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Una economía desangrada

Los keynesianos actúan como esas viejas tribus en las que, cuando la enfermedad asolaba el poblado, no recurrían al médico, sino al brujo. En lugar de analizar la causa de la afección y tratar de corregirla, se conforman con la danza tribal de un chaman.

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Siento debilidad por los humoristas involuntarios, esas voluntariosas voces públicas que se esfuerzan en defender con una argumentación sólida sus ideas, pero que terminan cayendo en el absurdo. Uno de mis favoritos es Paul Krugman, el paladín del pensamiento keynesiano que dijo que un ataque alienígena nos sacaría de la crisis. No sólo representa a la perfección tan dañina ideología, sino que además no duda en rozar el ridículo cuando la realidad invalida sus tesis. Krugman afirma esta semana en The New York Times que moderar el gasto público en estos momentos es tan absurdo como la antigua práctica médica de la sangría, que consistía en sacarle sangre al paciente para así eliminarle los "malos humores". Tiene su gracia, porque yo mismo propuse un paralelismo semejante en una columna anterior, aunque en sentido contrario. Afirmé que los keynesianos actúan como esas viejas tribus en las que, cuando la enfermedad asolaba el poblado, no recurrían al médico, sino al brujo. En lugar de analizar la causa de la afección y tratar de corregirla, se conforman con la danza tribal de un chaman. En nuestro caso, la de un banquero central.

Ambas metáforas se apoyan en la misma base: no conocer las causas de los problemas. Tanto las sangrías como las danzas de chamanes como método curativo no se basaban en el análisis de las causas de la enfermedad, sino en creencias infundadas, en teorías populares. Lo mismo sucede en economía. Los fieles seguidores de Lord Keynes, como Krugman, jamás hablan de las causas de la crisis, sino que se lían con las consecuencias. Escriben sobre la sequía crediticia, sobre la caída de la demanda, sobre Lehman Brothers o sobre grandes bancos, pero son incapaces de detectar el origen de los problemas. Y tiene lógica, porque la crisis es un monstruo que los keynesianos alimentaron. Ahí está, como expuesto en un escaparate de la infamia, aquel artículo en el que el propio Paul Krugman exigía a la Reserva Federal la creación de una gigantesca burbuja inmobiliaria para solucionar la recesión anterior.

Las crisis económicas, aunque los keynesianos las consideren inexplicables maldiciones que vienen del cielo, tienen una causa real y perfectamente solucionable. Suceden porque, tras un periodo de expansión monetaria en la que se han inoculado burbujas económicas, la estructura productiva queda distorsionada. Muchas inversiones en factores productivos y empresas en funcionamiento están orientadas a producir una serie de productos que la sociedad realmente no necesita, pero que durante la burbuja encontraban una demanda artificial. En la crisis actual, tenemos una estructura productiva destinada a producir demasiadas casas, edificios e infraestructuras, y teníamos un sistema financiero que había comprometido mucho dinero en préstamos a este tipo de inversiones.

Los keynesianos dicen que, por algún motivo desconocido, el problema es que falta demanda y que hay que estimularla. Pero eso es absurdo. No hay que tratar de mantener inflada la burbuja de la construcción, como se hizo con los diversos planes E, sino permitir que la estructura productiva se reconvierta para producir los bienes realmente demandados por la sociedad. El problema es que la medicina ritual keynesiana, basada en gasto público, inyecciones monetarias y bajos tipos de interés, trata de impedir esta reestructuración. Al igual que en el caso de las sangrías, el desconocimiento de las causas que originan el problema lleva a aplicar la terapia inadecuada. Al final se termina con un paciente cada vez más débil cubierto de incisiones y sanguijuelas que le chupan la sangre. Y si se insiste en el método, el paciente, que en nuestro caso es la economía, se desangrará hasta la muerte.

Ignacio Moncada es ingeniero industrial por ICAI y trabaja como analista financiero de inversiones en Nueva York.

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