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Domingo Soriano

La imposibilidad económica de la Europa de 2022

El principio básico no ha cambiado: no se puede calcular sin precios y seguirá sin poderse, por muy listos que se crean y muchos excel que manejen.

El principio básico no ha cambiado: no se puede calcular sin precios y seguirá sin poderse, por muy listos que se crean y muchos excel que manejen.
Emmanuel Macron, esta semana, durante una recepción en el Palacio del Elíseo. | EFE

Hace algo más 100 años, Ludwig von Mises nos alertó de la imposibilidad del cálculo económico en una economía socialista.

La afirmación tiene su miga. Porque nos dice que el comunismo no sólo era malvado (que lo era). E inmoral (que también). No sólo estaba dirigido por miserables (casi todos). E ignoraba cualquier enseñanza previa sobre la naturaleza humana (nos trataba a todos como si fuéramos robots a los que programar). Es que, además, era inviable desde el inicio. Sin precios, el cálculo económico no era posible.

Políticamente, el sistema podía sostenerse a base de una enorme coacción. No es extraño que fueran las sociedades más represivas de las que hayamos oído hablar. Pero desde un punto de vista económico, estaba condenado antes de empezar. Miren a Corea del Norte: ningún otro ejemplo mejor de lo que son el socialismo real y sus consecuencias. La URSS, Cuba o Venezuela no llegaron a ese extremo porque (i) permitieron pequeños espacios de capitalismo en sus sociedades (mercados negros, pequeñas propiedades privadas, algún intercambio con países no comunistas...) y (ii) porque copiaron a mansalva todas las innovaciones tecnológicas que inventaban los odiosos yankees. Pero el fracaso económico fue absoluto y no por maldad o porque lo aplicaran mal, sino porque era inevitable.

Los precios son un mecanismo de coordinación excepcional. El mejor, junto al lenguaje, que ha desarrollado nunca el ser humano. Y decimos desarrollado porque nadie lo ha inventado (como el lenguaje), sino que surgió de forma espontánea y a través de un proceso descentralizado de prueba y error.

Cuando un comerciante sube un precio, lo que hace en realidad es enviar miles de mensajes simultáneos. Y cada uno de ellos contiene los incentivos exactos:

A sus clientes les dice que ese producto es más escaso en términos relativos que el día anterior. Más escaso porque hay menos en términos físicos o porque, habiendo lo mismo, es más demandado. ¿Incentivo? Consume menos de esto y busca alternativas en otros sitios.

A los productores, de ese producto y de otros, les alerta de que allí hay algo que ahora vale más. Los beneficios (y sobre todo los beneficios muy elevados que tanto molestan a la prensa), si no están maquillados por una ayuda pública en forma de regulación o protección, son una señal perfecta. Al que los gana, de que está haciendo algo muy valioso para los demás; a los que observan desde fuera, de que tenemos terreno empresarial por explorar y explotar.

Porque un beneficio elevado nos dice que o bien está vendiendo con mucho margen (imitemos ese producto para rascar también un poco nosotros) o bien está vendiendo mucho (produzcamos más para poder vender también nuestra parte) o las dos cosas.

Por supuesto, también les dice a los que puedan poner en el mercado productos sustitutivos que quizás ahora sea el mejor momento para convencer al consumidor de que cambie sus hábitos de compra. Y el consumidor, viendo ese precio, se lo planteará más en serio que nunca.

Habrá quien piense que hoy hablamos de precios y recordamos todo esto de la coordinación, la información que transmiten estos precios y el fracaso del experimento socialista en la URSS por la famosa cesta de la compra de Yolanda Díaz. Pero no.

Es decir, sí, la idea es absurda y pone en peligro uno de los sectores que mejor funcionan en España, el de la distribución minorista. Pero, quizás por eso, ha sido contestada de forma casi unánime. Es que no le parece una buena idea ni a sus compañeros del Consejo de Ministros.

Lo que me preocupa más es lo suavecito que pasan, casi sin que nos demás cuenta, otras. Cada día hay más sectores de la Economía intervenidos por los gobiernos europeos. Este año, con la excusa de la inflación, se han desatado. De Macron a Von der Leyen, no hay semana en el que algún político de los moderados, los no populistas, los técnicos, los científicos, meta la mano y el decreto en un sector. En realidad, los precios, ese lenguaje que nos coordinaba, ya no existen, en términos prácticos, en el mercado de trabajo de personal no cualificado, la energía, el sector financiero (ahora quieren acabar con las hipotecas), la vivienda (por ejemplo, en las ciudades con restricciones al alquiler pero también pienso en los límites a la edificación), parte del transporte, servicios públicos como la educación o la sanidad...

No son cuestiones menores. No es sólo que el Gobierno se quede con el 50% de lo que producimos cada año (unos más, otros menos, pero esa mitad es lo que mejor representa a Europa en estos momentos). Es que nos han quitado la forma de comunicarnos. Imagínense a dos tipos hablando por teléfono, uno en checo y el otro en portugués. ¿Llegarían a alguna conclusión? No, imposible. Alguna palabra entenderían. Algo podrían transmitirse el uno al otro con las exclamaciones o el tono. Pero la conversación es imposible. Sin precios, el mercado es igual. Vamos, no es.

Por supuesto, este destrozo no es obra de los comunistas. Son los académicos, economistas y políticos de las llamadas "democracias liberales" los que lideran la carga. Las intervenciones en los precios de todos estos sectores son hijas de papers, leyes, estudios e informes muy sofisticados. De los mismos que esta semana se reían de Díaz. Porque poner un precio al pollo es imposible (¡qué taruga, la ministra!) pero ponérselo a la energía sí se puede, que ellos acaban de plantear un modelo con muchas variables que refleja la evidencia empírica conocida hasta la fecha.

No se engañen, detrás de los últimos cuarenta años en el Viejo Continente, de parálisis económica, mínima innovación, crecimiento anémico... lo que hay son precios que no existen, coordinación que no se produce, conversaciones absurdas entre un checo que no sabe portugués y un portugués que no sabe checo.

Esta semana, la UE ha decretado un nuevo impuesto para reducir los beneficios extraordinarios en el mercado energético. Cero pena por mi parte. Si hay un mercado intervenido y unas empresas politizadas que se merecen el castigo son las energéticas. En realidad, tampoco creo que vaya a cambiar mucho, el último ursulazo que llega desde Bruselas es una intervención más en un sector fosilizado.

La imposibilidad del cálculo económico en la UE no es una crítica, es una descripción. Por supuesto, esto no nos convierte en Corea del Norte. Y es que ni siquiera la URSS era Corea del Norte; ni la Argentina peronista es la URSS; ni la UE es la Argentina peronista. Al final, es todo cuestión de grados. De cuánta coordinación destrozas y de cuánto dejas que nos comuniquemos. Pero el principio básico, que es imposible, no ha cambiado: no se puede calcular sin precios y seguirá sin poderse, por muy listos que se crean y muchos excel que manejen.

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