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España ya es un riesgo sistémico para la Eurozona

España fue un riesgo sistémico en la crisis de 2011 y es probable que lo vuelva a ser en la actual, desagraciadamente. La opinión de analistas y organismos multilaterales independientes es unánime.

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España fue un riesgo sistémico en la crisis de 2011 y es probable que lo vuelva a ser en la actual, desagraciadamente. La opinión de analistas y organismos multilaterales independientes es unánime.
El edificio de la Comunidad de Madrid en la Puerta del Sol | Europa Press

Qué bien le ha venido al gobierno de España el hecho de que en Estados Unidos se hayan producido unas elecciones tan convulsas durante esta semana. Ha servido para mantener entretenidos a buena parte de la población española, especialmente la que lee los periódicos y consume los medios que, convenientemente, han copado horas de información lo más detallada posible sobre la situación al otro lado del Atlántico.

Digo esto porque uno tiene la sensación de que España se está acostumbrando a ser uno de los grandes problemas de la Eurozona al mismo ritmo que se está olvidando de lo que fuimos. A principios de los 2000, cuando fuimos parte fundadora de la zona Euro, gran parte del mundo desarrollado estaba siendo asolado por la que fue una de las mayores crisis hasta entonces: La burbuja puntocom.

Merece la pena recordar, a tal efecto, el crecimiento europeo durante los años 2002 y 2003 (0,9% y 0,6%, respectivamente), para compararlo con el de España (2,7% y 3,0%, respectivamente). O, dicho de otra manera: España ha sido motor económico en un momento complejo para la Unión Europea. Y lo fue gracias a una política económica coherente, responsable y capaz de afrontar los retos que tenía por delante. Fue la convicción por entrar en la UE y los esfuerzos que ello conllevó a todos los niveles lo que nos permitió sortear aquella crisis con éxito y sin apenas impacto sobre la sociedad española.

Nada que ver con lo que está ocurriendo ahora mismo. España fue un riesgo sistémico en la crisis de 2011 y es probable que lo vuelva a ser en la actual, desagraciadamente.

La opinión de analistas y organismos multilaterales independientes es unánime: ni el plan de vuelta a 2011 enviado a Bruselas ni el proyecto de presupuestos son lo que necesita España. Merece la pena hacer un breve recordatorio de las voces críticas que han emergido durante esta semana:

  • El gobernador del Banco de España, Hernández de Cos, ha sido crítico con el incremento fiscal planteado por el gobierno, con un cuadro macro que ya está quedando obsoleto, habida cuenta de la evolución de la pandemia, y con la política de incremento de gasto, entre la cual destaca la subida indiscriminada del sueldo a funcionarios un 0,9%.

  • La AIReF ha ido un paso más allá y ha estimado en 9.000 millones de euros el desfase entre los ingresos presupuestados y los estimados con los datos con los que contamos a fecha de hoy. Teniendo en cuenta que la evolución es a la baja y que los gastos se van a cumplir a rajatabla, esto supone una enmienda a la situación de las finanzas públicas en el medio plazo.

  • Y, por último, la Comisión Europea ha publicado sus estimaciones de otoño, que no sólo echan por tierra el cuadro macro del gobierno por optimista, sino que también nos sitúan a la cola de Europa en términos de crecimiento, de empleo y de deterioro de las finanzas públicas. Merece la pena destacar, además, la revisión a la baja con respecto al cuadro macro de verano para 2021, que asciende nada más y nada menos que a 1,7 puntos hasta un crecimiento del 5,4%.

 

Que España iba a afrontar una ronda de revisiones a la baja de las estimaciones de crecimiento era algo previsible. Que ésta se produjera con tanta contundencia y desde organismos oficiales de control de la evolución económica sí que sorprende. Por varias razones fundamentales:

  1.  Sus estimaciones nunca han pecado de optimistas.
  2. En dichos escenarios se basan las decisiones europeas para desembolsar fondos y gestionar las ayudas, algo que España necesita, y cada vez con más urgencia.
  3. Supone un jarro de agua fría a la ya de por sí dañada credibilidad de nuestro país y, por consiguiente, la recepción de inversión capaz de revitalizar la actividad económica.

Ya nadie duda de que los Presupuestos Generales del Estado son un arma política para que este gobierno se mantenga en el poder. La cuestión ahora es que se ha hecho vox pópuli y las instituciones de control gubernamental que aún no han sido asaltadas están mandando alertas de una posible reacción por la misma vía.

La evolución económica de la Eurozona no es positiva. En Estados Unidos los indicadores de actividad económica muestran máximos desde 2018 y una evolución positiva del mercado de trabajo y de la demanda doméstica, azuzada por políticas cuyo objetivo ha sido no deteriorar la renta disponible de las familias norteamericanas y evitar el cierre de empresas. China, por su parte, va a ser la única economía avanzada que registre una tasa de crecimiento positiva (aunque débil) en 2020, impulsada por un sector industrial que se ha beneficiado de las necesidades de material sanitario que ha tenido el resto del mundo durante esta pandemia y por unas políticas expansivas que están inflando artificialmente el PIB.

Mientras tanto, Europa muestra cada vez más indicadores que avanzan hacia un cambio de tendencia a la baja, y España, desafortunadamente, se sitúa a la cabeza. Los datos del mes de octubre muestran la peor contracción económica desde que finalizó el confinamiento. Por poner esta caída en perspectiva: Estamos en niveles similares a los de la crisis de 2011 y 2012, y con una evolución negativa que no tiene visos de cambiar.

Este país merece más. Ha demostrado que puede ofrecer más al resto del mundo. Que ahora vivamos anestesiados con la propaganda elegida convenientemente según la ocasión no debe hacernos perder la perspectiva. Esto puede, y debe, cambiar. Es cierto que con un poder ejecutivo controlado, con un legislativo suspendido, con un judicial amenazado, y con una prensa cada vez más controlada de forma más directa y sin tapujos es difícil. Pero debemos seguir haciéndolo, desde la objetividad y el respeto a la verdad, al orden constitucional y al Estado de Derecho.
 

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