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De las redacciones a los fogones: becarios, hipocresía y 'explotación'

Muchos de los que consideran normal empezar su carrera profesional trabajando 'gratis' señalan a otros cuando emplean las mismas prácticas.

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Este domingo publicábamos en Libre Mercado, un reportaje sobre la realidad de los becarios españoles. La percha de actualidad era la famosa polémica con los stagiers de los cocineros Michelin, quizás el tema del que más se ha hablado en España en las últimas semanas. Una de las cuestiones que más me llama la atención en toda esta polémica es el papel de los periodistas. Entre otras razones, porque el 90% (y creo que me quedo corto) de los redactores españoles comenzaron como becarios en sus medios por motivos muy parecidos a los cocineros de los reportajes (conocer otros periodistas, aprender el oficio, poder poner en tu CV que habías trabajado en tal o cual medio...).

Y es que en este tema se percibe una doble vara de medir bastante habitual en España. Aparentamos indignarnos cuando otros hacen exactamente lo mismo que nos parece lo más normal del mundo cuando lo hacemos nosotros. Así, todos sabemos que los partidos políticos usan para todo a "voluntarios", dedicados horas y horas a las tareas que la formación les asigna. Los grupos de comunicación (también muchos de los que más se indignan estos días) tiran de contratos en prácticas para cubrir las vacaciones de verano de sus periodistas. Hay programas de televisión de denuncia social que buscan becarios gratis. Productoras de cine que usan becarios para los rodajes, pero luego presumen de hacer cine comprometido (signifique esto lo que signifique). Actores que comenzaron su carrera como meritorios y ahora braman contra las multinacionales y las condiciones laborales que ofrecen. En realidad, todos estos casos son iguales: gente que quiere formarse, hacer contactos, encontrar un empleo o engordar su currículum. Y a cambio, ofrece su trabajo de forma gratuita durante unos meses para demostrar su valía a la empresa u organización que le da la oportunidad. El problema es que muchos de los que consideran normal empezar así su carrera profesional señalan a otros cuando emplean prácticas muy parecidas a las suyas. Y cuando se lo pones delante casi siempre usan la misma excusa: "Yo lo hice porque quise"… como si los demás fuéramos a punta de pistola.

Me pondré el primero de la lista para que quede claro que no señalo a otros por algo que en mi propio caso siempre me pareció correcto. Yo inicié mi trabajo como periodista haciendo el Máster de Periodismo de Unidad Editorial. Costaba unos 10.000 euros y se dividía en seis meses de formación pura (clases) y seis meses trabajando en la redacción de alguno de los medios del grupo (en mi caso, El Mundo). Es decir, ya no es que trabajásemos gratis... es que los 30 compañeros de aquella edición pagamos para trabajar. Porque entendíamos que nos merecía la pena hacerlo así.

De hecho, un ejercicio mental para ilustrar el absurdo de esta polémica. Imaginemos que Unidad Editorial hubiera ofrecido dos opciones:

  • Un Master de seis meses sólo con formación académica
  • Un Máster como el que realmente tuvimos: seis meses de formación y seis de prácticas

Si seguimos la lógica que ha dominado los medios de comunicación en España en las últimas semanas, el primero debería valer más que el segundo. Porque en el segundo nos estaban "explotando". Es decir, de acuerdo a esta teoría, los seis primeros meses eran la parte buena y los otros seis la mala. La que nos obligaban a hacer en contra de nuestra voluntad. El momento en el que nos explotaban. Vamos, que en realidad es como si pagáramos parte del Máster con nuestro trabajo durante esos seis meses.

Cualquiera puede ver que la realidad es la contraria. Si una escuela de negocios pusiera en el mercado estos dos Máster, el primero costaría mucho menos que el segundo. De hecho, es complicado pensar que alguien se apuntara al primero incluso aunque fuera muy barato. Porque todos los que allí estábamos le dábamos más valor precisamente a los seis meses de prácticas. Y no es porque las clases no fueran de buena calidad (académicamente el programa estaba muy bien). Pero por muy interesantes que fueran las asignaturas, lo que todos esperábamos era el momento de las prácticas. ¿Cuánto valían éstas? ¿De los 10.000 euros cuánto iba a pagar las clases y cuánto a trabajar gratis? Nadie hace estas cuentas. Pero sí sabes que buena parte de lo que abonas va dirigido a pagar por lo que te enseñan en la redacción durante esos primeros meses como periodista (que fue mucho, al menos en mi caso), a la posibilidad de poner en tu CV que has trabajado en El Mundo o en Expansión, y a la oportunidad de conocer decenas de grandes periodistas. Entiendes que eso cuesta dinero y pagas por ello.

Los becarios Michelin no pagan (al menos en dinero), simplemente no cobran. El restaurante entiende que cobra en especie: recibe trabajo en sus cocinas a cambio de formación y CV. Probablemente se hace así porque la mayoría de ellos, que ya son cocineros, sí aportan valor a su restaurante casi desde el primer día. En España, por lo que parece, todo esto es un escándalo. Y además nadie lo sabía y nadie lo hace en su empresa. Este mes, la hipocresía nacional ha decidido centrarse en los fogones.

Posdata

Como casi siempre en estos debates, en esta ocasión también se ha hecho una extraña amalgama de temas, que mezcla el trabajo no remunerado, con los gritos en las cocinas, los horarios en el sector servicios, la situación de los inmigrantes o las condiciones de las viviendas de los stagiers.

Ser chef de un gran restaurante (o ser redactor en un periódico) no te hace más o menos cretino. Sí, se puede ser un genio y tratar a tus subordinados con desprecio. Pero no creo que eso esté más justificado si el tipo al que humillas es un asalariado que si es un becario. Si acaso, casi diría que es peor en el primer caso, porque la relación de jerarquía con el becario es más débil y los lazos que unen a éste con la empresa, menores. Aquí sí habría tema para un buen reportaje: ese cocinero famoso y aparentemente simpático que de puertas para adentro es un auténtico miserable. Pero vamos, que puestos a ello, también en las redacciones y los platós españoles hay sitio de sobra para estas denuncias y no veo a muchos medios interesados en investigarlo.

Tampoco resiste el más mínimo análisis la comparación (explícita o implícita) que se ha hecho entre la posición de estos cocineros-becarios y las de inmigrantes en situación irregular, trabajadores en países del tercer mundo u otros colectivos con grandes dificultades para acceder a un empleo convencional. En esos otros casos habría otros elementos de discusión interesantes: desde la legislación laboral que les pone barreras artificiales a las alternativas reales que enfrentan estos trabajados o las empresas que los emplean. Pero en cualquier caso no es ésa la situación de los stagiers Michelin. Aquí hablamos de jóvenes muy preparados, la gran mayoría con una enorme experiencia en el sector y que saben en qué consisten las prácticas (entre otras cosas porque muchas veces repiten). Vienen a España (en muchos casos de muy lejos y tras haber dejado un empleo previo) porque sienten que la experiencia merecerá la pena a futuro. Se me ocurren pocas situaciones menos cercanas a un estado de necesidad que ésta. Si aciertan o no, es otra cosa. Si los cocineros famosos son más o menos simpáticos, otra. Si el boom de la alta cocina es una burbuja, una preocupación sensata. O si el buen rollito a lo MásterChef es un bulo, también es un tema de debate. Pero, ¿esclavitud, explotación, siervos? No sólo es un insulto a los cocineros afectados, sino también a los millones de personas que en el pasado y en el presente sufrieron alguna de esas situaciones.

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