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Manuel Fernández Ordóñez

Tirar 33.000 millones a la basura

Debemos ser capaces de crear la riqueza para afrontar con garantías los efectos climáticos futuros y deberíamos empezar por no tirar el dinero.

Debemos ser capaces de crear la riqueza para afrontar con garantías los efectos climáticos futuros y  deberíamos empezar por no tirar el dinero.
Central Nuclear de Ascó I y II en Tarragona. | Europa Press

¿No les parece extraño que aquellos que dicen ser los más preocupados por ciertos problemas son, precisamente, los que más se oponen a las tecnologías que podrían solucionar esos problemas? Los que claman por eliminar el hambre en el mundo se oponen sistemáticamente a los alimentos transgénicos. Los que claman por terminar con la pobreza en el mundo se oponen a que los países pobres confíen en las inversiones de capital y en el mercado. Y los que nos dicen que vivimos en una emergencia climática se oponen a la energía nuclear, la tecnología que ha demostrado ser más útil que ninguna otra para descarbonizar los sistemas eléctricos. ¿Creen ustedes que es casualidad?

No es la primera vez que en esta columna escribo sobre Bastiat. En concreto sobre su famosa refutación acerca del convencimiento generalizado de que la destrucción genera riqueza. Esta falacia tan ampliamente extendida -incluso entre premios Nobel de economía- consiste en creer que cuando algo se destruye debe ser reconstruido y esto hace que se genere riqueza neta. Así, creen que una enorme riqueza se genera después de una guerra al tener que reconstruir el país o después de una catástrofe natural, por las mismas razones. Si eso fuera cierto, estaríamos continuamente destruyendo cosas y seríamos extraordinariamente ricos.

Pero la realidad no funciona así, ¿verdad? Si tienes una casa y alguien te la destruye, después de gastarte el dinero reconstruyéndola, estarás igual que al principio, tendrás una casa. Pero no tendrás dinero para otras cosas, porque te lo habrás gastado simplemente en reponer algo que ya tenías y te quitaron.

De este modo, si en España cerramos nuestras centrales nucleares tendremos que sustituirlas por otras tecnologías de generación de electricidad que deberán ser construidas. Esto nos costaría unos 33.000 millones de euros y terminaríamos (con suerte) igual que empezamos, es decir, siendo capaces de producir una determinada cantidad de electricidad. Pero si eso ya lo tienes garantizado con las centrales nucleares, ¿para qué cerrarlas, qué ganamos con ello? En un país con una deuda del 95% del PIB y un déficit de 90.000 millones de euros, este tipo de derroches serían similares a si usted le debiera a un prestamista un año entero de su sueldo, cada mes gastara más dinero del que gana y aun así decidiera que va a tirar a la basura un coche eléctrico que puede funcionar perfectamente 20 años más para cambiarlo por otro que tiene una autonomía de la batería cuatro veces menor. ¿No es acaso una estupidez?

Operar las centrales nucleares españolas durante 20 años más requeriría unas inversiones muy contenidas, en comparación con el coste de sustituirlas. Con esa mínima inversión dispondríamos de una tecnología que produciría el 20% de la electricidad de España durante décadas. No hay nada que pueda competir con eso. Cerrar las centrales nucleares implicaría tirar un dinero que no tienes, aumentar la quema de gas, aumentar las emisiones de CO2, pagar más en derechos de emisión, tener una electricidad más cara, desequilibrar la balanza de pagos nacional y, lo más importante, que muera más gente por la contaminación del aire. Todo ello por el mero hecho de cumplir agendas políticas basadas en corrientes ideológicas que repiten las mismas monsergas anticientíficas una y otra vez, desde hace más de 50 años.

Tirar el dinero acarrea que no lo tengas cuando te hace falta. Y esos 33.000 millones nos harán mucha falta para poder construir las infraestructuras necesarias con el fin de protegernos del cambio climático, viendo que estamos fracasando estrepitosamente en el objetivo de reducción de las emisiones. Y como estamos fracasando, necesitaremos adaptarnos. Los ciudadanos de los países ricos del mundo son los que menos sufrirán las consecuencias climáticas. ¿Dónde prefieren ustedes pasar un verano a 45ºC, en una chabola de lata o en una casa con aire acondicionado y piscina?

Debemos ser capaces de crear la riqueza para afrontar con garantías los efectos climáticos futuros y, para ser ricos, deberíamos empezar por no tirar el dinero. Así, además de infraestructuras, conseguiríamos también no hacer el ridículo, para variar.

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