños de las empresas. Pero, en la práctica, no disponían de lo propio: se limitaban a cumplir las órdenes del gobierno, que les decía qué y cuánto producir, y a qué precio vender y contratar insumos y mano de obra (muchas veces procedente de los campos de concentración).

El gobierno del mentiroso Pedro Sánchez es verdaderamente peculiar. Es el único en Europa del que forman parte comunistas. Sin embargo, a la hora de la "gestión" económica, esos mismos comunistas optan por los métodos nazis.

Lo van haciendo de a poco, pero de forma persistente. Por ejemplo, en lugar de expropiar las viviendas, determinan en qué medida se pueden subir los alquileres. En lugar de expropiar las empresas energéticas, les impiden explorar y explotar el gas que hay en Asturias y Burgos, les dicen qué precio máximo de gas deben pagar y, si les parece que ganan "demasiado", se les impone un nuevo tributo. En lugar de expropiar Deliveroo, aprueban una ley que impone condiciones inasumibles ("ley Riders") para que la empresa se vaya del país.

El último ejemplo es la propuesta de la ministra Yolanda Díaz (la misma que dijo que "el comunismo es la democracia y la libertad") para alcanzar un "gran acuerdo con la gran distribución y los consumidores" para poner un precio máximo a determinados alimentos básicos que se consideren "saludables": pan, leche, huevos, fruta, verduras. Un acuerdo del tipo de los de Vito Corleone ("una propuesta que no rechazarás").

Limitar el precio de un producto en el supermercado es limitarlo también en cada una de sus etapas de producción. Por lo tanto, la fingida inocencia de controlar apenas un puñado de productos es en verdad una intervención masiva: supermercados, transportistas y proveedores de materias primas, todos serían golpeados. Sus respectivos trabajadores, también.

Decir que hay un margen de ganancia de 800% porque esa es la diferencia entre el precio de venta final y el precio pagado al productor de naranjas, es de una ignorancia temeraria. Esa naranja, para llegar al consumidor, tiene que ser recogida, lavada, transportada, envasada, almacenada y puesta en el lineal. Además de los costes adicionales que pudiera haber (marketing, etc.), hay uno fundamental que es el riesgo, mucho más cuando se trata de productos frescos. Porque puede ocurrir que, después de todas esas etapas, el consumidor prefiera comprar manzanas y lo que iba a ser una ganancia, pase a ser una pérdida.

¿A cuánto se tienen que vender las naranjas? Al precio que dispongan pagar los consumidores en cada momento. Es decir, al precio que libremente se fije en el mercado. Un mecanismo precioso, capaz de solucionar todos los problemas de información y coordinación que los planificadores soviéticos no pudieron resolver jamás.

Cada vez que se puso un precio máximo (algo inútil para combatir la inflación), las empresas, lógicamente, defendieron sus derechos. Eso puede incluir desde rebajar la calidad del producto (para que sus costes sean asumibles al precio intervenido) hasta parar la producción, pasando por varias alternativas intermedias. Por eso, hay que saberlo desde el principio: si el gobierno juega con el precio de las naranjas, nos estamos jugando el quedarnos sin naranjas.

Hay que entender algo más importante: no estamos hablando de precios ni de economía. Estamos hablando de nuestra libertad, para producir, vender, comprar y ejercer libremente toda industria lícita. Una libertad crecientemente amenazada por un gobierno liberticida, que mientras se inspira en el Manifiesto Comunista, no duda en aplicar las técnicas expropiatorias de los economistas nazis.

Diego Barceló Larran es director de Barceló & asociados(@diebarcelo)

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